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Martes, 7 Abril 2020 - 8:30am

Héroes Anónimos Cúcuta | Estamos haciendo lo que juramos, proteger la vida: infectólogo

Andrés Arias es uno de los profesionales que ha ayudado a establecer los protocolos en el Meoz para pacientes con COVID-19.

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Vivir una pandemia en una ciudad intermedia como Cúcuta hace que la situación sea más compleja de lo habitual, por la escasez de profesionales en una región tan abandonada durante tantos años. 

Sin embargo, la ciudad cuenta con uno de los perfiles profesionales en materia de salud, más importantes para la contención y el análisis en la evolución y propagación de la COVID-19. 

Con tan solo 31 años, el médico Andrés Felipe Arias, especialista en Pediatría e Infectología, hace parte del grupo de expertos que le sigue el rastro al coronavirus en Norte de Santander y es uno de los encargados de coordinar las rutas de atención de pacientes en el Hospital Universitario Erasmo Meoz (Huem). 

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Antes de que se oficializara la llegada de la pandemia en Colombia, Arias y sus colegas venían haciéndole seguimiento al virus desde enero. Además, “luchaban con la rama política” para que se entendiera que el país no iba a ser inmune a su llegada y que habría que tener alertas tempranas, pues “algunas estadísticas de los infectólogos y epidemiólogos indicaban que solo se tendrían 30 casos”, situación que no fue así y de acuerdo con esto se debieron ajustar los protocolos.

Lo que era una vida “sencilla” para este galeno se convirtió en un ritmo de trabajo que pareciera no tener fin. Antes sus  jornadas laborales comenzaban a las 7:00 de la mañana y terminaban a la 1:00 de la tarde.

Sus principales funciones se basaban en la educación de internos, interconsultas y el diálogo constante con sus colegas pediatras. Ahora, los turnos son extensos, porque empiezan a las 6:00 de la mañana y van hasta las 11:00 de la noche. 

Y en casa, luego de la extenuante jornada, sigue hablando con sus compañeros sobre lo que quedó pendiente, compartiendo información, investigando sobre contención y revisando lo que sucede en otras partes del mundo, intentando así tener referencias de lo que podría o no ser útil ante la calamidad de salud pública que pueda presentarse. 

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Como infectólogo, este joven cucuteño fue preparado en la academia durante casi 14 años, para atender todas las infecciones, manejar brotes hospitalarios y en las ciudades. Y aunque sabe sobre el “manejo en los circuitos de contención”, este escenario es nuevo. “Nadie estaba preparado para esto que vivimos”, dice con un tono enfático.

“Esto no pasa, esto no puede ser cierto” es un de las frases que tanto él, como sus compañeros, repite, y aunque para muchos resulte difícil de creer, ellos tampoco preveían que una situación como esta se tomara el mundo y afectara el orden y la vida como lo ha hecho.  

En palabras de Arias, “no existe una persona, sistema de salud, epidemiólogo o infectólogo en el mundo que hubiera dimensionado lo que está sucediendo”.  

Sin embargo, esta situación ha permitido que aflore lo mejor de cada uno de los miembros que le hace frente a la COVID-19 en Cúcuta y el trabajo en equipo ha sido la mejor herramienta disponible. 

“Epidemiólogos, infectólogos, médicos y la parte administrativa -del Huem-” han sido fundamentales en la preparación progresiva que se vive dentro del hospital, mientras se está a la espera del pico epidemiológico en la ciudad.

Aunque su voz es suave y tranquila, sus ojos no pueden ocultar el temor y la presión que siente por la responsabilidad tan grande que tiene sobre sus hombros: “tratar de que las cifras que vemos en el exterior, en donde 10, 20 y 30 por ciento del personal de salud es afectado y que algunos pueden estar muertos, no sea una realidad para nosotros”.

Cuidar la vida de sus colegas es uno de los compromisos intrínsecos de las rutas de atención de pacientes y Arias comprende que en sus manos, y de los  protocolos de seguridad para los médicos del Huem, se encuentra en gran medida que él y sus compañeros no terminen por ocupar una de las camas para contagiados que se están adecuando en la Zona Azul.

El médico se describe como el más exagerado de su grupo, pues prefiere “pecar por exceso y no porque falte”. Y como vaticinando lo que puede suceder, reconoce que en el momento en que algún elemento o recurso médico no esté disponible, será “una vida más que nos cueste”. Aunque intenta mantenerse sereno, su corporalidad da cuenta de la intranquilidad que le produce la situación. 

Este joven cuenta los días previos a la llegada del momento crítico de la pandemia, como si se tratara de un cohete a punto de despegar, esto le brinda cierta certeza y seguridad para hacer su trabajo. 

A pesar de esto, luchar contra el recurso público en un país como Colombia lo frustra la mayor parte del día y es allí cuando siente que se derrumba, pero recuerda que de su labor, y la de sus colegas, depende el acondicionamiento de las zonas a donde llegarán los pacientes, esto lo motiva a continuar. 

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Además recuerda y agradece el acompañamiento y apoyo que han recibido por parte de la gerencia y los trabajadores administrativos del Erasmo Meoz y esto lo llena de motivación para seguir trabajando por sus pacientes. 

Aunque su vida profesional copa casi las 24 horas del día, Andrés Felipe no puede olvidar todo lo que la pandemia lo ha hecho dejar atrás y respirando profundo y con su mirada en los recuerdos más próximos, piensa en sus padres.  Dos adultos mayores de quienes tuvo que separarse por miedo a ser un vehículo del virus.

“Entender que solo el distanciamiento social los va a proteger” ha sido lo más difícil que le ha tocado afrontar durante este tiempo, porque volvió a la ciudad motivado por el reencuentro con sus progenitores, después de casi 14 años afuera, y de un momento a otro tener que volverse a separar de ellos lo tomó por sorpresa. 

Las videollamadas se convirtieron en el reencuentro diario, la conexión que ofrece el soporte vital para los momentos de tensión y que aliviana las cargas laborales que este infectólogo tiene que sobrellevar a diario. Pero suma estrés adicional, pues su padre, un hombre de 91 años, puede complicarse por temas de salud diferentes a la COVID-19, él sabe que no podrá visitarlo o tener contacto físico porque podría infectarlo. 

Tenerlos seguros en su hogar lo tranquiliza y saber que ellos están orgullosos de lo que hace es fundamental para la estabilidad emocional que tanto necesita en este momento. Y aunque sabe que sus padres, y los de todos sus colegas, están preocupados, reconoce como un “escudo para su día a día” las bendiciones y persignaciones enviadas desde casa. 

A pesar de que sabe que su conocimiento es importante en esta pandemia, confía y pone todos los días su labor en manos de Dios. “Esa luz en medio de la sombra nos ha ayudado demasiado” afirma, rememorando como a lo largo de su vida cosas que parecían imposibles han tomado el mejor curso y él se las atribuye a esa presencia divina que lo acompaña diariamente. 

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