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Una actitud plausible

El acto de Villegas es histórico y recuerda que durante muchos años los militares se negaron a aceptar que soldados que violaban la ley penal.

Es un hecho histórico por donde se le mire, y no debió ser fácil, en especial porque no es fácil pedir perdón, y con mayor razón si quien lo pide no es responsable de los sangrientos hechos que lo motivaron.

El caso es el del general Diego Luis Villegas Muñoz, comandante de la Fuerza de Tarea Vulcano, desplegada desde hace meses en el Catatumbo, responsable del asesinato del exguerrillero de las antiguas Farc, Dimar Torres, ejecutado a balazos en Convención por un suboficial del Ejército.

Durante visita de la Comisión de Paz del Senado, Villegas tomó el micrófono, recordó que dos años atrás el Ejército y varios de los congresistas allí presentes se estaban matando en la guerra, ahora todo era diferente gracias al proceso de paz, y sin rodeos se refirió al asesinato.

“No mataron a un exguerrillero, mataron a un miembro de la comunidad, lo mataron miembros de las Fuerzas Armadas y por lo tanto el comandante debe poner la cara y aquí estamos. Lo lamento en el alma”, dijo el general ante una sorprendida concurrencia de congresistas y campesinos.

Sorprendida, porque nunca antes había ocurrido un hecho similar de un alto oficial pidiendo perdón a los ciudadanos por un crimen cometido por soldados que, abusando de su condición de agentes del Estado, asesinan, convencidos de que, de nuevo, como durante años, la impunidad los protegerá.

La decisión del general chocó contra la del ministro de Defensa, Guillermo Botero, quien a esa hora insistía en la primera versión oficial según la cual el cabo del Ejército Daniel Eduardo Gómez bajaba por un caño y se encontró con Torres, quien intentó desarmarlo y el fusil se disparó, dando muerte al exguerrillero.

La contradicción generó duras polémicas en las redes sociales y en los medios de comunicación, hasta que el fiscal General de la Nación, Néstor Martínez, reveló pormenores de la investigación y concluyó en que fue un homicidio premeditado. Sin embargo, ayer, pese a todo, Botero insistió en que si fue un homicidio debió haber alguna motivación.

El gesto de Villegas recupera parte de la dignidad de las Fuerzas Militares, perdida durante años y años de guerra sucia en la que la ejecución extrajudicial se constituyó en práctica constante, y deja al ministro Botero muy mal parado, hasta el punto de que desde diversos sectores políticos le piden que renuncie.

¿Cómo, se preguntan los críticos, un ministro puede defender una tesis que no tiene asidero real, mientras uno de sus generales le pide perdón a la comunidad, acepta que fue un crimen y pide todo el castigo para los responsables? No hay lógica, desde luego, pero podría indicar que algo no está funcionando como debiera dentro del ministerio de Defensa.

El acto de Villegas es histórico, sin duda, aunque corresponde a lo que debía hacer, como responsable en última instancia de los hechos, y recuerda que durante muchos años los militares se negaron a aceptar que las Fuerzas Militares tenían en sus filas a soldados que violaban la ley penal.

Lo importante en este caso es que el cabo responsable del crimen diga toda la verdad de por qué lo hizo, de por qué pretendió enterrar el cadáver, y de por qué lo negó, y que de todas esas diligencias surja la determinación de que casos como este jamás se repetirán. Ya no más.

Lunes, 29 de Abril de 2019
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