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Una voz de humanidad

Domingo, 3 de Marzo de 2019
Con el paso de los días se han conocido nuevas situaciones que exponen lo que realmente implica no tener relaciones diplomáticas ni consulares con Venezuela.

Las imágenes desgarradoras que se han recogido en los últimos días sobre la manera en que todos –pero especialmente los niños, las mujeres embarazadas y los enfermos– están ingresando desde Venezuela hacia Colombia, constituyen un crudo testimonio que pone en evidencia la imperiosa necesidad de establecer un corredor humanitario.

No se trata de asumir una defensa a favor o en contra de las razones que llevaron al cierre de la frontera y a la ruptura de relacionen entre los dos países, pues de esos asuntos ya nos hemos ocupado en otras oportunidades. Se trata de enfocarse en aquellas historias que deben ser escuchadas y cuya vocería deben tomar las autoridades para pedir a los organismos dedicados al tema humanitario o a quien corresponda, iniciar gestiones para proteger los derechos de quienes más lo necesitan. 

Testimonios como los que se han conocido de niñas de corta edad que para venir a estudiar deben pasar por la trocha a tempranas horas, cuando aún está oscuro, en medio de hombres armados y colectivos que controlan estos pasos ilegales y que les susurran con descaro que no los miren, denotan el enorme riesgo al que se exponen.

Con el cierre de frontera no solo se afectan los cerca de 9 mil estudiantes venezolanos que todos los días vienen a Cúcuta y su área metropolitana a tomar clases, o los enfermos que llegan para acceder a tratamientos, atención médica o simplemente medicamentos que no se consiguen en Venezuela; también se afectan las más de 20 mil personas que a diario pasaban los puentes para acceder a alimentos o insumos de primera necesidad.

La Opinión ha dado a conocer casos de mujeres embarazadas que estando a punto de dar a luz, han tenido que atravesar largos trayectos por trocha para poder llegar al hospital Erasmo Meoz a sus controles o a los mismos partos; también casos dramáticos y conmovedores como el de una mujer que quería enterrar a su bebé en Venezuela y a la que no le permitieron el paso.

A esto  se suma el hecho de que todo el que pase por la trocha debe pagar lo que establezcan los colectivos y grupos ilegales que controlan estos pasos y que, en este momento, son los que realmente se están beneficiando de este cierre fronterizo que no pareciera tener solución en el corto plazo.

Con el paso de los días se han conocido nuevas situaciones que exponen lo que realmente implica no tener relaciones diplomáticas ni consulares con Venezuela, pues el problema no es solo con quienes necesitan ingresar a Colombia; otro factor muy importante tiene que ver con los dos millones de colombianos que hay en el país vecino y que en este momento están completamente desatendidos. Nadie sabe, a ciencia cierta, qué está pasando con ellos. 

El presidente Duque y su equipo hicieron presencia en Cúcuta el día del concierto y el día establecido por la oposición venezolana para el ingreso de las ayudas; es una pena que ahora, cuando los problemas que se han generado como consecuencia de esos hechos empiezan a hacerse evidentes, nadie del gobierno, ni el mismo Duque se hayan pronunciado.

La situación que enfrentan cientos de colombianos y venezolanos amerita que por un momento, se deje de lado el problema político y se establezca un criterio humanitario sensato que prime y que permita resguardar los derechos de quienes hoy son los más vulnerables. 

Ya lo dijo el procurador Fernando Carrillo, quien estuvo el viernes de visita en Cúcuta: se está afectando la dignidad humana y es urgente que el Gobierno nacional se involucre y se tome en serio lo que está sucediendo en Norte de Santander.

Por que no tiene sentido que desde el alto gobierno se hayan tomado a Cúcuta para lanzar una operación que pretendía –quizás ingenuamente– derrotar o debilitar a Nicolás Maduro y ahora nos dejen solos con el problema, que claramente, solo tiende a empeorar.

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La opinión
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