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Ser ciudadanos

Jueves, 5 de Marzo de 2020
Hacer cosas sencillas como no botar un papel a la calle, o más complicadas como cumplirle a la ciudad con los impuestos.

Interesante resulta ver como algunos jóvenes -de quienes siempre se ha escuchado que son el futuro de la humanidad- empiezan a dar malos ejemplos a su generación, hecho que nos lleva a creer que es para hoy y no para mañana, la urgente educación para construir ciudadanos. 

Vimos lo sucedido cerca de la ciclorruta que va a lo largo de la avenida Gran Colombia, donde una oportuna fotografía captó a dos ciclistas pedaleando pero por fuera del sendero especialmente asignado para quienes vayan en bicicleta.

Sin caer en extremismos, tenemos que preguntarnos: ¿qué hubiera pasado si por desgracia un carro toca o arrolla a alguno de ellos? Este interrogante permite inferir, más allá de la búsqueda de culpables, que la formación de un nuevo ciudadano cucuteño es un asunto que no  da espera.

Y es urgente actuar para lograrlo porque parece que toda esa carga de situaciones descontroladas e inadecuadas que ocurren día a día en las calles, ha llevado a construir un tergiversado manual de comportamientos que dista mucho de ser la hoja de ruta adecuada para quienes residen en estas tierras fronterizas.

Ya que hablamos de frontera, en esta urgente e inaplazable misión, debemos dejar de lado la excusa que se escucha de que como por aquí van y vienen los extranjeros, resulta difícil definir unas características adecuadas para el cucuteño de este naciente siglo.

Volviendo a la imagen de los muchachos ciclistas desaprovechando lo que la municipalidad les construyó para su disfrute, es urgente que se determine dentro de los pilares de la modernización urbanística de la capital de Norte de Santander, que se cuenten con más kilómetros de ciclovías y políticas públicas que impulsen y generen el uso de la bicicleta.

Ser ciudadanos a quienes nos duela y conmueva lo que sucede en el entorno de ciudad más allá de la puerta de nuestra casa, es la base central de lo que debe hacerse para meter en las venas aquello que se llama ‘sentido de pertenencia’, que es lo que por aquí ni abunda ni se encuentra a la vuelta de la esquina.

Hacer cosas sencillas como no botar un papel a la calle, o más complicadas como cumplirle a la ciudad con los impuestos, o dar muestras de civismo organizándose con los vecinos para cuidar y conservar el mobiliario urbano, son asuntos que deberían ser innatos al ser ciudadano.

En el momento que eso comience a suceder en Cúcuta empezaremos a ver que ya se respetarán los semáforos, que no llegaremos a intentar colarnos en una fila o a pagar por un turno; entonces habremos llegado a entender que el desorden y el imperio del que hace las cosas como le plazcan, no son la maneras adecuadas para una mejor convivencia.

Lo lógico en este tipo de acciones, es emprender una acción pedagógica que cubra desde los niños hasta los adultos para que logremos consolidar un cucuteño absolutamente distinto a aquel que en el resto de Colombia enmarcan dentro de la lapidaria frase: ‘si quiere hacer lo que le venga en gana váyase para Cúcuta’.

Esa labor filosófica, sicológica y sociológica tiene que desembocar en un habitante con sindéresis en quien se note que tiene concordancia al hablar con lo que piensa y hace, es decir, que ama su ciudad, prueba que  ese sentimiento es real y que la cuida como al más preciado tesoro.