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Prácticas culturales

Viernes, 3 de Febrero de 2017
Está pasando en Colombia con los espectáculos, públicos y privados, en los que hay animales como elementos imprescindibles. 

Bajo la carpa de la herencia cultural caben muchas cosas, tantas, que casi nunca se conocen a cabalidad todas. Esa es la razón por la cual muchas prácticas culturales desaparecen sin dejar rastro. Otras trascienden los tiempos… hasta que alguien las cuestiona y glosa, y hasta las proscribe.

Está pasando en Colombia con los espectáculos, públicos y privados, en los que hay animales como elementos imprescindibles. Los toros, los gallos, los perros y hasta las aves de corral son usados en Colombia como elementos recreativos, sin reparar en aspectos criticados duramente como el maltrato, que puede llegar a la muerte, de los animales.

Sin duda, son prácticas culturales, heredadas de España casi todas, que, a su vez, las recibió de Roma, a donde llegaron desde África y Asia; y otras que, por fortuna, desaparecieron para siempre, como la esclavitud.

Una cultura tan compleja como la colombiana, alimentada por costumbres de Europa y África, y también de los pueblos precolombinos aborígenes, no puede ser extraña a las expresiones violentas en las que están involucrados los animales y, obvio, los seres humanos.

Hoy, cuando se cuestionan los toros y los espectáculos circenses, porque, se argumenta con razón, causan daño a la integridad de los animales, salta a la vista cierta incongruencia entre críticos y entre defensores de unos y otros.

Además de la violencia de los llamados animalistas, expresada mediante la agresión física hacia los aficionados a las corridas de toros, se esgrime la cultura como arma de defensa. Se protesta contra la violencia hacia los animales con la violencia hacia las personas, y se echa mano de la cultura para argumentar que en su nombre se debe preservar el espectáculo.

Nadie discute que las corridas de toros, el coleo, las corralejas, las peleas de gallos y de perros, las competencias para descabezar gallos y otras prácticas sean, de uno u otro modo, parte de nuestra particular forma de ser latinos y americanos.

A los defensores del patrimonio cultural hay que decirles que la esclavitud y el gamonalismo también fueron durante muchos años prácticas muy arraigadas en Colombia, y sin embargo, aunque de la segundo algo queda, sobre ellas pasó el carro de la historia y las destruyó, y la cultura colombiana se mantuvo…

Y a quienes se rasgan las vestiduras porque se argumenta la cultura como defensa de la violencia de estas prácticas, es oportuno señalarles que en Colombia hay pueblos aborígenes que practican la ablación, por ejemplo, y ninguno de estos antitaurinos ha levantado un dedo para plantear la manera de erradicarla.

¿Mala una práctica y buena la otra? ¿A cuál permitirle sobrevivir, y a cuál no, y por qué?

Es la incoherencia, que también hace parte de nuestro bagaje cultural, de esa manera tan especial de ser que nos caracteriza y diferencia de todos los demás pueblos de la Tierra, esa idiosincrasia que lleva a otros a reconocernos y aceptarnos en la diferencia.

Ya la Corte Constitucional dijo que los toros si constituyen maltrato animal; ojalá sea suficiente para calmar los ánimos, a ver si así disponemos de tiempo para pensar en cómo erradicar la incoherencia de nuestras prácticas culturales.

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