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Síndrome de La Habana

Sábado, 16 de Octubre de 2021
En 2016 empezaron a sufrir el síndrome de La Habana (SLH) diplomáticos de los EE. UU., hasta el punto de reducir, en 2017, el número de funcionarios residentes a la mitad.

Como salida de la pluma imbatible de John Lecarré, aparece ahora, en medio del virus universal, la posibilidad de que exista un arma genética, de microondas, de radio o de ultrasonido para alterar la salud y el comportamiento. Los primeros casos se registraron en Cuba, 2016, cuando la Oficina de Intereses de los Estados Unidos reportó afectados por mareos, zumbidos en los oídos, vibraciones  y fatiga, con daño cerebral leve.

A causa de estos eventos EE. UU. y Cuba mantienen relaciones diplomáticas mínimas después de restablecerlas en julio de 2015, en un gran edificio del centro de la capital, cerca del Malecón, y con construcciones oficiales cubanas a su alrededor plagadas de antenas y cámaras. Trump no se atrevió a la ruptura total pero empeoró el embargo con nuevas medidas que echaban por la borda la apertura de Obama. Cerró los viajes, las exportaciones, los giros y metió a Cuba en nuevas listas de no cooperación internacional, después de expulsar a varios de sus funcionarios.

Biden, como vicepresidente, había apoyado abiertamente el acercamiento de EE. UU. con Cuba y el viaje de Obama allí en 2016, ese que empezó con un trino muy del Presidente, que decía: “¿Qué bola, Cuba?”, ¿Cómo está la Isla?

Nueve meses después de llegar Biden a la Casa Blanca, los abusos cubanos contra quienes han decidido protestar a riesgo de su propia integridad y la injerencia de La Habana en las decisiones de Caracas, han impedido que la promesa de campaña de volver al punto dejado por Obama en materia de relación bilateral se cumplan.

Cuba habla de casi doscientas cincuenta medidas de embargo que se endurecieron con Trump, cincuenta de ellas en la pandemia y que afectan a su población gravemente; el Departamento de Estado arguye que hay miles de detenidos y numerosos desaparecidos luego de la represión violenta de las protestas por el gobierno cubano hace algunas semanas. Y ha puesto a la isla en la lista de países que no colaboran en la lucha contra el terrorismo, en la compañía embarazosa de Irán con su nuevo jefe radical; de Corea del Norte con su show misilístico nuclear; de Venezuela con su respiro de petróleo a ochenta y cinco dólares por barril y elecciones cercanas que ya dividieron las opiniones de EE. UU. y los europeos; y de Siria en su guerra sin fin que involucra a medio mundo incluida Rusia. En Washington hay una gran discusión interna sobre qué hacer: volver a la política de Obama como lo han recomendado casi todos los tanques de pensamiento, o mantener el endurecimiento del embargo de Trump hasta que Cuba acepte hablar de derechos humanos y libere presos como en 2014 y 2015.

Pero le nace otra pata al gato: en 2016 empezaron a sufrir el síndrome de La Habana (SLH) diplomáticos de los EE. UU., hasta el punto de reducir, en 2017, el número de funcionarios residentes a la mitad; hasta hoy, se han presentado más de doscientos casos de norteamericanos afectados por el SLH, la mitad de ellos agentes de la CIA. A tal punto han llegado las cosas, que el SLH se considera parte de las enfermedades profesionales de los servidores públicos de EEUU en el exterior y sus faectados deben ser compensados económicamente. El jefe de la CIA habló abiertamente de “ataques”.

Ha habido eventos en China, Austria, India, Polonia, Rusia, Uzbequistán, Vietnam, Taiwán, Australia y el propio Washington. Los últimos  fueron en Berlín, nodo de la inteligencia mundial, y en… ¡Bogotá! Funcionarios norteamericanos en Colombia fueron remitidos a su país con “incidentes inexplicables de salud”, UHI. EE. UU. investiga; nosotros dizque también. Si los casos son producidos por un arma tipo 007 en Sin Tiempo para Morir, estamos en el centro de la tensión geopolítica global.

Con Síndrome de La Habana, malas relaciones con Cuba y Rusia y no fluidas con EE. UU., urge repensar la relación con Venezuela, con Caracas y la frontera, o estaremos ciegos en una guerra que a lo mejor ya empezó y no supimos. Pero los que la pelaríamos seríamos nosotros.


 

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