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Tras las huellas de Guido

Martes, 2 de Noviembre de 2021
Vendía cebolla y escribía noticias en un periódico que ayudó a crear

Un día de agosto, de vientos y de sol, me llamó una voz desconocida, desde Bucaramanga.

-Soy Mariano Claro –se me presentó.-Mucho gusto.

Si es Claro debe ser de la Playa de Belén, pensé yo. Porque los Claros o son nacidos en La Playa o son hijos de  playeros. No me equivoqué.

-Soy primo de Guido Pérez Arévalo –siguió diciendo- y he sabido que usted fue uno de sus grandes amigos.

-Sí, señor –le contesté, sin saber todavía por donde iría el agua al molino.

-Algunos amigos y familiares queremos rendirle un homenaje a su memoria, y quiero invitarlo para que nos acompañe. No sabemos todavía cómo sería dicha conmemoración, pero tal vez usted pueda ayudarnos con algunas ideas.

Me la puso peluda el amigo, me dije. Sin embargo le agradecí que me hubiera tenido en cuenta y le ofrecí mi colaboración. La almohada es buena consejera, y al otro día le dije:

-El mejor homenaje que se le puede hacer a un hombre de letras como lo fue Guido, es a través de un libro.

Dicho y hecho. Me agarró la caña, lo consultó con otros Claros, hicieron una lista de amigos cercanos y familiares, y en tres días ya teníamos los primeros borradores de las colaboraciones escritas. La idea fue muy sencilla, pero efectiva: Mariano se encargaría de la parte administrativa del proyecto (finanzas, aportes, contactos, participantes, imprenta, etc.);  Álvaro Claro, fotógrafo de los buenos y primo inseparable de Guido, trabajaría en la parte gráfica, revolcando archivos propios y ajenos; la pequeña y grande Karen Arévalo, pintora playera y quien ilustra libros de Estados Unidos y la separata Infantil de La Opinión, se encargaría del diseño y dibujo de la portada, y yo revisaría textos y fungiría como corrector de estilo.

Parece ser que en La Playa de Belén existe la costumbre de llamarse parientes todos los familiares, sin importar el grado de consanguinidad o de afinidad que exista entre ellos. Pariente es el tío, el primo, el suegro y el cuñado. Tanto me metí con los Claros en el proyecto del libro de Guido Pérez,  que un día Mariano y Álvaro resultaron diciéndome “pariente”. A mí me gustó el parentesco, me sentí honrado y ahora soy pariente de ellos sin ser pariente. Pero hay algo más que justifica ese parentesco. Guido me decía, en ocasiones, que yo era su hermano del alma. Hace poco, Irma, la esposa de Guido, me lo recordó.

Yo viajé a Bucaramanga, Mariano viajó a Cúcuta y poco a poco el proyecto se fue haciendo una realidad. Así conocí a doña Rosabel Torrado de Claro, la amable y admirable  mamá de Luis Mariano, y a María Helena, hermana, hacedora de lindas sonrisas y sabrosas arepas ocañeras. 

Leyendo archivos y esculcando baúles, descubrí que Guido heredó de su papá el amor por el campo y los cebollares de su tierra, pero también el amor por los libros y la administración pública: don Luis Jesús Pérez  fue agricultor y alcalde; entre semana vestía de campesino, y los domingos, de corbata. Vendía cebolla y escribía noticias en un periódico que ayudó a crear. Se codeaba con gente humilde y con letrados y políticos. Fue alcalde de varios municipios de la provincia, juez y asesor jurídico sin ser abogado, pero seguía vendiendo cebolla roja. Y ese amor por la tierrita y por la política y por las letras, lo heredó su hijo Guido Antonio Pérez Arévalo. Hijo de tigre…

(Esta historia continuará).

gusgomar@hotmail.com

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