Reunión de emergencia

Jueves, 6 de Mayo de 2021
“Aténganse y no corran”- dijo el general Santander- ¡No me crean tan toche! ¡Cuando caigan vueltos mierda, no me llamen!

“Me he permitido convocarlos a esta reunión  de extrema  urgencia –dijo el general, alisándose el bigote- porque la situación está poniéndose color de hormiga. 

La mañana estaba nublada, pero hacía bochorno. Calor de lluvia, decían los viejos. Estaban en el parque principal de la ciudad. El general vestía de civil pues desde que se retiró de la milicia, dejó de usar el camuflado y el verde olivo y el de gala. Usaba un traje que alguna vez fue elegante,  pero el clima cucuteño y los años no perdonan. Les hablaba desde su pedestal. 

Allí estaban Mercedes, Antonia, Simón, el musculoso al que apodan “El indio”, Rafael el cura, Cristo, Arnulfo el músico, Elías y otros. 

El general tosió, girando la cara hacia otro lado como hacen los que son bien educados, y les dijo, limpiándose el bigote: “Perdonen. Esta tos no es la tos seca de covid 19. Es que estoy un poco resfriado porque estas lluvias me afectan.  Ustedes saben que soy cucuteño de raca mandaca, enseñado a nuestros calores fuertes y el invierno me indispone”.

Simón miró a la torre.  Buscaba el reloj de la iglesia, pero cayó en cuenta de que la catedral de Cúcuta es de las pocas catedrales del mundo que no tienen reloj. Entonces miró al orador y le señaló la muñeca, donde se lleva el reloj de pulso, como diciéndole: “Mira, coño, que nos va a coger el aguacero. No hables tanta cháchara, y vamos al grano”. Simón y el general nunca han sido buenos amigos. Se mascan, pero no se pasan, dicen los arrieros. Mi general no le paró bolas y continuó:  

-Es el momento de amarrarnos bien amarrados los pantalones. Nada de culillo. Y ustedes –les dijo a las matronas que allí estaban- perdónenme el atrevimiento, pero se van a tener que amarrar muy bien esas enaguas, y dejarse de lloriqueos.

-  Perdone, general –dijo Mercedes, - usted bien sabe que yo no soy una cobarde. Le recomiendo de vez en cuando repasar la historia.

-Y yo tampoco –gritó la santandereana Antonia-. Ni un paso atrás. ¿Qué hay que hacer?

-Mira, chamo –gritó Simón José Antonio-. ¿Para qué coño nos has convocado?

-Para que nos defendamos. Para que nos unamos y no nos dejemos sabotear. Como sabrán, ya no sólo tenemos que hacerle frente al virus comemierda (se le estaba saliendo lo cucuteño al hombre) que nos tiene amenazados, sino ahora con el tal paro, a los que tumban estatuas. Ya cayeron Belcázar, Nariño, Fernández de Contreras y otros. En cualquier momento la emprenden contra nosotros, que somos las estatuas de Cúcuta. Ustedes corren peligro. Yo mismo, que estoy aquí en el centro del parque, siento que cualquier día de estos me tiran la soga al cuello y me patarribean.  ¿Ustedes qué opinan?

-Yo soy Cristo Rey, Dios del universo, conmigo no se meten –dijo la estatua de Cristo Rey, el  monumento de La Cabrera. 

-Yo soy el Padre de la Patria –dijo Simón Bolívar- a mí me respetan. Además soy venezolano y en las marchas hay mucho paisano mío.

-Yo soy Mercedes Ábrego –dijo la de Urimaco- mujer valiente. A mí ni se me arriman.

-Y yo vengo de Santander –gritó Antonia Santos-, una tierra donde las hormigas culonas nos dan verraquera para lo que sea.

-Yo soy el padre GarcíaHerreos. Mi estatua no es de hierro y cemento y bronce, sino de puro hierro. ¡Que ni se atrevan! 

Y así hablaron todos. Dijeron no tener miedo. 

“Aténganse y no corran”- dijo el general Santander- ¡No me crean tan toche! ¡Cuando caigan vueltos mierda, no me llamen!

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