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Viernes, 15 Diciembre 2017 - 1:00am

El Hotel Caracas

Molesta, y mucho, realmente ofende, comprobar que las autoridades locales ignoran lo que sucede en Cúcuta con los venezolanos.

De verdad que molesta, y mucho, realmente ofende, comprobar que las autoridades locales ignoran lo que sucede en Cúcuta con los venezolanos que han decidido quedarse aquí de manera irregular.

La realidad del infame Hotel Caracas —así llamado por las decenas y decenas de inmigrantes que allí han pasado largas noches de nostalgia, lágrimas, dolor, amargura e impotencia— golpea muy duro, demuele, perturba el alma. Hotel Caracas, nada tienes, nada empacas. Duro. Muy duro.

Niños que confiesan que a sus 11 años ya olvidaron qué es desayunar y que su única comida diaria es cualquier cosa, estremecen y hacen que la sangre hierva mientras la pregunta salta incontenible: ¿y por qué nadie les informa a las autoridades de esta tragedia en carne viva?

Porque si el Estado supiera, ya hubiera actuado. Sin duda. Es su papel, es su responsabilidad, es la consecuencia de sus políticas irreflexivas de permitir que cualquiera llegue y se quede, sin darle la ayuda básica que necesita.

Aunque, la verdad, nadie en Cúcuta puede decir que no sabía. Nadie. Nadie en lo absoluto.

¿Bebés durmiendo en una cancha deportiva en manos de uno y otro para evitar que se mojen cuando llueven? ¿En dónde? ¿En qué aldea lejana de África? ¿Seres humanos que deben caminar cinco kilómetros para encontrar dónde hacer sus necesidades fisiológicas al menos con la dignidad del animal, y echarse al putrefacto río Pamplonita para intentar un mínimo de aseo? ¿Mujeres que deben salir a vender su cuerpo para no pasar el día con el estómago vacío? ¿Puede todo eso ser posible?

La respuesta la dio La Opinión: sí, todo eso y mucho más, y sucede a pocas cuadras de las principales oficinas públicas, en una cancha de baloncesto de la avenida Sevilla. Y sucede todos los días, ante la impávida mirada de todos, que o miran a otro lado o hacen derroche de todo su vocabulario de procacidades y de términos xenófobos y discriminatorios para personas que, por razones que nadie ignora, están acá, con nosotros, junto a nosotros. Seres como nosotros, pero con más necesidades.

¿Cómo organismos como el Icbf permiten que los niños pasen la noche con el cielo como techo, sin medicinas, sin comida, sin agua, especialmente sin agua, y que las mujeres gestantes tengan que dormir sobre el hormigón del piso, porque es el único lugar en donde nadie molesta hasta las 4 de la madrugada? ¿Y tantos muchachos sin saber qué hacer, y minusválidos, y viejos, y, en fin, tanta gente que llega y llega, qué voces de apoyo podrán escuchar?

¿El Estado colombiano no quiere que eso ocurra? Sencillo: no les permita entrar al país. Porque, ante esta realidad, cualquiera puede preguntar si acaso los perfumados funcionarios de Cancillería siquiera sospechan del monstruo que están alimentando en la misma maltratada y mal vista Cúcuta de siempre.

Está demorado el momento en que la violencia surja. Y surgirá cuando a una angustiada madre venezolana, con sus hambrientos hijos de rastra, alguien la humille y la ofenda un poco más de lo ofendida y humillada que ya está. Y que no se olvide que la violencia genera violencia…

Ese día, ¿de qué nos acusará Cancillería los cucuteños? ¿De insensibles, de irreflexivos, de negligentes, de impacientes? Pues que de eso nos acusen.

Total, acá de los organismos que están generando esta catástrofe los cucuteños seguimos pensando lo mismo de los dos últimos años: son funcionarios que se hacen los de la vista gorda con la realidad, indolentes y sin sentimientos de humanidad.

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