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Por si acaso

Jueves, 25 de Mayo de 2017
El agua va a ser un problema serio. ¿Cómo dársela a un millón de personas, si en Cúcuta hay barrios a los que el agua no llega?

Podría ser tanta gente como la que hay en el Área Metropolitana. Un millón de personas se dice fácil, pero hay que sacrificar muchos recursos, que no se tienen, para atenderlas como debe ser, sin demeritar su dignidad de seres humanos… pero, sobre todo, sin perjudicar a los habitantes de la zona.

Tiene que ver lo anterior con algunos cálculos extremos del gobierno en torno de los venezolanos que pudieran venir en busca de refugio, en caso de que en su país las acciones violentas se radicalicen y salir del país por un tiempo se haga inevitable.

Por fortuna, en Cúcuta hay experiencia —bastante alejada de lo que podría ser lo próximo—, adquirida a raíz del cierre de la frontera, con la llegada de 30 mil colombianos deportados y repatriados voluntarios.

Esa fue una experiencia que dejó enseñanzas, pero también desagrado entre los cucuteños, especialmente cuando los últimos habitantes de los albergues no se allanaban a la idea de irse a sus lugares de origen, y optaron por vivir en las calles.

Pero esto no significa que haya dudas del desprendimiento de nuestra gente cuando se trata de darle la mano a quien la necesita. Solo que es bueno que haya algunas claridades desde ahora, por si las cosas se agravan en el vecino país.

Conociendo nuestra idiosincrasia, ¿cuántas de las personas que ya están en Cúcuta como desplazadas de otros lugares y en condiciones de pobreza se irían a esos albergues para asegurar la comida y quizás un subsidio, declarándose que huyen de la situación venezolana?

El agua va a ser un problema serio. ¿Cómo dársela a un millón de personas, si en Cúcuta hay barrios a los que el agua no llega? ¿De dónde la sacará el gobierno para dotar a los campamentos de refugiados? Y ¿qué hará con el alcantarillado que deben tener esos campamentos, a dónde irá y por dónde?

La experiencia de otros países indica que uno de los puntos sensibles en los casos de grandes refugios es el de la salud. En 2015, en un campo de un millón de refugiados ruandeses en Tanzania ocurrió una hecatombe sanitaria por razón del cólera. Hubo días en que, según el doctor Georges Dallemagne, de la organización Médicos sin Fronteras “el cólera mató a un refugiado por minuto”.

“La enfermedad se extendía sin dificultad gracias a la falta de agua potable y a las pésimas condiciones higiénicas de los campos de refugiados”, dijo una crónica periodística sobre el caso. “Los centros de socorro están desbordados por cientos de enfermos y numerosos cadáveres podían observarse en las calles de Goma, donde en muchos lugares era necesario usar pañuelo para bloquear el hedor”.

El problema es que la enfermedad dejó los campamentos y salió a buscar las ciudades…

Ojalá haya garantías de que algo así no ocurrirá, porque habrá el mayor de los cuidados y porque todo está dispuesto para enfrentar esas eventualidades que se derivan de la llegada masiva de refugiados…

Es obvio que si los venezolanos buscan amparo, habrá que debilitar el rigor de los trámites de inmigración: todos vendrán con el afán de salvar su vida. Pero, ¿alguien imagina cómo sería Cúcuta con unos 50.000 autos, por decir lo menos, a lo largo de sus calles o camino a los refugios? La pregunta lógica es si a un millón de venezolanos se les permitirá inmigrar con sus autos…

Por lo demás, Colombia pagará millonadas por todo lo que necesiten los refugiados. Luego podrá cobrarle a Venezuela… si es que paga.