Escuchar este artículo

La pandemia llevó a ‘La Sorda’ a cerrar sus puertas

Domingo, 22 de Noviembre de 2020
Después de 60 años de servicio, cierra sus puertas la casa de lenocinio más antigua y popular de Cúcuta. 

Desde 1960 “La Sorda” se había convertido en una de las referencias más grandes de la ciudad, en lo que a entretenimiento nocturno se refiere, tuvo años gloriosos por lo que la administración pasó de generación en generación.

Blanca Rosa Durán, mujer villacarense, llegó a Cúcuta en la década de los 60, arrendando una habitación sin saber que tiempo después se convertiría en la casa de lenocinio más popular y frecuentada en toda Cúcuta.

Las visitas de amigos y clientes cada día eran más usuales y, por sugerencia de los mismos, arrendó una casa amplia, adecuándola con música, bebida y cinco mujeres. La decisión de expandir fue todo un éxito por lo que el negocio empezó a evolucionar.

Al cabo de tres años, Blanca, a quien sus clientes 10 años después llamaron ‘La Cucha’, compra la casa y todas las que están a su alrededor, condicionando en el pasaje de seis casas todo el negocio, entonces comenzó con fuerza ‘La Casa Verde’, apodándose años más tarde ‘La Sorda’

Ya para ese entonces trabajaban alrededor de 80 a 90 muchachas entre ellas paisas, caleñas, santandereanas y nortesantandereanas, número que se mantuvo hasta la fecha del cierre.

Era la única casa de lenocinio en Cúcuta que trabajaba de día, abría a las ocho de la mañana y cerraba a las siete de la noche, siempre se caracterizó por tener a las mujeres más hermosas, marcaba la diferencia entre todos los bares de la época.

Años después, ‘La Cucha’ como era conocida, empieza a perder audición y he ahí donde los clientes llaman al bar ‘La Sorda’. “Ya los hombres no decían vamos para ‘La Casa Verde’ sino para donde ‘La Sorda’ y debido a la popularidad que tomó, se le cambió el nombre”, comentó Eduard Durán, sobrino de Blanca.

Lea aquí:

Casas de lenocinio en Ocaña esperan protocolos de bioseguridadEduard tomó las riendas de la administración en 1994, debido al alzhéimer que se le desarrolló su tía. Cuenta que en sus 26 años frente al negocio jamás se imaginó que después de 60 años de servicio un virus cerraría las puertas de la casa de lenocinio más antigua y polular de Cúcuta.

Dejando tras su clausura a más de 180 personas sin trabajo, 80 mujeres entre venezolanas y colombianas, 30 trabajadores entre porteros, meseras, cantineros, aseadoras, cocineras entre otros.

“Y sin contar las muchachas que no eran fijas, que venían por varios meses y se iban a otras ciudades” puntualizó Eduard.

Con el cierre total y definitivo del bar, debido a su naturaleza (contacto directo), es muy difícil contemplar una reapertura, “yo creo que hay un 99% de probabilidad de que no se abre más”, dijo Durán con tono desalentador.

Por el otro lado de la moneda, está Marcela, de 28 años, quien trabajó por más de 2 años en “La Sorda” y cuando la casa cierra sus puertas, queda sin trabajo y sin vivienda. “Quedo prácticamente en la calle porque ya no había como pagar servicios, así que no podía vivir ahí”, confesó.

Sin ingreso alguno, y para sobrevivir en confinamiento, pide ayuda a sus clientes más cercanos, sin embargo, no era suficiente y con la extensión de la cuarentena se quedó sin una mano amiga que la auxiliara.

Y no solo Marcela sufre esta situación, sino sus familiares quienes depende de ella y detrás de ella, las incontables mujeres que obtenían sus recursos de este lugar y que hoy están sin trabajo.

El día a día de Carmen

Con la misma suerte vive Carmen Martínez, de 26 años, que ahora durante pandemia para ganarse la vida le toca salir a la calle en busca de clientes cuando no le salen a domicilio.

Para ella no hay más opción que salir en busca del sustento de esta manera, pues afirma que sino la mata el virus, la mata el hambre, añadió Carmen.

Actualmente vive en una habitación donde paga 10.000 pesos diarios, tiene días tan complicados donde le toca decidir entre dormir bajo techo o mantener lleno el estómago de su hijo.

A las 6:00 pm cuando termina la jornada de muchos, la de ella apenas comienza, bajo la oscuridad de la noche sobre sus tacones rojos entre calles y avenidas, sin lugar fijo.

Para ella trabajar en la calle no ha sido fácil porque se siente desprotegida, sale de su habitación con el credo entre sus labios rojos, y cada vez que pasa un carro ‘solicitando su servicio’, ella se monta con miedo y sin certeza alguna si volverá.

Lea también:

Violencia en las redes, ¿por qué tanta intolerancia?

“Antes por lo menos estaba en un establecimiento donde no me daban garantías como las dan en otro tipo de trabajo, pero por lo menos no vivía con este miedo, de qué pasará, porque en el bar los clientes se limitaban porque que yo contaba con el respaldo del administrador, pero ahora, sola, los clientes a veces no me quieren pagar y me toca discutir con ellos, y en ocasiones he contado con suerte de bajarme con vida del carro”, relató con tristeza. 

Para Carmen su cotidianidad no es una condición, y mucho menos una obligación, para ella es solo un trabajo en una ciudad atropellada por el desempleo, “aunque claramente sería mucho más fácil ejercer mi oficio en un lugar específico donde pudiera recibir como otros trabajadores, derechos y seguridad” precisó.

Su trabajo no es fácil al igual que el de muchos, pero la diferencia radica en el nivel de inseguridad con la que se ejerce.

Desempleo en aumento

La prostitución en Cúcuta crece dadas las circunstancias, en lo corrido del año la informalidad llegó al 69,1% la tasa más alta de las capitales del país y el desempleo se situó en su máximo nivel histórico alcanzando el 33,4%, según informes resientes del mercado laboral del Dane.

Sin embargo, la prostitución sigue siendo una labor sin cifras y una realidad que por más que se le dé la espalda no va a dejar de existir, por el contrario, día a día se va enrobusteciendo volviéndose más insegura y susceptible ante el mundo tal como el día a día de Carmen.

Melissa Morales | Practicante de periodismo

Image
La opinión
La Opinión