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No cesa la horrible noche

Sábado, 27 de Noviembre de 2021
Lastimosamente en Norte de Santander, estos días de celebración del primer lustro de los acuerdos de paz de las Farc, son dolorosos y tristes. La paz y la reconciliación no llegan.

Colombia ha padecido durante más de cincuenta años sucesivos el suplicio de una violencia extrema. La mitad del siglo XX y el lapso transcurrido del XXI ha estado en buena parte copado por un conflicto armado interno, surtido en principio de guerrillas, y seguido de bandas criminales con la denominación de paramilitares, sicarios del narcotráfico y hasta unidades extraviadas de la Fuerza Pública del Estado.

El escalamiento de todos esos insurgentes ha dejado centenares de muertos, desplazados, desaparecidos, arruinados, inválidos, huérfanos, viudas, además de otras víctimas con desgarradoras postraciones. Es el saldo de una guerra atroz que ha llevado a Colombia a niveles de sórdida degradación.

No siempre han culminado con éxito las negociaciones con los grupos armados en el empeño de desmovilizarlos y reintegrar a sus actores a la vida normal, lejos de atrocidades. Con el M-19 ese empeño dio positivos frutos. El entonces presidente Virgilio Barco llevó el proceso hasta su consolidación, para lo cual fue decisiva la voluntad pacifista de quienes le apostaban al poder desde los frentes armados. Otros insurgentes también abandonaron las armas y  volvieron a la civilidad. Pero quedaron fuerzas beligerantes en una guerra de absurdo exterminio.

Hace cinco años, en el gobierno presidido por Juan Manuel Santos, se puso en marcha un nuevo proceso de paz y el resultado fue, sin duda, histórico. Mediante acuerdo alcanzado con una negociación entre contrarios, pero unos y otros animados por el objetivo común de abolir la confrontación como instrumento para acceder o conservar el poder, se construyó una salida de convivencia y con la decisión de no repetición de esos episodios atroces de ultraje a la existencia humana. Fue una decisión pensada con la lucidez de poner la vida por encima de la miseria del exterminio y reconocer así todas las positivas posibilidades que están dadas en esta travesía terrenal.S

La tarea está a mitad de camino. Está pendiente completar la implementación, a fin de demostrar que la paz no es solamente la dejación de las armas sino también el soporte de correctivos a profundidad. La paz para que la tierra no sea monopolio de unos pocos sino un bien para surtir de satisfacción a toda la comunidad. La tierra sin latifundistas codiciosos, y destinada a producir bienestar mediante su utilización correcta y con equidad.

La paz es también para garantizar educación con calidad y cobertura generalizada, o proteger la salud de todos y, en general, solucionar los problemas que han venido afectando la existencia cotidiana de los colombianos. Paz con respeto a los contrarios, con defensa del medio ambiente, con libertad para expresarse. La democracia debe ser la clave del gobierno y de la economía para no repetir los sufrimientos que tantas frustraciones han dejado.

En este quinto aniversario del acuerdo con las Farc hay que ratificar la decisión de hacer de Colombia el Estado Social de Derecho de que se ha hablado tanto, contrario a los intereses mezquinos de quienes prefieren el linchamiento de la vida en una guerra perversa.

Lastimosamente en Norte de Santander, donde se han vivido y sufrido los rigores y horrores de la guerra, estos días de celebración del primer lustro de los acuerdos de paz de las Farc, son  dolorosos y tristes. La paz y la reconciliación no llegan. Los grupos armados ilegales no cesan sus ataques violentos contra la fuerza pública y la población civil y en las últimas horas han reactivado la criminal actividad del secuestro en la convulsionada región del Catatumbo.

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