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Moderación, señores...

Sábado, 3 de Marzo de 2018
En los hechos ocurridos en Cúcuta y Popayán quedó en evidencia el espíritu y ánimo de pugnacidad y odio casi irracional.

Dolorosamente lamentables las manifestaciones de violencia y odio registradas el pasado viernes en Cúcuta y Popayán durante los actos proselitistas que encabezaron en estas ciudades el exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro, y el expresidente Álvaro Uribe Vélez. 

Fueron hechos de violencia e intolerancia que merecen la condena y el repudio de todo el país, y con más razón de los partidos y las fuerzas políticas sin excepción. 

Esas burdas muestras del fanatismo más primitivo no se pueden aceptar ni mucho menos tolerar o promover. 

Las expresiones de rabia y odio que se pudieron apreciar a través de las imágenes difundidas por la televisión y las redes sociales resultan tremendamente preocupantes, y deben encender las alarmas sobre  la situación de peligro y riesgo en la que nos encontramos.

Naturalmente, este es el resultado patético de los últimos años de confrontación y polarización a los que nos han llevado en forma irresponsable los sectores más radicales y extremistas tanto de la derecha como de la izquierda. 

Cuando se creía que por primera vez en más de medio siglo tendríamos unas elecciones generales tranquilas y sin las perturbaciones de la guerra desatada por las Farc, lo que estamos viendo hoy es un escenario mucho más inquietante de miedo aterrador y de peligro extremo.

En los ataques y agresiones al candidato presidencial de la Farc, Rodrigo Londoño, hubo activa participación de los sectores políticos de la derecha que jamás estuvieron de acuerdo con las negociaciones de La Habana. 

Y en los hechos ocurridos el viernes en Cúcuta y Popayán quedó en evidencia el espíritu y ánimo de pugnacidad y odio casi irracional entre los enemigos y los simpatizantes del expresidente Uribe Vélez. 

En el caso de Cúcuta se hizo evidente el mal manejo que las autoridades municipales y de policía le dieron a esta situación. Con suficientes medidas de vigilancia, prudente control y prevención se pudo haber evitado la batalla campal entre uribistas y petristas en el parque Santander y en el centro de la ciudad. 

Tampoco tuvieron que presentarse atropellos por parte de algunos policías contra los periodistas. 

En Colombia, las manifestaciones políticas y las marchas de protesta de los diferentes sectores de la comunidad siempre han sido en las plazas y vías públicas, luego nadie entiende cómo y porqué las autoridades municipales negaron el permiso a la manifestación de Petro, pero permitieron luego la infiltración de grupos de personas no afectas al exalcalde capitalino.  

Hay que llamar la atención a los dirigentes de todos los partidos y grupos políticos para que moderen su lenguaje y vocabulario, y los despojen de rabias y rencores. 

A los adversarios y contradictores hay que tratar con respeto, sin agravios ni insultos. Nuestras autoridades e instituciones también merecen respeto y sus decisiones y providencias tenemos que acatar, así no estemos de acuerdo. 

No podemos regresar a las épocas de violencia y odio que creíamos superadas en el país. Los días que faltan para las elecciones de Congreso y Presidencia de la República – el próximo domingo y el 27 de mayo – debemos dedicarlos para exponer y explicar en forma serena y calmada, sin gritos ni insultos, los pro y contra de los programas y propuestas de nuestros candidatos y partidos. 

Si los guerrilleros se decidieron a cambiar las balas por los votos, no tiene sentido tratar de impedírselo ahora con ataques y agresiones virulentas que nada aportan al proceso de consolidación de la paz que con tantos esfuerzos hemos logrado alcanzar.