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No son los venezolanos

Sábado, 2 de Marzo de 2019
El extremadamente alto desempleo -y su correspondiente informalidad- es un fenómeno cuya historia se pierde en la bruma de los tiempos.

Atribuir las altísimas tasas de desempleo y de informalidad de Cúcuta a la masiva inmigración venezolana no puede ser más impreciso, aunque la afirmación la haga Luis Fernando Mejía, director ejecutivo de algo tan respetable y respetado como la Fundación para la Educación Superior y el Desarrollo (Fedesarrollo).

El extremadamente alto desempleo —y su correspondiente informalidad— es un fenómeno cuya historia se pierde en la bruma de los tiempos, y obedece a la falta de interés del Gobierno central por apoyar a esta ciudad de la que todos se aprovechan, menos los cucuteños.

Para no remontarnos tan lejos, en 2012, el desempleo en Cúcuta fue de 15,7 por ciento, apenas un punto porcentual por debajo del registro para el más reciente trimestre, que es de 16,9 por ciento, y en ese tiempo ni siquiera se insinuaba este fenómeno de la llegada masiva de inmigrantes, que comenzó hace tres años y medio.

Desde luego, son dos puntos de vista muy distantes el de Fedesarrollo y el de los cucuteños. Allá está el rigor científico, el estudio sesudo, la caja de herramientas técnicas de medición, el conocimiento teórico. Acá, la observación día a día, quizás un poco de intuición, pero de todos modos, el sentir que no son los venezolanos, los causantes de algunos de nuestros peores malos.

Tal vez decir bogotanos sea más cercano a la realidad, porque es el Gobierno central el que, desde Bogotá, ha mirado con desdén; con incuria, si se quiere, y hasta con aprehensión, a Cúcuta y Norte de Santander y, en general, a las fronteras.

Y no se trata de que estemos con la escudilla puesta para recibir lo que sobra en otras mesas, ni de que estemos esperando que el papá Estado nos dé lo que por derecho nos corresponde. Suficientes demostraciones hemos hecho, a lo largo del tiempo, de nuestra capacidad para darle al país más de lo que estamos obligados a darle. Le dimos la cuna, y eso para todos los nortesantandereanos es un orgullo.

Simplemente, creemos que con un poco del interés que por estos días se le está brindando a nuestros hermanos y hermanos venezolanos, alguien podría, en la cúspide del poder político, aunque fuera por curiosidad, detenerse un instante y ver con calma lo que Cúcuta plantea para salir del atolladero en que se encuentra. Se podría dar cuenta de que es tan simple, tan aterrizado, tan elemental…

Necesitamos —lo dijimos hace pocos días y lo repetiremos sin descanso y por el tiempo que sea necesario— “planes para recuperar la economía regional, y ahora que se avizora la posibilidad de un cambio en Venezuela sería ideal emprender una campaña de industrialización de la región, con la mente puesta en producir muchas de las cosas que nuestros hermanos vecinos van a necesitar mientras recuperan su aparato productivo, alimenticio…”

“En esto podría ayudar el gobierno central, incentivando de alguna forma la instalación de industrias que ayuden a recuperar para esta zona, ese mercado natural nuestro al que siempre hemos debido servir, de manera diferente al mero comercio minorista que tuvo tanto auge en buena parte de la segunda mitad del siglo pasado cuando la moneda venezolana era fuerte, y los compradores se volcaban hacia nuestras tiendas”.

En verdad, ¿es tan difícil de entender esto? Queremos saberlo, porque, hasta ahora, estamos convencidos de que nos sobra tanta claridad como al gobierno le hace falta voluntad política para comprender.

Ojalá Fedesarrollo nos diera una mano con el poder central…