Odisea en la UCI

Lunes, 5 de Abril de 2021
Abrazo solidario a las familias de los que nos han dejado y que vivirán por siempre en nuestros corazones.

El reloj de la pared al otro lado del pasillo me recibió fríamente con su figura regordeta y su parsimonioso segundero. Marcaba las siete y treinta de la noche en  un agitado día de mediados de diciembre; me trasladaban desde otro centro médico con recomendaciones dirigidas y encausadas a mejorar mi condición ventilatoria.

Quedé acomodado y resignado en un diminuto cubículo cuyo único mobiliario eran una cama y múltiples aparatos que como centinelas estáticos me vigilaban todo el tiempo en silencio; algunos puntos luminosos indicaban que funcionaban y tenían vida propia. Mi primera orden fue tímida y perentoria: por favor me cierran la cortina. Me intimidaba el otro vigilante silencioso: el reloj con sus agujas que marcaban el inexorable paso del tiempo.

Las múltiples conexiones que necesitaba para manejar mi condición de enfermo crítico, hicieron que mi movilidad se redujera a lo básico; hablar, alimentarme y respirar. Con un libro y un pequeño aparato de radio pude manejar el tedioso transcurrir de las horas y los interminables días.

Supe de la fecha por el suave y rítmico sonar de los villancicos y el repicar de campanas que profundizaron mi sentimiento de soledad e impotencia; ya habían pasado, según mis cuentas, varios interminables días de encierro. Creo que el recuerdo de bonitos pasajes de mi vida me hicieron conciliar el sueño en medio del os vaivenes de la época navideña. 

No había una respuesta certera o aproximada que me asegurara el tiempo de espera; el celo profesional le impedía a los médicos darme fechas o esperanzas aliviadoras. Supe de la muerte de uno de mis vecinos de encierro por los movimientos apresurados del personal asistencial  a altas horas de la noche. Me desperté y ya el vecino no estaba; nunca lo conocí y nunca hablamos, mejor así.

El complicado atuendo que además de aislar y cuidar al personal de enfermería solo dejaba entrever tímidas y dulces miradas que aliviaban mi condición de enfermo crítico; con sus movimientos suaves y la voz consentidora hacían su difícil trabajo con esmero a pesar del cansancio y sus esclavizantes horarios.

Las alucinaciones producidas por los medicamentos y el nivel bajo de oxígeno me hicieron desubicar en el tiempo; no podía organizar mi mente aturdida y solo atiné a saber que había muerto en esos días el gran Manzanero;  la noticia me pegó en el alma; su música se oía en mi aparato receptor y duraba hasta altas horas de la noche escuchando sus célebres composiciones que me recordaron mis años de juventud.

El nuevo año llegó sin que apenas me percatara. Los efusivos abrazos entre mis compañeras de cautiverio me lo hicieron saber durante el cambio de turno. Una de ellas se me acercó y con suave y tierna  voz me lo dijo: feliz año doctor. Eso me dio un empujón que me llevó a prometer que me recuperaría para celebrarlo con los míos. 

Había perdido peso pero no ánimos; la silla de ruedas que me acercó al pie de la cama una de mis compañeras de  suplicio me pareció haberla visto en uno de mis sueños. Sin pensarlo dos veces me acomodé con cierto esfuerzo sin preguntar para dónde me llevaban porque después de 3 semanas llegaba el premio al esfuerzo y al esmerado cuidado del personal asistencial que me permitía disfrutar de la salud en libertad.  Dejando a un lado el rencor dirigí una leve mirada a mi estático enemigo el reloj; marcaba coincidencialmente las siete y treinta de la mañana. El segundero me pareció lento; ¿le gané la batalla? Nunca lo sabré.  

El largo camino hasta mi nuevo y  espacioso cuarto de resucitado me permitió saludar  por el camino al sinnúmero de personas que arriesgando sus vidas y exponiendo a su entorno familiar desarrollan una heroica labor.

No puedo dejar de reconocer la amorosa compañía de mi adorada consorte durante toda esta difícil travesía.