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¿Quién ronda a la seguridad?

Es lógica la complejidad del problema delincuencial en una ciudad fronteriza como la nuestra con múltiples problemas sociales sin resolver.

Qué contradicciones trae la vida. Un día estamos destacando que Cúcuta  posee condiciones innatas para convertirse en el mediano plazo en una metrópolis con gran proyección en los planos de competitividad, empresarial y comercial, y tiempo después la inseguridad nos saca de ese confortable momento.

Algo muy grave está pasando en la capital de Norte de Santander para que en cuestión de 24 horas los sicarios motorizados entreguen su mensaje de muerte asesinando a dos personas, en hechos aislados.

De por sí la ocurrencia de estos dos crímenes a plena luz del día, a la vista de todos y en lugares concurridos, lo único que ha ayudado es a elevar tanto la percepción como la sensación real de inseguridad ciudadana y de percibir un ambiente en el que pareciera que el crimen estuviera ganando la partida.

Aunque las autoridades insistan en que las cifras de homicidios han disminuido –que puede ser cierto- y que hay avances importantes en las investigaciones y en el esclarecimiento del 59 por ciento de los hechos de sangre, este año, el cucuteño no se siente seguro en ninguna parte. Esa  es una verdad que se debe admitir.

Tal vez al entender que la ciudad necesitaba que alguien desde la institucionalidad saliera a exponer y brindar algunas medidas y garantías para enfrentar la inseguridad, es interesante que el gobernador Silvano Serrano haya liderado una mesa de seguridad  para buscar articular un plan de recuperación de la seguridad en el área metropolitana de Cúcuta.

La ciudadanía está reclamando mayor operatividad, y en ese aspecto se consideró la idea de un plan de vigilancia en el centro por parte de la Policía y el Ejército. Pero lógico, para que lo expuesto en el encuentro extraordinario no vaya a considerarse un choque de trenes entre la Gobernación y la Alcaldía, la Procuraduría y Defensoría, entidades que tienen un papel encomendado.

Ambos organismos deben plantearle al alcalde Jairo Yáñez que convoque a un consejo extraordinario para definir el plan para intentar devolver la tranquilidad a los habitantes de la futura metrópolis.

Aquí vale la pena exponer que no deben existir, ni mucho menos, celos o consideraciones de que alguien está tratando de asumir asuntos que no les corresponden, puesto que ante precisamente una de las mediciones para llegar a ser ciudades incluyentes, la inseguridad, desde sus tópicos meramente delincuenciales hasta los factores socio-económicos que la ocasionan, deben ser objeto de un bien estructurado plan para derrotarla.

El temor está en la boca de todos. Cuando ocurren fleteos, asaltos, robos de celulares, atracos y asesinatos el termómetro del miedo se activa y persisten consideraciones sobre una muy baja presencia policial en las calles, por ejemplo.

Es lógica la complejidad del problema delincuencial en una ciudad fronteriza como la nuestra con múltiples problemas sociales sin resolver, con alta incidencia del microtráfico y actores ligados a bandas criminales, el narcotráfico, la guerrilla y organizaciones delincuenciales internacionales.

El ciudadano que va en su carro, en la buseta o a pie, lo único que quiere de sus gobernantes es que en la medida que exigen también respondan y emprendan las acciones necesarias para que Cúcuta y sus municipios metropolitanos tengan la posibilidad de dejar atrás esos fantasmas que los han mantenido sometidos a la inseguridad en todos sus matices, elemento que es urgente desmontar si queremos llegar a ser una metrópolis binacional. Esa es una misión en la que no cabe el adjetivo de imposible.

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Sábado, 3 de Diciembre de 2022

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