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Domingo, 11 Octubre 2020 - 6:11am

El feminismo me dio el hilo conductor para hablar de muchas cosas: María Ramón

La Opinión entrevista a la autora de ‘Tirar y vivir sin culpa’, quien habla sobre su visión del machismo.

Cortesía
María del Mar Ramón tiene raíces cucuteñas.
/ Foto: Cortesía
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María del Mar Ramón (1992) nació y creció en Bogotá. A sus 20 años se fue a Argentina, donde ha trabajado con distintos colectivos de mujeres; allí integra la organización no gubernamental Red De Mujeres y el colectivo Las Viejas Verdes, del que es fundadora, convirtiéndose en una reconocida voz del feminismo.

Tomar distancia del país y de su vida en Colombia, le permitió reconstruir su historia plasmada en su ópera prima ‘Tirar y vivir sin culpa’ (Planeta), en la que hace una profunda reflexión sobre los estereotipos, el machismo, la relación con el cuerpo, el placer y la culpa.

Ramón tiene raíces cucuteñas y habló con La Opinión sobre su libro.

¿Cómo fue su relación con Cúcuta y cuál es su visión sobre el machismo en esta ciudad?

La familia de mi papá está casi toda compuesta por hombres y siempre me ha parecido muy extraña la forma en la que la masculinidad se expresa en Norte de Santander. Algo muy interesante de la cultura cucuteña, en donde yo físicamente no he estado tanto, es la relación de los hombres con la palabra. Allá el dominio de la palabra solo lo tienen los hombres y si uno quiere que lo escuchen tiene que hablar más duro que ellos, tiene que ser más agresiva que ellos y tiene que dejarse molestar con la misma dignidad para poder hacer parte de un diálogo. Hay algo de la conformación de la masculinidad que en Cúcuta está muy bien retratada: hombre machos que cuidan, gritan y se molestan. La forma como los hombres lidian con sus sentimientos es una reflejo de cómo es una cultura muy machista.

La relación con el cuerpo es un tema importante en el libro. El estándar del cuerpo delgado y el hecho de que la sociedad juzga a quienes no encajan en ese molde, es algo universal, pero también muy cucuteño…

Había algo particular que me sorprendía y era cómo, en medio de ese mundo patriarcal cucuteño, los hombres no solían hacer tantos comentarios como las mujeres. La fiscalización siempre queda muy relegada a las mujeres que se fijan en los cuerpos de otras mujeres. Eso todavía me pasa con mi familia, y a pesar de que mi estilo no es ser policía, en algún momento tuve que decir que no hablaran del peso de la gente.

Usted vive en Argentina, ¿cómo se vive este tema allá?

En Argentina se está dando más rápido el cambio. Por ejemplo: acá cada vez es más extraño que las marcas de ropa no tengan una chica o dos que sean talla L o XL de cualquier prenda. La representación es algo importantísimo, porque si los únicos cuerpos deseables e ideales son los cuerpos flacos que están en la televisión, es muy difícil para una persona que no es así existir sin desear eso.

La gente que no es flaca se asocia a la mala salud, al sedentarismo, a la falta de rigor y de disciplina. Me pregunto si alguna vez alguien se preocupó por la salud de Kate Moss, quien era flaca pero por otras razones. Eso no es algo fácil de desarmar, porque hace que la preocupación sea más o menos legítima, porque aparentemente no es solo un tema estético. Hay otra preocupación que no me parece menor y es ese mensaje  de que nadie te va a querer si eres gorda.

¿Son más conscientes las nuevas generaciones de no reforzar los estereotipos?

Si pensamos en la generación de nuestras abuelas o mamás, en donde quizás el único proyecto de vida posible era el matrimonio y los hijos, obviamente ser querible para poder cumplir ese sueño era algo muy importante. Si es cierto que los cuerpos gordos pareciera que disputan mucho menos en el mercado sexoafectivo; por eso para desarmarla no basta con decirles a las tías “no me digas más esto”, sino que es necesario entender que los proyectos de vida de las mujeres no pueden estar consolidados alrededor de la pareja y la pareja no puede estar cimentada en que tienes que encontrar a alguien bello, hablando en términos hegemónicos.

Creo que toda esa reflexión se está haciendo en Colombia, en Argentina va un poco más rápido, pero lo que no veo aún en el caso colombiano es tantas referencias; Fat Pandora está liderando un movimiento muy interesante para desarticular no solo lo que creemos que es bello, sino lo que creemos que es bueno, noble y saludable. No hacerles comentarios a las niñas sobre sus cuerpos es muy importante.

La relación con su cuerpo fue tormentosa, al punto de que terminó con un trastorno alimenticio. ¿Cuándo empieza a hacer las paces con su cuerpo y a dejar de alguna forma de despreciar el cuerpo que habitaba?

Nunca. Entiendo que a la gente le gusta tener un manual de instrucciones para que les digan esto se hace así y estás curada. Me parece valioso la gente que lo hace, yo no puedo hacer eso porque sería una mentira. Mi relación con mi cuerpo es constantemente conflictiva y tensa, es un asunto que no está resuelto. Ahora tengo más herramientas para entender y abordar el tema, pero comprenderlo no hace que el problema se vaya. Hay un tema subjetivo muy complejo relativo a mi imagen, una desconfianza constante sobre mi propio criterio, y yo no sé bien eso como se quita. Me ayuda mucho y es un cambio enorme, el hecho de que nadie lo esté comentando.

El placer femenino es un tema muy importante en su libro y dice que es un hecho subversivo en la vida de las mujeres. ¿De dónde viene esa concepción tan arraigada en nuestra sociedad de que el placer es casi algo exclusivo del hombre?

No diría que es exclusivo de los hombres. Nuestra visión del placer es distinta a ese concepto de placer femenino concebido como una representación que hicieron los hombres y frente a eso hay algo de culpa por salirse de una especie de imposición que en Colombia es muy monogámica, puritana, heterosexual, respecto a que la sexualidad solo se puede dar en unos tiempos y con unos sujetos específicos. Ese sistema estricto y reproductivo de la familia colombiana no permite explorar de manera más autónoma el placer propio y eso no solo genera culpa, sino que es una forma de sometimiento interesante.

Hay muchos estudios sobre cómo las mujeres y los hombres tenemos una diferencia muy grande entre lo que es satisfactorio. Para las mujeres algo que sea satisfactorio es que no duela; el dolor nunca está en la ecuación de los hombres. Las mujeres nos damos por bien servidas cuando algo no es doloroso, pero no cuando es placentero. Poder generar un propio estándar sobre el placer me parece algo emancipatorio. La culpa es una manera de ordenamiento para que esa búsqueda nunca se dé.

¿Qué fue lo más difícil de escribir el libro?

Escribirlo no fue particularmente difícil, pero sí fue difícil leerlo, porque es denso y doloroso; cuando lo leí por primera vez duré afectada un par de días. Y luego presentarlo en Colombia también fue difícil, pues son conversaciones que solo había tenido en Argentina. Para mi familia fue un descubrir de muchas cosas y tuvieron distintas reacciones, pero al final fue bonito poder unificar esos dos universos.

Ya un año de haberlo lanzado. ¿Cómo ha sido la reacción de los lectores?

A veces la reacción me resulta difícil. Por lo general me llegan en promedio cinco mensajes al día, de personas que lo leen y el mensaje que me escriben parece genérico, en el sentido de que se parece mucho a pesar de venir de países distintos. A veces esos mensajes traen menos o más detalles, pero me impresiona positivamente por un lado porque siento que es bueno que esto sirva para sanar y acompañar, pero por otro lado pienso que es muy complejo el hecho de que todo el mundo se sienta identificado con una cosa horrible. En muchas presentaciones he tenido gente que me cuenta sus experiencias con el abuso sexual, es algo muy valioso pero a veces me siento sin herramientas para contenerla. Me siento muy halagada, pero no sé si celebro tanto que la violencia de distintas formas sea una constante en la vida de las mujeres latinoamericanas.

¿Cómo fue su proceso cuando decide tomar distancia e irse a Argentina y su incursión en el feminismo?

A mí me pasa con el feminismo que es un conocimiento y un universo que sucede muy acá, pero de las cosas más bonitas y enriquecedoras fue volver a Colombia y poder construir ese puente que es el libro. Hace un tiempo me ha interesado de los migrantes colombianos que coinciden en una frustración enorme por el país, de nunca poder explicar  las dimensiones de lo que uno está diciendo.

Si bien el libro se volvió latinoamericano, es un libro que está hecho en clave colombiana. En él trato de contar mucho el tema de la clase social y cómo no se pueden pensar los niveles de impunidad que tiene la violencia machista, sin pensar que están atravesados por temas de clase social y que la clase alta colombiana es totalmente impune y reproduce unas lógicas tremendas.

Para mí era muy importante poder contar todo eso y el feminismo me dio el hilo conductor para poder hablar de muchas cosas que me atravesaban sobre el país. El feminismo no solo me dio una herramienta para encontrarle una lógica a mis experiencias personales, 
sino herramientas para poder contar la relación de esas experiencias con todo el territorio nacional.

¿En el feminismo hace falta trabajar con los hombres para que realmente empecemos a ver cambios?

Creo que el trabajo con los hombres es importantísimo y hay un dilema entre los feminismos con este tema. Acá en Argentina uno de los ministerios de la mujer tiene una dirección que trabaja con las masculinidades y eso fue muy polémico porque había poco presupuesto y lo iban a gastar trabajando con hombres. Yo creo que si no empezamos a pensar que el mundo de los hombres es horrible, aunque ese mundo horrible les garantice unas formas de sometimiento de todo lo demás, si no empezamos a pensar en esto, vamos a estar dando vueltas en círculos. A la vez me pregunto mucho sobre las denuncias masivas y sobre los escraches, porque sí creo que tenemos que apelar a formas de reconciliación y a formas de reparación de las violencias con los varones. 

Hay algunos feminismos que no están de acuerdo con esto…

Así es, es casi una postura personal. Yo me paro desde ese lugar, entiendo los argumentos de no estar de acuerdo pero no los comparto, porque creo que hay un momento en el que hay que salir de “los vamos a matar a todos”; en Colombia y en Argentina hubo una frase que estuvo circulando mucho y fue la de “ahora el miedo cambió de bando”. No creo que eso construya y es una pregunta incómoda para los feminismos porque incluye pensar más allá de la posición víctima y victimario. 

Estefanía Colmenares

estefania.colmenares@laopinion.com.co

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