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Por qué sí

Jueves, 8 de Septiembre de 2016
Vamos a votar el dos de octubre ni por un mesías ni por un modelo político, vamos a votar simplemente por acabar la guerra.

El domingo 2 de octubre es el plebiscito para decir sí o no a los acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc. Mucho se ha escrito sobre las razones de ambas posiciones y se intensifica el debate a todos los niveles, más dentro del país que por fuera, pues prácticamente la comunidad internacional celebra y respalda el acuerdo, los Estados Unidos, Venezuela, Noruega, Cuba y Chile que ayudaron en la mesa de conversaciones, los demás países miembros de la  comunidad europea (Francia, Italia, España etc.), Canadá, Japón, toda Latinoamérica etc. No he sabido de ningún país del resto del mundo que se oponga o critique el acuerdo de paz en Colombia. Pero bien, es razonable que unos colombianos seamos optimistas y otros pesimistas sobre lo que se ha acordado. Y como hay tanto de qué hablar, voy a referirme solo a uno de los puntos que exponen los partidarios del no: que el castrochavismo se va a imponer en Colombia y seremos como la Venezuela de hoy. Y no es cierto.

Los procesos históricos y sociales que se dieron en Cuba y Venezuela para que se hubieran impuesto en el poder Castro y Chávez, fueron tan diferentes como disímiles frente a lo que está ocurriendo en Colombia. En 1959 cuando Fidel por medio de las armas depuso al régimen corrupto de Fulgencio Batista, el contexto internacional era la Guerra Fría entre Estados unidos y la Unión Soviética que apoyó a Castro y lo tuvo como un satélite en este hemisferio, hasta que se derrumbó la URSS en 1989 y sus protegidos. Cuba ha persistido en su proyecto más por la voluntad de una persona que por la viabilidad de su futuro en el ámbito económico y las libertades públicas. En diez años o mucho menos, sin los Castro, y sin chavismo Cuba dará un viraje en todo sentido.

En Venezuela, cuando en 1999 Chávez asumió el poder, el pueblo no votó por un proyecto político y menos por el socialismo. Votó contra la corrupción de la clase política tradicional creyendo que Chávez encarnaba ese anhelo. Dieciséis años después, de la mano de un gobierno benefactor que reparte pescado pero no da cañas, dirigido a las clases populares, torpe en el manejo económico, entronizó en forma tropical, romántica  e irresponsable un socialismo que hoy tiene al país colapsado. Nada parecido al socialismo noruego que sí es del siglo XXI y es un modelo de país y cultura en el mundo.

Las Farc, nacidas en 1962, como un eco de la revolución cubana, no obtuvieron el poder, como les ocurrió a las otras guerrillas latinoamericanas, pero han persistido en una guerra sorda, inhumana  y descontextualizada de sus orígenes, una guerra que se ha desactivado ya, afortunadamente, desde el pasado 29 de agosto, día en que se silenciaron los fusiles, lo cual es un efecto tangible y real de los acuerdos de La Habana. ¿Eso no es bueno?

Chávez no existe, Maduro decae, los Castro están en invierno, el modelo socialista de esos dos países está en franco declive y los colombianos no vamos a votar el dos de octubre ni por un mesías ni por un modelo político, vamos a votar simplemente por acabar la guerra. No para que nazca un paraíso bíblico, sino para reducir uno de los grandes factores de la violencia diaria: los combates con las Farc. El conflicto seguirá (pobreza, inequidad…), pero con menos muertos. El M19 desapareció, la esencia del país no varió, y Navarro y Petro han hecho mucho más en el congreso con la lengua que con fusiles en las montañas.