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Insistencia inútil

Sábado, 20 de Mayo de 2017
Los pimpineros son el penúltimo eslabón de una cadena que nadie se atreve a romper.

Los responsables del gran contrabando, de que miles y miles de galones de gasolina y miles de kilos de carne de Venezuela pasen cada día a Colombia por las trochas, e incluso por los puentes, no están donde dicen buscarlos las autoridades.

Esos honorables señores no están junto al río Táchira pasando como puedan los bidones con gasolina ilegal, ni en los cambuches a orillas de la carretera entre Puerto Santander y Cúcuta, mucho menos en las calles del Área Metropolitana.

Los grandes contrabandistas están en sus mansiones de Cúcuta o de Villa del Rosario, allí, donde saben que autoridad alguna los tocará. Ellos saben muy bien por qué. Pagar por seguir anónimos e impunes es parte de su negocio.

Los pimpineros son el penúltimo eslabón de una cadena que nadie se atreve a romper, porque quien lo intente tal vez haga parte de ella como último punto: el de los consumidores, sin los cuales el negocio muere de inanición.

Lo ocurrido en los últimos días en Puerto Santander seguirá sucediendo, si no se dan dos circunstancias simultáneas: ofrecerles a los habitantes mecanismos para generar sus ingresos en la legalidad y, de manera simultánea, romper la cadena de la única manera posible: inutilizando el eslabón clave, el principal, el de quienes financian la empresa delictiva, los reyes del contrabando, los pimpineros mayores.

¿Cuál es el beneficio que se obtiene de comenzar un proceso de extinción de dominio de un lote donde fueron halladas cuatro o cinco pimpinas con 20 galones de gasolina ilegal? De acuerdo, la ley así lo determina, y hay que cumplirla.

Pero, por cada pimpinero que se quede sin casa, otros tres o cuatro querrán arriesgarse y meterse al negocio.

Igual ocurre con los tenderos a quienes la autoridad les descubre con unos cuatro y cinco kilos de carne cuyo origen no pueden explicar, pero que, sin ninguna duda, son de contrabando.

Por cada moto decomisada a la red de contrabandistas, sus ladrones llegan, pistola en mano, a cualquier barrio, y se llevan dos o tres, y el negocio no se frena.

Los disturbios de Puerto Santander volverán a ocurrir, porque quienes salen a apedrear lo que haya son papás y mamás que se quedan sin el único medio para conseguir la comida de sus hijos, y lo defienden con uñas y dientes.

Además de que, se rumora, todos allí están obligados por los grandes capos, que los amenazan con dejarlos sin el sustento diario si no salen a lo que salen… si es que las amenazas no van más allá.

El Estado tiene todos los mecanismos necesarios para llegar hasta donde se tiene que llegar en las investigaciones. Las autoridades tienen que atreverse, sin que importe el poder que puedan tener estos delincuentes de alto nivel. ¿Para qué insistir inútilmente en buscar el ahogado río arriba?

Los pimpineros son piezas de recambio en el engranaje del delito organizado fronterizo. No es esta su defensa, pues de todas maneras delinquen. Pero sin duda su situación sería diferente sin los capos jefes y con un medio legal para subsistir ellos y sus familias. Los pimpineros cucuteños ya lo han demostrado…

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