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Otra vez la Constituyente

Lunes, 20 de Junio de 2016
Lo que se pretende firmar ahora con los diálogos de La Habana es la terminación de las hostilidades entre quienes detentan el poder y quienes lo pretenden.

La semana pasada el desilusionado exfiscal general Eduardo Montealegre Lynett, en una inusual arremetida contra el gobierno nacional, o contra quien lo preside, puso sobre  la mesa nuevamente el tema de la Asamblea Nacional Constituyente para refrendar los Acuerdos que surjan de la mesa de negociaciones de La Habana.

Lo cierto de todo esto, y mientras muchas personas discuten si la citada Asamblea es conveniente o no, fácilmente se advierte que esa Asamblea Nacional Constituyente ya está funcionando en La Habana, con un agregado ambicioso, tiene el carácter de Asamblea Nacional Constituyente y Legislativa, como la que “con gran solemnidad” se instaló el 15 de marzo de 1905 en el Capitolio Nacional, durante la presidencia del general Rafael Reyes.

La única diferencia entre la Asamblea Nacional Constituyente y Legislativa de 1905 y la que ahora se desarrolla en La Habana es la ideología encontrada de sus deliberantes, porque sencillamente no es lo mismo que sus delegatarios sean de un mismo bando con algunas diferencias programáticas –liberales y conservadores-, por ejemplo, a que se hallen políticamente en orillas ideológicas opuestas –demócratas y marxistas-.

A esta Asamblea Nacional Constituyente y Legislativa -que en la historia política de Colombia se conocerá como la de 2016-, y a quien la promovió, la Corte Constitucional, en un primer paso que consiste en la radicación de la ponencia sobre el Acto legislativo que avala el plebiscito como mecanismo de refrendación, acaba de asestarle un duro golpe al obligar al Gobierno a publicar en el Diario Oficial del Congreso, en los medios de comunicación y otros medios el contenido definitivo del Acuerdo Final, inclusive, con “traducción” al sistema braille para invidentes y lenguas indígenas, etcétera.

¿Cuántas lenguas indígenas hay en Colombia? El Instituto Caro y Cuervo, en su voluminoso tratado sobre Lenguas indígenas de Colombia, nos habla de “mosaico lingüístico”. Eso nos da una idea y no hay que olvidar que un principio constitucional es que las lenguas y dialectos de los grupos étnicos son también oficiales en sus territorios.

Si le echamos un vistazo fugaz al denominado Acto Legislativo para la paz, que acaba de aprobarse en el Congreso de la República, observamos que guarda armonía con las denominaciones proceso de paz, diálogos de paz, etcétera, olvidando deliberadamente que paz habrá el día que la población tenga educación de calidad, seguridad social plena y efectiva, sin obligar al uso de la acción de tutela que de todas maneras incumplen y, finalmente, habrá paz el día que se tenga vivienda digna, norma incluida en la Carta gracias al constituyente sabanalarguero Carlos Rodado Noriega.

Lo que se pretende firmar ahora con los diálogos de La Habana es la terminación de las hostilidades entre quienes detentan el poder y quienes lo pretenden, y es de esperar que sea eso, una terminación definitiva, y no una simple suspensión, a pesar de los acuerdos.