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Y se encontraron las crisis

Un mundo feliz y pacífico donde cada quien recibe lo que “legítimamente” le corresponde y punto.

2022, es el año en que se hicieron patentes y de manera simultánea tres crisis de marca mayor; si cada una en sí es preocupante, juntas adquieren un perfil de tsunami: la ambiental, la geopolítica de la guerra y la económica de la inflación, cocinadas en la olla común de una globalización que empezó por abrirle la puerta a una pandemia que rápidamente y por primera vez en la historia, se hizo universal, con una característica adicional, su capacidad para mutar y permanecer.

Cuando no lográbamos aislarnos del virus ni superar el desorden que generó en el funcionamiento de la economía y la sociedad mundial, Rusia le puso su picante al escenario, con una guerra que parecía salida de la historia, la vieja historia de un país, que con o sin razón, invade al vecino para arrebatarle pedazos importantes de su territorio, de su historia, como cuando Napoleón invadía países para destronar testas coronadas, hasta que acabó coronado y... destronado. Un conflicto entre naciones que acabó por poner patas arriba a una economía mundial globalizada, especialmente en el suministro de dos productos que son de vida o muerte para los países: alimentos para la vida humana y energía para la vida de la economía, de la producción.

Hoy se vive la situación de temas nacionales críticos a merced de coyunturas internacionales ante los cuales el poder nacional es nulo. Como pocas veces ha sido contundente y evidente la vulnerabilidad a que la globalización somete a las economías y la vida de las naciones. Con ella, sus defensores planteaban que se entronizaría, y a la vez se exigiría, un mundo sin guerras hasta el límite de no requerir autoridades o instancias internacionales presentes y actuantes en ese mundo globalizado, donde las solas fuerzas de mercados libres, no regulados, garantizarían la operación ordenada de la economía mundial en su conjunto y de cada una de las economías nacionales que la conforman. Un mundo feliz y pacífico donde cada quien recibe lo que “legítimamente” le corresponde y punto.

Pero la crisis energética con cara de catástrofe energética, y la seguridad alimentaria amenazada por depender ambas del suministro por países terceros de bienes que se redescubrieron como estratégicos para la vida y la economía, generaron vulnerabilidades y desconfianzas en medio de una fiebre inflacionaria en buena medida alimentada por los altos precios internacionales de dos bienes ultra estratégicos para cualquier país, la comida y la energía. Y esas urgencias hicieron que se bajara la guardia en la lucha por la permanencia de la vida en el planeta, enfrentando el cambio climático, el ave agorera de estos tiempos azarosos que vivimos. Solo queda esperar que el 2023 sea menos bronco e inicie un tiempo de construcción y no de destrucción de vida.

Jueves, 29 de Diciembre de 2022
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