Planear en medio de la tormenta

Viernes, 24 de Julio de 2020
El distanciamiento físico y social como medidas para frenar la curva de contagio.

La dinámica de la pandemia ha puesto en evidencia que las ciudades con entornos urbanos inequitativos y marcadas desigualdades, son más vulnerables y presentan grandes desafíos a la hora de implementar estrategias para contener los contagios a la vez que no atente contra la continuidad de las actividades económicas. En medio de esta tormenta, es necesario pensar como se deben planear y construir las ciudades para ayudar a mitigar los impactos de emergencias como la actual.

El distanciamiento físico y social como medidas para frenar la curva de contagio, dan fuerza a los argumentos de una planeación urbana que le apunta a la ciudad compacta donde todos pueden acceder a la satisfacción de sus necesidades para una vida digna en una distancia de entre 300 a 500 metros lo que recorrido a pie o en bicicleta significan menos de 15 minutos. Esto reduce el congestionamiento de los sistemas de transporte y la interacción física causada por las aglomeraciones evitando situaciones donde se propagan las enfermedades.

Los entornos urbanos deberían concentrar todo lo necesario en unas distancias cortas: la educación, la salud, los parques, la seguridad, donde hacer las compras, deporte, los lugares de trabajo, etc., en trayectos que no signifiquen más de 20 minutos a pie. Esto implica repensar múltiples aspectos hasta ahora soslayados pero obvios: la prioridad del interés GENERAL sobre el particular. Esa es la razón de ser de la ciudad, donde el espacio público se convierte en el mejor lugar para hacer efectiva la función social y ecológica, tejer ciudadanía y que las personas se reconcilien con los entornos hasta ahora invadidos y degradados.

Planear en medio de la tormenta requiere tener unos adecuados instrumentos que permitan actuar en sectores consolidados y degradados, con medidas como la renovación urbana para redensificar a partir de la vivienda y lograr una concentración adecuada de personas, pero sobre la base de más y mejor espacio público donde el ciudadano no tenga que disputar con el automóvil o la informalidad su espacio para circular, recrearse y expresarse.

En este sentido, cobra especial relevancia ¿Cuántos M2 de espacio público son necesarios por habitante? ¿Cuántos árboles son requeridos para tener una adecuada calidad del aire? ¿Cómo se deben distribuir las vías para que no sean 90% para el transporte motorizado contaminante y el restante 10% para el peatón en disputa con la informalidad? ¿Cómo enriquecer la calle con diversas actividades -entre ellas el comercio- y que estas sean el reconocimiento de nuestra cultura y a la vez la oportunidad para pasar de lo informal/ilegal a la formalidad?

Una adecuada respuesta desde la política pública sin duda representará un crecimiento económico del sector formal dado que reduce la contaminación, genera una mejor imagen urbana y reconcilia al ciudadano con su entorno, con lo cual se logra mayor apropiación y vuelta a esos lugares hasta ahora conflictivos. Repensar la ciudad desde estos criterios es una invitación y obligación de todos de planear el futuro desde lo colectivo y no desde la suma desarticulada de acciones individuales.

La visión que hemos tenido de la ciudad desocupada durante la cuarentena, es como la de una vivienda próxima a estrenar. Nos dio la oportunidad de ver el valor de sus calles y espacios que desprovistos de la congestión, ruido y excesiva aglomeración, nos lleva a pensar en cómo reordenar la ciudad para todos. De soñar, planear y construir una ciudad de calles limpias, eficientes, adecuadas para el peatón y las demás actividades que tienen lugar en ella bajo el principio de equidad e inclusión desde el interés general, pero sobre todo más verdes. Y sin la COVID-19.

Arquitecto, Esp. Planificación Urbana y Regional, MG GESTIÓN URBANA.

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