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Detrás del paro

Viernes, 26 de Abril de 2019
La realidad es la de un país que percibe que su Gobierno carece de gobernabilidad.

Que el paro no inmovilizó a Colombia es cierto, pero no se puede negar que es síntoma de un enmarañado mapa de problemas sin solucionar, de promesas sin cumplir, de esperanzas sin concretar, de sueños sin materializar. Y, en el fondo, la realidad es la de un país que percibe que su Gobierno carece de gobernabilidad.

Los desmanes en Bogotá son un detalle marginal —y repudiable— de unas 100 movilizaciones en todo el país, que tenían un doble impulso: los problemas nacionales, como todo lo que tiene que ver con el tema laboral, y los particulares, muy locales, relativos a la necesidad propia, que no trasciende, que no se conoce a nivel nacional, pero que, de todos modos, genera malestar y descontento.

Es probable que el país esté equivocado en cuanto a considerar al presidente Iván Duque como cabeza de un Gobierno que no tiene capacidad para resolver nada y que está fuera de toda escala para calcular las necesidades y sus soluciones. Pero en algo debe estar mal, si no puede comunicarles a los colombianos que sí sabe de las angustias y de las afugias de todos, y que trabaja para entregar respuesta clara.

El hecho claro es que el malestar ha sido canalizado por actores políticos —ilógico hubiera sido si no— que pretenden demostrar que hay un Gobierno que no gobierna a cabalidad, por inexperiencia o por la razón que sea. Y en esto nada hay de ilegal: no puede olvidar la ministra de Interior que todo acto del hombre es un acto político, y que en ese sentido la oposición está en su derecho de canalizar el descontento. Es lo que tiene que hacer siempre la oposición; es su papel, no otro…

Pero lo que no puede asumir nadie es que no se pueda protestar, que no se movilice la gente en procura de respuestas, en especial en estos tiempos, en que la respuesta más urgente se conoce luego de varios días, y en los que la prioridad del Ejecutivo está etiquetada con la búsqueda de soluciones para problemas ajenos al país —caso Venezuela—, mientras acá los problemas se acumulan por montones.

El paro se limitó a marchas de protesta y de reclamo, pero nada garantiza que el malestar nacional haya sido desactivado, o al menos neutralizado de manera temporal, ni que los problemas locales, casos Cúcuta y Norte de Santander, hayan entrado por la vía de la solución definitiva, que, en el fondo, es lo que se pretende.

Las marchas cesaron, pero el paro, como señal de protesta, se mantiene en todo el país, pues las razones que lo motivan persisten y se intensifican. El primer aviso fue la minga del Cauca, que vino a ser una especie de parteaguas entre todo lo que significa instalar un nuevo Gobierno y lo relativo al incumplimiento de todo lo pactado entre ciudadanos y Estado, representado por ese mismo Gobierno.

Ya la sociedad ha activado dos alarmas que revelan su inquietud. No podrá el gobierno, como la ministra Nancy Patricia Gutiérrez el jueves, mostrar sorpresa porque detrás de los estudiantes, los overos y los campesinos estén políticos de la oposición canalizando fuerzas electorales. Es lo obvio. Lo sorprendente sería que el Gobierno expresara sorpresa.

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