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La revocatoria que no fue

Miércoles, 29 de Junio de 2022
Lástima esa plata en un país, un departamento y una ciudad con tantas necesidades insatisfechas.

Cuatro mil cuatrocientos millonCuatro mil cuatrocientos millones tirados por una alcantarilla. Así de sencillo. Ese fue el costo económico de la ridiculez a la que asistimos el domingo Día del Padre cuando estaba previsto el proceso de revocatoria del alcalde de Cúcuta, Jairo Yáñez.


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Y como si la naturaleza hubiera conspirado, la imagen más evidente del fracaso ocurrió en el puesto de votación del colegio Salesiano, donde algunos cubículos se habían caído al piso.

La participación fue raquítica o escuálida desde donde se le haga el análisis. Ni siquiera alcanzó el 10% de los 130.565 votantes que como mínimo debieron haber acudido a las urnas el 26 de junio para activar el mecanismo ciudadano. Y los 6.759 que votaron por revocar al alcalde, ni siquiera llegaron a ser el 10% de los 69.333 firmantes aceptados por la Registraduría para avalar la realización de la misma.

Y si lo miramos con la óptica del censo electoral la desolación resultó peor, porque al ser 616.331 las personas aptas para votar, el número que acudió (11.555)  apenas significó el 1,87 %. 


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Lástima esa plata en un país, un departamento y una ciudad con tantas necesidades insatisfechas, porque la gente hace cuentas, se indigna y ante el fracaso, pone en duda dicho esquema y reclama, con razón, por estas malas inversiones, como si es que no sobraran problemas angustiantes para solucionar, como el hambre y la desnutrición, que pudiera haber recibido un gran alivio con un plan de emergencia financiado con ese dinero.

¿Y por qué los promotores de la revocatoria no hicieron un real acto patriótico con la ciudad y previendo que esto no prosperaría y que el ambiente advertía que la soledad sería la mayor votante, por qué no desistieron?

Eso no era caer derrotados ni mucho menos, pero sí  era una manera de hacerle un mal menor a la ciudad y a estos mecanismos democráticos y hasta habrían podido ‘jugársela’ ante el Ministerio de Hacienda para que plata que se gastó en la revocatoria hubiera ido a un plan social para los miles de cucuteños desamparados.

Si ellos notaron que ocurrieron cuatro aplazamientos y que el procedimiento comenzó a desdibujarse, a perder fuerza y apoyos, ¿para qué insistieron y no actuaron a tiempo admitiendo que era mejor no embarcar a la ciudad en este gigantesco oso democrático? Incluso, recordemos que como consecuencia de los traspiés sufridos en el trámite, la figura perdió uno de sus atractivos centrales, como el de una revocatoria real que sacara a Yáñez  del poder y permitiera ir de nuevo a las urnas a elegir a quien culminara el restante periodo de mandato.


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Pareciera que pesó más la obstinación y el revanchismo al querer probar cierto ‘poderío’ o ‘nuevo liderazgo’ en la capital nortesantandereana, que  en últimas también perdió efervescencia, porque si ganaba la revocatoria, lo que hubiera pasado es que el partido Alianza Verde mantendría su cuota de poder en la  Alcaldía de Cúcuta.

Lo complicado de la consulta, es que finalmente no son los ciudadanos sino la mayoría de las veces los grupos políticos derrotados en las elecciones quienes cabalgan en ella con el claro propósito de buscar la revancha capitalizando las debilidades y errores del gobernante de turno, para sacarlo y ellos retomar las riendas de la administración local.

En una democracia, los pueblos tienen la posibilidad de premiar o castigar a sus gobernantes  de turno, cuando en las elecciones para elegir a sus sucesores los continúan apoyando o les dan la espalda por su mala gestión y optan por otra opción. Lo que pasó en Cúcuta deja la sensación que los revocados fueron otros: sus promotores.

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