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Una lección brasilera

Viernes, 8 de Abril de 2016
Una Dilma Rousseff que parece quedarse sin margen de maniobra para capotear las gravísimas acusaciones de corrupción que se le imputan.

Parte de la magia de ser un turista, o en general un foráneo en tierras ajenas, recae en la aparente inmunidad que cobija a cualquier extranjero de la realidad cotidiana del lugar que visita. Mirar las noticias y no entender quién es quién ni de qué bando están, encontrarse blindado contra los grandes escándalos tras las fotos y los tours, desconectarse de la inclemente carga de actualidad cambiante y dejarse llevar por los atractivos inmutables de la ciudad. Un espejismo muy cómodo que algunas veces se desvanece, Brasil es el mejor ejemplo de ello. Uno bueno, uno del cual podemos aprender.

La tensión política suscitada por una Dilma Rousseff que parece quedarse sin margen de maniobra para capotear las gravísimas acusaciones de corrupción que se le imputan se palpa en las calles de todos los estados. Desde cariocas hasta pernambucanos, el país en pleno no habla de nada distinto. Las portadas de las revistas en todas las bancas ya no resaltan las faenas de Neymar sino que se encuentran ocupadas augurando una eventual caída del gobierno. La ausencia de legitimidad de su mandato se siente en cada brasilero que interrogas en la calle. Las camisetas rojas y amarillas son vistas con recelo, es fácil protagonizar un malentendido en medio de la polarización.

Pero hay algo muy interesante en medio de tanta efervescencia y es la respuesta de la gente. Atrapado accidentalmente en medio de las manifestaciones de los partidarios y los opositores en la Avenida Paulista y Copacabana entendí que cada uno de los 200 millones de brasileros, desde lo más humildes barrenderos de la prefeituras municipales hasta los emperifollados empresarios, han tomado un partido y no son indiferentes con la situación. Todos tienen claro su punto de vista y no temen hablar abiertamente de lo que creen que necesita su país para mejorar. Se preocupan, les importa, a favor o en contra pero con argumentos y convicciones.

Con lo anterior viene otro fenómeno igualmente atractivo: Su forma de protestar. Los brasileros exigen, hacen rendición de cuentas de su voto en las urnas y levantan su voz cuando ven que las promesas se rompen, pero lo hacen a través de mecanismos fieles a su esencia. Las grandes marchas y plantones no terminan en violencia, no hay papas bomba, no hay destrozos, no hay vandalismo, en su lugar surge una marea de música, color y bulla. Un transeúnte desprevenido bien podría confundir todo con una parade o con una extensión del carnaval. La alegría es tal que las fuerzas antimotines se aburren y pasan el tiempo con selfies entre sus filas.

A pesar de la turbulencia constitucional que atraviesa este gigante suramericano, una valiosa lección brasilera no está quedando a todos sus vecinos turistas y es que las democracias fuertes, inclusive aquellas en cuidados intensivos, se soportan en ciudadanos activos que participan de los procesos que atraviesa su país y no se rezagan al margen. Ciudadanos que responsablemente respaldan posiciones divergentes y se hacen sentir sin exceder los límites de la civilidad, sin humo ni la innecesaria vorágine del caos.