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Una posada en el camino

Domingo, 1 de Noviembre de 2015
Morir es como una propiedad que todos tenemos, un derecho absoluto al que no se puede renunciar.

La muerte es la primicia de una inscripción luminosa de la vida en las páginas del destino, la evidencia de que uno es inconcluso y debe integrarse a la totalidad del universo para ajustar el derrotero de su existencia. Y, ni siquiera, es una posibilidad: es una realidad contundente.

La vida es un requisito mortal, indispensable, el cual es necesario desarrollar con toda la voluntad, el amor, y el convencimiento de estar haciendo lo correcto, con plena consciencia de corresponder a la misión de humano, hasta que, con la muerte, el destino decida qué quiere.

Morir es como una propiedad que todos tenemos, un derecho absoluto al que no se puede renunciar, un cristal que nos deja vislumbrar la eternidad, el final de la vida y el comienzo del Ser. Es la posada en el camino para llegar, hospedarse un instante y alentarse a ser el transeúnte de los sueños.

Es una dimensión acotada por otras aristas, en la cual el pensamiento adquiere otras magnitudes, profundas, porque está transferido a la verdad, endosado al tiempo infinito que lo acoge.

Desde luego, este es un planteamiento estoico, de obediencia al destino, pero con una salvedad importante: que la muerte no es un castigo, sino un tránsito, no es una pérdida, sino el acceso a un sentido ontológico del ente.

Nos la han enseñado como temor a perder la vida, pero debe aprenderse como una emoción. (Sin embargo, los humanos la tememos, por unas u otras razones: la mía, por ejemplo es por la nostalgia de dejar sin concluir tantas cosas, por mi culpa, por supuesto, por haber perdido tanto tiempo; por eso ahora anhelo vivir muchos años para compensarlo. ¡Quién sabe cómo será!)

Uno la debe respetar, adaptar y dominar hasta que se convenza de que, gracias a esa esperanza, el futuro deja de causar espanto: Después de haber agotado lo finito la inteligencia tiende hacia algo distinto, como las frutas, que no maduran, sino, también, caminan hacia la madurez.

Por las huellas de la vida se aproxima uno al escenario definitivo, a un grandioso poema de recuerdos, canciones, amores, alegrías y tristezas: por eso, la muerte es imprescindible.