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El Lamborghini rojo

Lunes, 8 de Abril de 2019
Se da en todas las regiones, incluida, Cúcuta, donde hay casos de policías que, con su sueldo, tienen excelentes casas, en zonas ricas.

Familia que delinque unida va presa unida, como Ómar Ambuila, su esposa, Elba Chará, y la ostentosa hija de ambos, Jenny Lizeth. Hoy, todos están detenidos, como cabezas de una mafia de corrupción dentro de la Aduana de Buenaventura.

Como jefe del Grupo Interno de Trabajo de Control de Carga de la Dian en el puerto del Pacífico, luego de largos años allí, ganaba unos 8 millones de pesos al mes. Sin embargo, en Miami, su hija disponía de una lujosa casa frente a la cual estacionaba un Lamborghini rojo y una camioneta Porsche que compró por 1.100 millones de pesos. ¿Con qué dinero? Con parte de las coimas que, dice la Fiscalía, su padre recibía por permitir el ingreso sin problemas de contrabando a Colombia.

En las redes sociales, la muchacha hacía ostentación de sus autos, su casa y sus comprar en las tiendas más exclusivas, y por allí las autoridades colombianas y estadounidenses comenzaron a tirar de la cuerda, hasta dar con la verdad de todo.

Que Ambuila y su esposa vivieran en aparente mesura en Buenaventura no fue suficiente para ocultar la pestilencia de su mafia corrupta, ni para evitar que el cálculo de lo que obtuvo en coimas se haga difícil de calcular, por sus dimensiones: tiene que ser mucho dinero si la hija tenía dos autos que muy pocos en el mundo se dan el lujo de tener…

Sin embargo, hay dudas sobre la eficacia de los esquemas investigativos del Estado colombiano. En este caso, los investigadores se dejaron llevar por evidencias que estaban a la vista de todos. Pero, ¿se hubiera llegado al mismo resultado, en el caso de que la muchacha no hubiera publicado su derrocha y sus extravagancias?

Hay mucho espacio para la duda, y muchas razones para argumentar que, en la realidad, los investigadores se limitan a seguir pistas que les entregan, en este caso los delincuentes, pero no actúan por iniciativa propia ni reparan en detalles que, a simple vista, podrían revelar mucha parte de la corrupción que devora a este país desde hace años largos.

Parece que solo por excepción los corruptos viven con moderación; la mayor parte hace ostentación de su riqueza mal habida, o la derrocha, en cumplimiento del viejo aforismo según el cual ‘lo que no nos cuesta hagámoslo fiesta’.

Y, en ambos casos, a los investigadores les falta algo de la malicia que a los corruptos les sobra, para investigar, por ejemplo, a personas que antes de llegar al servicio público vivían muy modestamente, en barrios muy pobres, incluso, y hoy se regodean en la riqueza dentro de sus palacetes construidos en urbanizaciones a las que muy pocos, también ricos y poderosos, y corruptos, tienen acceso.

Esto se da en todas las regiones, incluida, desde luego, Cúcuta, una ciudad donde hay casos de policías que, con su sueldo, tienen excelentes casas, en zonas ricas, y autos para él y su esposa, o altos funcionarios con tanto dinero, que jamás podrían tener tiempo suficiente para explicar, sin dejar dudas, la manera como se enriquecieron con los salarios del Estado.
¿Qué, por lo general, los corruptos no tienen nada a su nombre y por ello se hace difícil establecer su realidad económica? Sí, es cierto, pero para eso están los investigadores, para asumir las averiguaciones de oficio ante cualquier sospecha, y buscar la verdad.