Se ganan la vida a punta de lengua

Jueves, 25 de Marzo de 2021
Ayer, pues, estuvieron de fiesta los amigos del micrófono. Los debieron de agasajar, festejarlos y brindarlos. No digo abrazarlos porque está prohibido, pero se lo merecen.

Nos dice la Biblia que el arcángel san Gabriel se le apareció a una doncella de Nazareth, llamada María, y le anunció que sería la mamá de Dios. ¡Cualquier cosita! Y José, el carpintero, su esposo, quedó viendo un chispero. 

-¿Pero cómo así, si yo nada de nada? –le dijo el hombre a María, cuando ella le confesó que estaba embarazada.

-Es del Espíritu Santo –le dijo ella.

-Nanay cucas –respondió el carpintero.-Ese cuento, por divino que sea, no me lo trago yo.

En silencio empacó sus chiros en una caja de cartón, amarró el serrucho, el cepillo y la garlopa, y se dispuso a largarse en secreto. La abandonaría, sin más. Sin peleas, sin escena de celos, sin divulgar la traición. Fue al espejo, pero no se vio cachos, así que él no era un santo cachón. La duda lo atormentaba. Porque el hombre era bueno, humilde y rezandero. Pero no era tonto. “¿Hijo de Dios? –se decía-. ¿Y yo qué vengo siendo, entonces? ¿Padre putativo? ¿Esa palabra tan fea?

El Padre Eterno, viendo la angustia del hombre, llamó otra vez a su arcángel Gabriel y lo envió de nuevo a la tierra: Vaya a la ebanistería de José y le dice al hombre que, en efecto, el niño de María es el Hijo de Dios, la segunda persona, y tal y pascual. El arcángel preparó bien la charla y se vino a cumplir la faena con José, en un sueño.

Ese anuncio que le hizo el arcángel a María sucedió un 24 de marzo, para que el Niño pudiera nacer el 24 de diciembre, a los nueve meses completicos. No podía ser ni prematuro, ni demorado. No podía nacer ni antes ni después de la Nochebuena.  

Por ese motivo, Pío XII estableció que el 24 de marzo estaría dedicado a los  anunciadores, a los que todos los días madrugan a darlas buenas nuevas, a los que se desgañitan frente a un micrófono, a los que se ganan el sueldito a punta de lengua, a los que locutan. La fecha quedó consignada en almanaques, calendarios de regalar y libros de historia: 24 de marzo, día del locutor.

Ayer, pues, estuvieron de fiesta los amigos del micrófono. Los debieron de agasajar, festejarlos y brindarlos. No digo abrazarlos porque está prohibido, pero se lo merecen. Dar noticias buenas y malas, dar la hora a cada rato, anunciar lo que va a suceder, madrugar día tras día, llueva, truene o relampaguee, hablar del disco que va a sonar y mantener la voz en forma y hablar sin tataretear, es su tarea. En una cabina o en la calle,  en el estadio o en los reinados,  a gritos o con pausas, como sea, ellos son los encargados de  llegarnos a los demás mortales para ponernos al tanto de lo que está sucediendo en cualquier parte del mundo. Antes era sólo en la radio. Después brincaron a la tele. Y ahora uno se los encuentra  por las redes sociales. Y hasta con megáfono en mano hay gente que anuncia sus proyectos y programas.

En Las Mercedes tuvimos al mejor locutor del mundo. Todo un personaje a quien muchos recuerdan con cariño. Como pudo, con batería de carro, radios dañados, cables de la luz y alambre de colgar la ropa, el hombre se inventó una emisora: La Nuevecita, la Voz de Las Mercedes. Sus comentarios hicieron historia en el pueblo. Alguna vez se ganó unas enemistades, entonces él se anunciaba: Les habla Semeón Rodríguez Lázaro, el hombre que no le come ni mierda al pueblo.    

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