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De poder a poder

Domingo, 19 de Noviembre de 2017
Ledezma estaba preso, sí, y esa situación es intolerable para alguien como él, acostumbrado a decidir, no a que lo neutralicen.

La fuga del exalcalde de Caracas, Antonio Ledezma, de su hogar, donde estaba preso desde hacía 1002 días, le da un nuevo aliento a la real oposición venezolana, en un momento realmente clave, como el de ahora, en que el mundo entero se inquieta por razón de que el gobierno de Caracas dejó de pagar sus multimillonarias deudas.

Fundador del partido Alianza Bravo Pueblo, Ledezma fue, durante un tiempo importante, el niño consentido de Acción Democrática (AD), el partido mayoritario de Venezuela, gracias al amparo del entonces presidente Carlos Andrés Pérez, que lo llevó a ser el senador más joven de la historia venezolana (1994) y una de las figuras públicas más preponderantes de la política de su país.

Con la revolución socialista y bolivariana en el poder, a nombre de su partido y de la oposición ocupó varios cargos de elección popular, entre ellos la Alcaldía Mayor de Caracas, desde la que enfrentó al régimen, con éxitos más personales que políticos.

El 19 de febrero de 2015, Ledezma fue detenido por el Estado, acusado de ser partícipe en una supuesta Operación Jericó, que pretendía derrocar al gobierno del presidente Nicolás Maduro. Procesado judicialmente, fue enviado a la prisión militar de Ramo Verde, donde estuvo hasta febrero, cuando le permitieron regresar a la casa de su familia, para terminar de pagar allí la pena. De allí huyó la noche del jueves…

En la oposición, Ledezma es una figura de gran peso, y la única con capacidad real de llegar al poder por la vía de las urnas. Es, por lo tanto, el político con mayores posibilidades de aglutinar a todos los sectores de la oposición y de liderar el proceso de liquidar la revolución socialista bolivariana.

Infortunadamente, no lo consideran así en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), el núcleo opositor que tuvo todo para acceder al poder, pero que lo perdió en el marmágnum de intereses egoístas de sus miembros, que se consideraban con el derecho legítimo de ser los sucesores de Maduro en el Palacio de Miraflores.

Los miembros de la MUD, rutilantes estrellas de la política y la oposición y llenos de ambiciones personales, están ahora en diálogos con el gobierno, algo a lo que Ledezma se niega de manera rotunda. Y, ahora libre, es de suponer que dialogar con el gobierno ni siquiera figura en su lista de posibilidades.

La distancia entre Ledezma y la MUD es cada vez mayor. Su actitud antes de huir, dice muchas cosas: le dejó a la opositora María Corina Machado una bandera, símbolo de lo que ellos dos defienden: las ideas del nuevo partido Soy Venezuela, que ambos fundaron.

Con su gesto, Ledezma dio a entender que nada quiere saber ni del gobierno ni de la MUD. Solo que, fuera de Venezuela, no serán muchas las opciones que tendrá. Estaba preso, sí, y esa situación es intolerable para alguien acostumbrado a decidir, no a que lo neutralicen. Pero estaba en su casa, bajo un régimen elástico, y quizás podía desde allí hacer más que desde fuera.

Una situación lejanamente parecida fue la que llevó al presidente colombiano Mariano Ospina Pérez en abril de 1948, cuando los jefes liberales fueron a Palacio a pedirle renunciar: “Para la democracia colombiana vale más un presidente muerto que un presidente fugitivo”, respondió. Por eso aún se le recuerda.

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