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En serio, ¿qué ocurre?

Martes, 7 de Marzo de 2017
Los Boyacos tenían nexos con las autoridades para poder montar sus laboratorios muy cerca de la frontera.

La Policía Antinarcóticos afirma que hace diez años comenzó a investigar las actividades delictivas de la banda Los Boyacos, una mafia narcotraficante a la cual los agentes del Estado “jamás pudieron golpear de manera contundente”.

De ellos sabían mucho más la Dea y la Policía española, que capturó a 24 de ellos en una operación. En Cúcuta, según una versión de prensa, “todo el mundo hablaba de ellos, pero nadie los había visto en persona; era muy raro”.

El hecho es que la organización era una especie de mito sobre la cual nada existe en los despachos judiciales de Cúcuta. Salvo un proceso contra un brazo de la pandilla hace algunos años, nunca se volvió a saber nada de acciones judiciales contra ella.

Solo por la acción de la policía española se vinieron a relacionar con la cocaína los nombres, hasta ayer desconocidos, de Julio ‘El Loco’ Peñaranda Torres y Ronald Alfredo ‘El Mono’ Roca, supuestos líderes de Los Boyacos en España.

Pero, ¿por qué tanto silencio en Cúcuta sobre estos nombres? ¿Y para qué tantos esfuerzos de la Policía Antinarcóticos frustrados en busca de la pandilla?

Solo falta que el Eln haya tenido razón cuando en entrevista con La Opinión sostuvo que Los Boyacos tenían nexos con las autoridades para poder montar sus laboratorios muy cerca de la frontera y así poder sacar con facilidad la cocaína hacia la frontera y luego embarcarla hacia España.

Desde luego, la Fiscalía o la Procuraduría deben estar investigando la versión del Eln, porque es grave y porque allí se podría encontrar alguna luz en torno del profundo silencio que envuelve algunas actividades criminales.

Cuando la investigación termine, y ojalá sea muy pronto, ya que la mayor parte de la información la tiene la Policía española, se podrá saber si es cierto o no que existe un vínculo estrecho entre algunas autoridades y algunas organizaciones delictivas, algo que es bastante frecuente escuchar en las calles de Cúcuta.

Algo debe estar ocurriendo, no hay duda. Si no, ¿cómo explicar que la banda capturada haya producido y exportado las dos toneladas de cocaína que la Policía les decomisó y que según los investigadores salió de una zona caliente entre Cúcuta y la frontera con Venezuela? Y que seguramente no es el primer envío.

Situaciones como esta son las que ayudan a alimentar la imagen que tienen en el resto del país sobre Cúcuta, como una ciudad en la que la corrupción está a pedir de boca de cualquiera que tenga contactos con la burocracia.

Y traen a la memoria las quejas desde distintos sectores sociales en relación con zonas de la ciudad a las que no se puede ingresar sin el consentimiento de los delincuentes que las dominan, y sobre las que las autoridades no ejercen el control necesario que la sociedad espera.

No sería la primera vez que una pandilla criminal se cubre bajo la manta de funcionarios corruptos. Pero, en este caso, los investigadores tienen que establecer qué autoridades permitieron que bajo su sombra se cubrieran Los Boyacos durante 10 años, un tiempo que es realmente una eternidad, sin que nada les ocurriera.

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