Escuchar este artículo

Un cuento de navidad

Había una aldea pobre llamada Nazareth dónde vivía un carpintero humilde de nombre José...

La orden era tajante. El rey había ordenado empadronamiento de todos los habitantes, lo que nosotros llamamos un censo, y era obligatorio para todos los habitantes de la provincia de Belén ir a registrarse en su sitio de origen. No había escapatoria posible. El imperio romano era estricto en hacer cumplir sus leyes. Los soldados del imperio se encargaban de hacer cumplir a la fuerza todas las normas, ya que para eso ellos eran los gobernantes.

Había una aldea pobre llamada Nazareth dónde vivía un carpintero humilde de nombre José, junto con su esposa María que estaba embarazada. Pero no era cualquier embarazo. Un ángel le había dicho a José que la barriga de María venía de lo alto, del Espíritu Santo, y que de allí nacería algo especial para toda la humanidad. En otras palabras, sería tal vez como un mesías o un libertador.

José en un comienzo no creyó el cuento y, celoso quiso abandonar a su mujer. Sin embargo, Dios se dio sus mañas y el hombre poco a poco fue aceptando los designios divinos.

Ante la orden del emperador Herodes, José y María tenían que ir hasta Belén a registrar su nacimiento, cosa difícil para María en el estado de gravidez en que se encontraba ¿Que hacer, entonces? Al hombre se le juntó el cielo con la tierra pues no quería someter a su esposa ni a su hijo no nacido a semejante trayectoria, a pie, por un camino difícil y peligroso.

Recordó que alguna vez le había hecho una mesa y unas sillas a un ricachón del pueblo el cual tenía un caballo, y el carpintero se dirigió hacia él para pedirle prestado su equino con el fin de llevar a María hasta Belén. El dueño de la cabalgadura le salió con excusas de que el caballo estaba un poco enfermo, que le faltaban herraduras y que lo necesitaba para algunas diligencias personales.

José acudió entonces dónde la dueña del mesón cercano que también tenía algunos animales que alquilaba, pero la dueña lo miro con desconfianza pues el carpintero no era persona de fiar. De frente le negó el favor y le dijo que siguiera buscando, y José, en efecto, siguió buscando.

Cerca de la fuente de dónde recogían agua vivía don Lucas, un trabajador humilde, dueño de una burrita que conservaba sin mucho trabajo porque ya era entrada en años. Hacia allá se dirigió José, sabiendo que las esperanzas son las últimas que se pierden, con la esperanza de que don Lucas tuviera un corazón generoso y le facilitará la vieja burrita. Lucas se conmovió ante el carpintero y le dijo:

-Mira, José, yo solo tengo mi burra vieja, pero si de algo te sirve tómala y lleva a tu esposa a que cumpla con su deber. Sólo te pido que le des agua, paja y alguna panela. No la apures porque es muy lenta, pero los puede llevar.

Una madrugada de diciembre, José, María y la burrita iniciaron el recorrido, desde Nazareth rumbo a Belén. El animal, despacioso, iba orgulloso de llevar en su lomo semejante carga divina y evitaba los precipicios y los golpes duros para que María se sintiera cómoda. Así llegaron el 24 en la tarde al pueblo y José empezó a buscar hospedaje en las posadas, pero, todo estaba copado. Ante la imposibilidad de conseguir albergue, se refugiaron en una pesebrera cercana, donde un buey se daba sus anchas.

Allí, entre la burra y el buey, nació el Redentor del mundo. Desde entonces los burros son bendecidos por Dios.

Jueves, 22 de Diciembre de 2022

EXCLUSIVO PARA
NUESTROS SUSCRIPTORES

Patrocinado por:
Logo Empresas
Temas del dia Foros La Opinión