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Voluntarios de Aiesec luchan por cambiarles las vidas a las comunidades pobres

Sábado, 9 de Enero de 2016
La organización lleva tres años en Cúcuta, actualmente hace presencia en el asentamiento Nueva Ilusión.

Nueva Ilusión por una nueva vida

Cuando llega un extranjero a uno de los barrios, es muy divertido; todos le quieren sacar palabras, saber cómo habla, abrazarlo, tocarlo… Solo hubo una vez que se nos quedó uno congelado”, dice Sneider, mientras, como un pollo, con el cuello tieso y la cabeza un poco inclinada a la izquierda, fija los ojos en algún punto de la pared.

“Era el de Taiwan, ¿no?”, pregunta a Jean, que le responde con una sonrisa. “Pero por lo general, nos va bien con eso”. Sneider Alfonso y Jean Ortega, son dos de los 40 jóvenes cucuteños que se decidieron, según dicen, “a cambiar el mundo de otros” usando una herramienta simple: el voluntariado.

A sus 21 y 24 años, respectivamente, son el vicepresidente de intercambios entrantes y presidente de Aiesec, una de las organizaciones juveniles sin ánimo de lucro más importantes del mundo, aliada con el Ministerio de Educación, alcaldías como la de Bogotá, Colombia Joven y otras entidades.

En Cúcuta, la agrupación lleva tres años de planificación y ejecución de proyectos con comunidades pobres, y actualmente tienen 11 voluntarios de México, Alemania, Guatemala, Venezuela, Bolivia y Brasil jugando e integrando a los niños de la periferia de la ciudad, que reciben a pequeños y grandes embajadores del mundo en la fina arena de sus calles.

Pero la tarea no ha sido solo traer extranjeros, sino llevar cucuteños fuera del país para que enseñen valores y la cultura regional, e incluso hagan sus prácticas académicas más allá de la única frontera que conocen.

Actualmente hay dos muchachos en Toluca, otro en Perú y una jovencita en Brasil, y a lo largo de estos tres años han generado 54 experiencias de intercambio llevando y trayendo soñadores.

“En la organización han estado personas como Bill Clinton, o el expresidente César Gaviria, y el futuro alcalde de Cúcuta… ¡Que sería yo!”, dice Jean sonriendo con picardía, pero convencido de su propósito.

Él mismo salió de acá, aunque de forma distinta a como fue uno de sus últimos recorridos extensos, desde La Gabarra, su pueblo natal, del que salió con su familia huyendo de la violencia hace años.

Sin saber una palabra de portugués, ahorró, hizo actividades para financiar su viaje -porque Aiesec es autosostenible al cien por ciento-, y se marchó a Brasil hace poco más de un año.

Trabajó con comunidades al interior de la selva enseñando español, y vivió en Boavista, una población próxima a Guyana en la que estuvo por seis semanas, tiempo que suele durar una de estas experiencias.

Por lo generar, los intercambios se hacen en época de vacaciones y a él, lo sorprendió en diciembre.

“El 24 casi se me sale una lágrima, pero son solo este tipo de esfuerzos los que nos hacen fuertes, y descubrirnos a nosotros mismos, al estar con otra familia, otra gente y con una responsabilidad encima”, cuenta.

Para Sneider tampoco fue sencillo, pese a tener un compromiso distinto, pues hace pocos días también llegó de Brasil pero iba con la misión de mostrar la labor hecha.

Reconoce que, a veces, resulta fácil hablar de lo que es negativo y “convencerse de que Cúcuta es una potencia, y tiene tantas cosas bellas por rescatar, pareciera que uno solo lo ve cuando está lejos”.

Los que llegaron y no quieren dejar ir

Simon Hartmann es uno de los extranjeros que actualmente enseña inglés en el asentamiento Nueva Ilusión. Es el alemán altísimo, flaco y ojiazul al que algunos niños piden les hable en japonés. Ya ha estado fuera de su país haciendo actividades de voluntariado pero en África.

Tranquilo y atento, sin hablar español se hace entender a punta de sonrisas y chocando las palmas con los pequeños y no se le ve muy fastidiado por el calor, pese a su blanquísima piel que apenas deja ver una manchita de bloqueador solar junto a la oreja, justo sobre su rubia barba.

Le gusta ser voluntario y compartir lo que sabe, y aun con lo duro del terreno que pisa y lo ardiente del solitario sol, dice que este es un lugar lindo.

La misma impresión se han llevado otros, incluso la niña francesa a la que sus amigos le decían que no viniera a Colombia porque la guerrilla estaba por todas partes y la gente consumía drogas en la calle, como si comiera pan.

“Que se iba a volver guerrillera si venía”, dice Sneider abriendo sus grandes ojos. “Luego se van contentos, y casi ni les creen las historias de lo que encuentran”.

Se enorgullecen del impacto que generan cada vez que las madres les cuentan que sus hijos se comportan mejor “solo por ir a ver al gringo”.

Sin embargo, no deja de preocuparles que sean los extranjeros los más interesados en apoyar a quienes los necesitan, y que sean pocos los cucuteños participando en este tipo de iniciativas.

Aunque reconocen que otras organizaciones también lideran procesos de acompañamiento social, quisieran que el sentimiento de liderazgo y de interacción fuera la constante.

Tal vez por esa proyección es que tienen fascinada a Sandra Arias, la presidenta de la junta de acción comunal del barrio que hasta quiere que se construyan cuartos para hospedarlos allí, pues “si es por comida, no les va a faltar”.

Su sueño es que estos y todos los voluntarios lleguen hasta los sectores de La Fortaleza y El Talento.

Sandra dice que no los quiere dejar ir, porque “todo lo que sea sabiduría, hay que dejar que se expanda”, y mira ilusionada a los niños reunidos con un mexicano, el alemán y un venezolano en un rancho, mientras dice que trabajar con los pequeños es mejor que con los adultos porque “estamos creando futuro”.

Aunque con una mirada vaga recuerda que en su comunidad hay desplazados, desmovilizados y que tiene otra Cúcuta en la ribera del anillo vial, se aviva al contar que muchos se unen alrededor de estas visitas y oportunidades de cambio.

Esa es su nueva ilusión, que concuerda con el nombre del gran barrio arenoso; la confianza en un comienzo distinto para romper el ciclo y que sean esos mismos niños los que, en el futuro, cambien las vidas de otros sin más distintivo que su voluntad.

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Helena Sánchez