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Terrorismo

Martes, 18 de Febrero de 2020
Lo ocurrido últimamente en el departamento dimensiona la capacidad del Eln y el Epl en su andamiaje terrorista para causar daño.

Doloroso lo dicho por un habitante del Catatumbo a quien miembros del Epl le quemaron su cargamento de panela que llevaba en la camioneta de un familiar suyo que también fue incendiado durante el paro armado. “El sobrino con el carro quemado y yo con 150 cajas de panela quemada… me da rabia porque el trabajo del campesino no vale nada”, se le escucha decir, en estado de alteración.

Testimonios como este confirman los demoledores impactos del terrorismo sobre el  ciudadano de a pie que siente en carne propia los efectos del conflicto, que en esta fase de paro armado dejó millonarias pérdidas a los agricultores, a los transportadores y el comercio, mientras que paralizó la educación.

En Norte de Santander tienen toda la razón  los gremios, fundaciones, asociaciones, universidades, entre otros, que clamaron y levantaron la voz para que el Gobierno Nacional, las autoridades locales y departamentales y los grupos armados organizados “escuchen el clamor de una sociedad que no quiere volver a llorar sus muertos por causa de la guerra”.

Lo ocurrido últimamente en el departamento dimensiona la capacidad del Eln y el Epl en su andamiaje terrorista para causar daño, para tratar de arrinconar a la comunidad y para intentar acorralar al Estado, en un proceso propagandístico mediante el cual buscan hacer ver que tienen una presunta presencia en cada rincón urbano y rural de la región.

Eso se confirma desde las mismas esferas del Ejecutivo nacional con lo expuesto por  el alto comisionado para la Paz, Miguel Ceballos, que consideró que la acción del Ejército de Liberación Nacional “no fue nacional, no fue un paro porque realmente de lo que se trató fue de una acción  de terror, de atemorizar a los ciudadanos a través de estas amenazas”.

Lamentablemente, en toda esa jornada de intimidación, quedó en evidencia la mala utilización de las redes sociales en Cúcuta y Norte de Santander, en las que se difundieron y compartieron cadenas con mensajes  de falsas bombas, sobre la presencia de presuntos guerrilleros en cercanía  de  urbanizaciones y de  retenes  ilegales inexistentes, lo que finalmente ayudó a empeorar la crispación. En esto, los ciudadanos debemos aprender a ser más cuidadosos y asumir mayores niveles de responsabilidad.

Terrorismo es sinónimo de violencia desbocada, desplazamiento, despojo, desapariciones forzadas, asesinatos selectivos  y secuestros, escenario que ya en las entrañas nortesantandereanas dejó un sangriento resultado. Por eso aquí fue una de las regiones donde más se llegó a  creer que el proceso de paz con las desmovilizadas Farc llevaría a aclimatar esa tormenta violenta que ha barrido la región.

¿Qué hacer? 

“La guerra en tiempos de paz demuestra su frágil fortuna y exige de la sociedad un esfuerzo consciente y real por reducir las brechas culturales, económicas e ideológicas entre sus miembros”, este es el camino que quiere abrir la sociedad civil que decidió reclamar y rechazar la violencia que campea aquí.

“Para personas civilizadas, el único mecanismo para alcanzar la paz es un encuentro de voluntades. La amenaza, el chantaje y la intimidación de parte y parte, nunca va a traer buenos efectos”, es la propuesta del arzobispo de Tunja con funciones de administrador apostólico de la Diócesis de Ocaña, monseñor Gabriel Ángel Villa Vahos.