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¿Y el poder para qué?

Domingo, 29 de Marzo de 2015

En medio de la tormenta política generada por la violencia partidista de los finales años 40 del siglo XX y que tocó fondo con el magnicidio que puso fin a la vida del jefe liberal Jorge Eliécer Gaitán, se buscaba en Colombia afanosamente una salida a esa crisis. Y muchos pensaron que quien podía enderezar el rumbo del país era Darío Echandía, un estadista formado en el humanismo, de ideas democráticas y  quien hacía parte de la cúpula del Partido Liberal.  

El objetivo era  que asumiera el poder. Entonces respondió con aquella reflexión de “¿Y el poder para qué?”. Una pregunta que le ha dado la vuelta al país durante más de medio siglo.  

¿Y el poder para qué?

En esta coyuntura de aspiraciones a cargos de elección popular es de rigor saber para qué quieren ese ascenso al poder quienes lo están buscando. Sobre las respuestas  se debe ejercer control político, en el sentido de evaluarlas  y medir su grado de coherencia, de verdad, de viabilidad.

No puede seguir teniendo cabida la audacia del engaño, la demagogia, ni la magia retórica que pretende arrastrar incautos.

Los ciudadanos, en su ejercicio del derecho a elegir tienen que acertar en  la decisión que tomen al votar. Son muchos los males colectivos que se causan cuando ese acto se ejerce bajo la presión del fraude o del halago de una paga mezquina y deshonrosa, para darle paso  a los inescrupulosos que no tienen meta diferente a la del enriquecimiento ilícito y al engaño descarado.

Y es de especial importancia y conveniencia desentrañar los fines del poder ante tanto desbordamiento del abuso en que incurre un sinnúmero  de servidores públicos en las distintas entidades oficiales.

El poder debe ser para servir en función del bienestar general. El poder para gobernar en términos de democracia. Lo cual impone el desmonte de  ese entramado de privilegios, exclusiones y de cualquier forma de  violación de la ley y de menosprecio de la ética pública.

El poder no se puede entregar a los incompetentes, ni a los que no solamente meten las patas en las decisiones que toman sino también las manos para alzarse con los recursos del presupuesto. El maestro Darío Echandía habló precisamente en su momento contra esa nociva conducta.

La construcción de nación con fortalezas democráticas y de una paz que rescate la dignidad de la vida impone un manejo idóneo del poder, pero, además de esa garantía debe contar también el compromiso de la honradez, sin esguinces.

Puntada

La arrogancia clasista  y excluyente de la senadora Paloma Valencia hace parte de su libre determinación, pero es contraria al Estado Social de Derecho que se quiere para Colombia.