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La desigualdad

Martes, 15 de Diciembre de 2015
Colombia está entre los doce países más desiguales del mundo, y en América Latina solamente la superan Haití y Honduras.

Es entendible que, por ahora, el gobierno centre sus esfuerzos en buscar que haya frutos de largos meses de diálogos en La Habana, pero, sin descanso, luego de logrados, deberá comenzar a reconstruir el tejido social y económico.

No ha sido consecuencia de la guerra, como tampoco la desigualdad ha sido el factor principal de la profunda violencia de tantos años. Pero, de todas maneras, la desigualdad ha estado siempre ahí, en la base de todos los problemas sociales que agobian a este país.

Porque, a pesar de que la Constitución se encarga da poner el énfasis en el aspecto de la igualdad, siempre tiene cabida y sentido el chascarrillo: en este país todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros.

Y es verdad. Colombia está entre los doce países más desiguales del mundo, y en América Latina solamente la superan Haití y Honduras. Los otros países más desiguales son todos africanos y uno de Oceanía.

Esta es la realidad, que se agrava en un aspecto serio y conocido, sobre el que no se quiere hacer conciencia alguna: la desigualdad afecta principalmente a las mujeres, en casi todos los aspectos de la vida diaria, pero, en especial, en todo lo que tiene que ver con los ingresos.

Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud), en el que se revelan con estadísticas los problemas del desarrollo humano y de la desigualdad, señala con énfasis que Colombia necesita con urgencia un cambio en su política social.

Para la ONU, Colombia ha avanzado en materia de desarrollo humano, pero “no a la velocidad que le tocaba, no ha progresado de forma correspondiente a sus capacidades y potencial”, debido principalmente a varias razones, entre las que se destacan dos: la guerra y la desigualdad. Tan grave es la brecha entre unos y otros.

La desigualdad social es, indudablemente, producto de la desigualdad en lo económico, verdadera tara de nuestro desarrollo, pues limita oportunidades solo a unos pocos, muy pocos, que lo tienen todo de sobra, mientras millones y millones nada tienen.

Si bien esta desigualdad económica no ha sido la principal razón para que la guerra haya estallado y se haya mantenido, sí, de mantenerse en la magnitud actual, puede poner en riesgo la sostenibilidad de cualquier acuerdo de superar la guerra y conquistar la paz.

Desde el Estado se ha intentado enfrentar el problema con la sana intención de mitigarlo, pero no de superarlo, con las políticas de subsidios (vivienda, salud, educación, etc.) y de promoción social de unas cuantas personas destacadas en lo académico. Pero el remedio tiene que ir más allá, mucho más allá.

Se trata es de redistribuir la riqueza, de cerrar la brecha entre los que tienen de sobra y los que nada tienen, no impedir que crezca ni de mantenerla como está, pues es lo mismo que nada.

La promoción social debe ser consecuencia de la promoción económica, es decir, de la mayor participación de la gente respecto de todos los bienes del país.

Por muy preparados que esté en lo académico, por este solo hecho ningún pobre supera, aunque sea de manera muy incipiente, su desigualdad económica, de la misma manera que ningún rico dejará de serlo si no va a la escuela.

En cuanto a desarrollo humano, tampoco Colombia sale bien librada. Está en el puesto 97 (subió un  lugar) entre 188 países, y en América Latina la superan casi todos, incluidos Venezuela (puesto 71 y Ecuador (88).

Para la ONU, son preocupantes las altas tasas de desempleo e informalidad laboral, porque hacen vulnerables los empleos, pues así “se limita el acceso a la seguridad social, a servicios financieros, a la recreación y otros servicios que tienen un impacto positivo sobre el desarrollo humano”.

Es entendible que, por ahora, el gobierno centre sus esfuerzos en buscar que haya frutos de largos meses de diálogos en La Habana, pero, sin descanso, luego de logrados, deberá comenzar a reconstruir el tejido social y económico.

Si no, quizás todo haya sido en vano.