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Ciudadanos y delatores

Jueves, 7 de Febrero de 2019
Solo falta educar a toda la sociedad para que actúe en consecuencia.

Cuando los gobiernos se sienten realmente débiles, asumen posiciones que, además de alertar a todos los gobernados de que las cosas no avanzan como les habían hecho creer, generan rechazo y, más allá, mayor desconfianza de la que ya está acumulada.

En momentos de debilidad palpable, los gobernantes acuden, por ejemplo, a distraer la atención ciudadana enfocándose en asuntos en los que, como dicen algunos, son más ruido que nueces. También miran al extranjero y, si les permiten, tratan de encontrar allí culpas inexistentes que expliquen lo que ocurre dentro.

Por lo general, la debilidad que afecta a un Estado también afecta a quien o quienes lo gobiernan. Y esa debilidad puede traducirse en impotencia, superable solo en la medida en que se demuestre una energía y un rigor que en la realidad no existen. O, en último caso, se apela a mecanismos poco ortodoxos que, verdad contundente, lo único que logran es afianzar la imagen de debilidad.

Las redes de informantes o de cooperantes son algunos de esos mecanismos inusuales en las democracias, copiados de las dictaduras, regímenes que, irónico, son más débiles mientras más duros se muestran los dictadores. Allí, esas redes son indispensables para mantener informado al mandamás de todo lo que pasa en el país. De todo y más, y ese es uno de los graves problemas de esas herramientas.

Un gobierno fuerte es aquél que se sostiene por el vigor conjunto de todos los ciudadanos, educados en el respeto a la ley, a la democracia y a los principios de la ciudadanía, independientemente del partidismo a ultranza. Son ciudadanos que están libres de los odios profundos que liquidan sociedades como la nuestra, y determinados a mantener la tranquilidad, el bienestar y el modo de vida que les ofrece su propia decisión.

La decisión del presidente Iván Duque de recrear las redes de cooperantes —él las llama de informantes—, para desarticular la criminalidad, es inquietante. Además de copiar la estrategia del gobierno de Álvaro Uribe, de acudir a un millón de personas, podría estar copiando, sin proponérselo, métodos y prácticas de las que el país aún no se repone y que lo anegaron en sangre ilegalmente derramada.

Es de esperar que la vía hacia el abismo haya sido taponada en esta versión de esas redes, porque si no, largas y oscuras noches nos esperan.

¿Quién garantiza que en esas redes no estará la misma criminalidad que se pretende combatir? Y ¿quién asegura, para tranquilidad de todos, que allí no habrá odios políticos desatados, venganzas esperando su oportunidad, cuentas sin pagar y cobradores siniestros listos para actuar al amparo de la ley? ¿Quién lo garantiza?

La mejor manera de fortalecer un gobierno es trabajando sin descanso por todos los ciudadanos, sin distingos de nada, sin discriminaciones, sin revanchismo y sin ánimo vindicatorio. De esa manera, los ciudadanos se encargarán de darle al gobernante la seguridad que requiere y a su gobierno la firmeza que necesita. Y, de paso, la democracia avanza.

La delación no se puede entronizar como norma social, y menos si, como es costumbre, se paga a quien denuncia. Los buenos ciudadanos, responsables, nada más informan. No permiten que les paguen, menos, se atreven a cobrar.

Solo falta educar a toda la sociedad para que actúe en consecuencia.