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El nuevo presidente

Sábado, 16 de Junio de 2018
Ninguno de los dos candidatos, Gustavo Petro e Iván Duque, es, como lo ha hecho ver la feroz propaganda negra de unos y otros.

Por fin, a las 4, después de una de las más agresivas campañas electorales, habrá nuevo presidente de Colombia.

Cualquiera de los dos que triunfe será el representante, por cuatro años, de la majestad del poder del Estado, por voluntad de unas mayorías que confirman que la democracia liberal aún está vigente en este país.

Ninguno de los dos candidatos, Gustavo Petro e Iván Duque, es, como lo ha hecho ver la feroz propaganda negra de unos y otros seguidores, ni un extremista, en el sentido estricto del término, ni un irresponsable capaz de llevar el país hacia el despeñadero por el que rodará solo.

Hay, sin embargo, aspectos que los diferencian de manera radical.

Petro pretende mantener los acuerdos con las Farc y reforzarlos, como medio para que la paz se consolide, mientras Duque aspira a modificar esos acuerdos, en busca de establecer penas contra los responsables de delitos de lesa humanidad.

Uno, Petro, gobernará con un Congreso que no le es afecto, lo cual dificultará la toma de decisiones; otro, con el congreso a favor, aspira a modificar la estructura del Estado, incluyendo la reducción de todas las cortes a solo una, con magistrados nombrados por él.

No es necesario recalcar sobre otras diferencias, ampliamente conocidas por los electores, que sin duda tienen tomada una decisión desde hace días.

Pero sí es oportuno insistir en la necesidad del respeto que se debe a las dos formas de pensar y, por lo mismo, al candidato que resulte elegido. Ese respeto, a la larga, no solo es para el nuevo presidente, sino para todos los colombianos, sin distingo alguno, como base fundamental del proceso de reconciliación que se hace urgente. No puede el país continuar en el estado de división radical en el que lleva largos meses, desde cuando se decidió que la paz fuera bandera política.

Por fortuna, en esta oportunidad los electores, incluso los que nunca habían podido acercarse a las urnas, pueden ejercer su derecho, y su deber, de votar. Y ello es consecuencia del acuerdo con las Farc que alcanzó el presidente Juan Manuel Santos, y en torno del cual, porque lo reafirman o porque lo rechazan, muchos ciudadanos votarán hoy. Parece un lugar común, pero no lo es, decir que la paz sigue en juego.

Hay situaciones de las que muchos electores quizás no sean conscientes. Una es la de poder votar libremente, por quien cada uno quiera. Esa es una realidad que se vive diferente en otros países, algunos muy cercanos. Otra, la de que la decisión se respete, práctica que no existe en otras partes.

Y aunque sea por defender estos aspectos básicos de la democracia, hay que votar. Vale la pena hacerlo, y ojalá sin manipulaciones de por medio.

Quien vaya a las urnas tendrá el derecho legítimo de rechazar las medidas del gobierno que crea inconvenientes, y de reclamar que se cumpla el programa de gobierno. Quien no vote, tendrá que conformarse con que los demás determinen por él y quizás lo contraríen.

Pero es esa la democracia que por fortuna todavía permite en Colombia días como el de hoy.