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Vender el sofá

Martes, 23 de Febrero de 2021
Las infidelidades suelen terminar en tragedias.

El cuento es viejo y trillado. Ya ni siquiera produce risa, pero sirve como ejemplo. El caso es que un esposo se dio cuenta que su mujer le estaba poniendo cachos. Nunca faltan los chismosos. El tipo le hizo el reclamo y ella, acorralada, no tuvo de otra sino confesarle su pecado. Pero le juró que nunca le había irrespetado el lecho, pues la infidelidad siempre se consumaba en el sofá de la sala. El hombre, conmovido ante la sinceridad y el arrepentimiento de su mujer, tomó la mejor determinación de su vida: Vendió el sofá para evitar que la mujer continuara traicionándolo.

Las infidelidades suelen terminar en tragedias. A veces hay riñas,  peleas con trágicos finales o por lo menos separaciones. Sin embargo, en esta ocasión, se logró con buen entendimiento, mucha cultura y mucha dosis de perdón, que el hecho no pasara a mayores. Tal vez el juramento de no repetición y la promesa de un amor ahora sí, de verdad pa´ Dios, hasta la muerte, hicieron  que el marido cachón permitiera que el matrimonio continuara como si nada.

Como digo, el hecho no produce risa, pero puede servir como ejemplo para que otros maridos o novios o parejos, en las mismas condiciones –o también esposas, novias o parejas- se otorguen el perdón, lloren juntos un rato y vuelvan a comer perdices y sean felices.

Pero también se puede aplicar a otras realidades. Un amigo me hizo caer en cuenta de  la inseguridad que vive nuestra ciudad, sobre todo en parques y zonas verdes,  por donde a veces se vuelve imposible caminar. El otro día, los parques eran el lugar más apetecido para salir a dar un vueltón al atardecer, o a sentarse a descansar o para llevar los niños a que jugaran con las palomas.

Los parques son la sala de recibo de los pueblos, decían algunos, y por eso había que mantenerlos bien cuidados, con jardines hermosos, árboles que regalan sombra y frutos, una fuente cantarina en el centro y bancas para el descanso.

Los parques eran el lugar preferido de los jubilados que hacían allí sus tertulias de recuerdos mientras llegaba el fin de mes para ir al cobro de sus mesadas.

Los parques eran el sitio donde las gitanas, de cabello largo, pañoletas y faldas anchas de múltiples bolsillos y rotondas, adivinaban el futuro de jóvenes y viejos. Allí, los fotógrafos tomaban la foto que revelaban al instante en un mágico platón de agua. Los domingos del parque eran el lugar de cita de enamorados, y en los parques el vendedor de palomitas de maíz y de helados y de algodón de azúcar, les alegraban el día a niños y muchachas.

Hace ya muchos años, los sábados en la noche, los parques se engalanaban con la música de la banda del departamento o del municipio, que tocaban la retreta para disfrute y alegría de las gentes, que concurrían allí a llenarse de ternura y de nostalgias.

Cada parque tiene su historia, sus momentos de gloria que los tuvo, y sus momentos de tristeza que los tiene. Porque resulta que ahora los parques se han convertido en focos de inseguridad. Ladrones, atracadores y mujerzuelas montaron sus vividero en algunos parques, y hasta ahí llegó su belleza.

Pero aquí viene lo curioso. Como las autoridades fueron incapaces de controlar el delito, decidieron cerrar los parques para que nadie entre, ni las gentes de bien, ni quienes los atracan. Es mejor vender el sofá para evitar traiciones en la casa. 

gusgomar@hotmail.com