“¿Te extrañará que piense en ti…?”

Miércoles, 16 de Diciembre de 2020
El hombre estaba más del otro lado que de éste.

El hombre estaba más del otro lado que de éste. Tenía ya una pata en el hoyo, como decían  en Las Mercedes cuando alguien estaba que se moría.  Dicen que los grandes hombres antes de morir tienen momentos de gran lucidez. Parece ser cierto. Y entonces  aprovechan esos ratos o días previos a la partida final, para dar consejos, redactar proclamas y hasta para escribir cartas de amor. 

Fue lo que hizo Bolívar, el chacho de la película, el Libertador de varias naciones, el héroe de mil batallas, el “culo de hierro” como lo llamaban, el hombre de la guerra,  el hombre por quien las mujeres suspiraban y él les correspondía a sus suspiros.

Pues bien. De las mujeres de Bolívar se ha hablado y escrito mucho, desde las Ibáñez de Ocaña hasta Manuelita, a la que le dicen “La libertadora del Libertador”, porque lo salvó una noche de un septiembre frío capitalino. Esa vez Bolívar le volvió a mamar gallo a la muerte, huyendo en calzoncillos mientras la Sáenz se les enfrentaba a los conspiradores. Se habla también de una francesita, Anne Lenoit, cuya historia de amor con Bolívar es conmovedora:     

Cuentan que, en 1812, en la campaña del Bajo Magdalena, Bolívar, que aún no era famoso, conoció en Salamina a la francesita, quien se enamoró del hombre. El romance dura poco porque Bolívar debe marchar, pero le promete a Anita que volverá. Ella lo espera toda la vida, como dicen los boleros,  hasta que en 1830 se entera que Bolívar viaja por el río, rumbo al mar. Sale al puerto a esperarlo, pero el champán pasa de largo, con Bolívar enfermo. Ella lo sigue pero no puede darle alcance, ni en Cartagena, ni en Barranquilla, ni en Santa Marta. Cuando, por fin, llega a San Pedro Alejandrino, se entera que Bolívar ha muerto el día anterior.

Hubo, pues, varias mujeres en la vida de José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, uno de los hombres más grandes de América. Pero de la única de la que se acordó cuando estaba a punto de estirar la pata, fue de su prima Fanny de Villars, quien en París lo relacionó con las altas esferas intelectuales y del poder, además de ser su amante, según las malas lenguas que no faltan entre los historiadores. Lo que quiere decir que en el amor no hay barreras ni de edad, ni de raza, ni de familia, ni de religión, y ahora ni siquiera de sexo.

En Santa Marta, días antes de aquel luctuoso 17 de diciembre de 1830 (hoy hace exactamente 190 años), Bolívar le escribió una hermosa carta a su querida prima. Algunos que saben de historia dicen que esa carta no la escribió  Bolívar, enfermo como estaba y sin ánimos de nada. Pueda que sí, y pueda que no. Pero lo cierto es que la carta es preciosa, como escrita por un poeta y no por un guerrero. Y, viéndolo bien, Bolívar tenía de ambas cosas.

“¿Te extrañará que piense en ti, al bode del sepulcro?”, comienza la carta, que es una mezcla de nostalgia y de pesadumbres. Víctima de inmensas amarguras, se siente detestado por quienes fueron sus amigos y odiado por aquellos a quienes él mismo favoreció. “Tuyos fueron mis triunfos, y tuyos mis reveses”.

En realidad, fue un final triste y sin gloria, el de aquel hombre que vivió 47 años, 4 meses y 23 días y muere diciéndole a su amada prima: “Me tocó la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar un momento y perderme en el vacío”.

gusgomar@hotmail.com