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¡Qué vergüenza!

Viernes, 4 de Diciembre de 2015
No puede ser posible que 19 ciudadanos a los que los electores confiaron el destino de la ciudad no hayan hecho nada.

Es una auténtica vergüenza, así, sin atenuantes. El Concejo de Cúcuta, al menos el que acaba de terminar después de cuatro años de molicie financiada, es para dejar olvidado en las páginas más oscuras de la historia de la ciudad.

No puede ser posible que 19 ciudadanos a los que los electores confiaron el destino de la ciudad no hayan hecho absolutamente nada diferente de reunirse para justificar el pago de 294 millones anuales, en promedio, por honorarios.

De esos 19 personajes, solo a dos se les ocurrió pensar que los ciudadanos los habían elegido para algo más, y presentaron tres proyectos de acuerdo: Jorge Armando Quintero, dos (para institucionalizar el Día del No Tabaco, todos los 31 de mayo, y el Día de Acción de Gracias, todos los 7 de diciembre), y Oliverio Castellanos, para institucionalizar los Tutores de la Movilidad.

Nada más. En cuatro años, solo para esto les dio la iniciativa a 19 personas que tenían como responsabilidad velar por los intereses de Cúcuta. Es increíble…

¿Cómo se supone que podían pensar en idear proyectos de utilidad para la ciudad, si en las sesiones estaban todos ocupados chateando a través de las redes sociales o hablando por teléfono, cuando no, llegando a firmar la asistencia para luego irse a ocupaciones diferentes?

El del Concejo es un pésimo ejemplo para la democracia, puesto que toda su capacidad de proponer la desecharon sus miembros, para permitir al Ejecutivo ser el motor de la coadministración, es decir, mientras la corporación perdía poder, el alcalde lo ganaba, y ese no es la forma más idónea de democracia.

Los 5.6 mil y más millones de pesos destinados a pagarles a los concejales por ir a nada durante cada año, cómo hubieran ayudado a, por ejemplo, asignar a todas las escuelas los vigilantes y aseadores y secretarias que les faltan. O para salirles al paso a los problemas de las IPS municipales, o para reparchar calles. O, ante la sequía que parece estar terminando, darles agua a los campesinos de todos los corregimientos.

O, incluso, y aunque a la mayoría de concejales les disgustara, para darles a todos los escolares la alimentación que ordena el Estado, y desde febrero, y no desde abril, como ocurrió este año.

Torpedear a como diera lugar las iniciativas del alcalde llevó a que, este año, por ejemplo, de 50 proyectos, los concejales solamente aprobaran 10, con el argumento baladí de que estaban mal sustentados. En la calle, la gente considera que la razón para tal actitud tuvo que ver con el hecho de sentirse excluidos de algunos supuestos beneficios. En otros, seguramente no les faltó la razón.

Con la misma actitud, en los proyectos de la Alcaldía percibían supuestas gabelas que, impidieron, hace pocas semanas, que el tan necesario estatuto del espacio público quedara en nada. Solo en sospechas de corrupción.

Unos depósitos subterráneos de basura, motivo principal de la oposición del Concejo casi en pleno, ya están en servicio, y el estatuto sigue enterrado. No hay duda de que a los concejales algo les faltó, para     que aprobaran el proyecto, pero, ¿qué?

También se sugirió corrupción en las propuestas para actualizar la red semafórica y el alumbrado público, y por eso no los aprobaron.

Pero no se preocuparon por formular sus propios proyectos, es decir, por decir, entonces, qué hacer. Se limitaron a objetar y a enterrar. Y por eso, cada año hubo que pagarle millones y millones a cada concejal.

Lo que no se entiende es cómo cuatro de ellos lograron ser reelegidos para otros cuatro años, para otro período constitucional en el que podrán, si quieren, actuar de la misma manera: aprobar algunas cosas, sospechar de todas las demás, no proponer nada y dejar pasar el tiempo mientras les llega el cheque mensual. Una vergüenza total.