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Vecindad desquiciada

Lunes, 25 de Octubre de 2021
La decisión de cerrar las fronteras ha llevado a la configuración de factores que generan grave incidencia en la vida de las comunidades. La apertura de trochas o caminos ilegales es el resultado de semejante distorsión.

Es insólito, por donde se aprecie, que las relaciones entre Colombia y Venezuela hayan llegado a un nivel de crisis con distanciamiento irreversible, según los caprichos de sus gobernantes. Insólito, porque se trata de dos naciones que nacieron a la vida independiente unidas en las luchas libradas por sus próceres y por sus pueblos. Insólito también porque los desarrollos de uno y otro país corresponden al espíritu de solidaridad y de recíproco intercambio comercial. 

De otra parte, están los lazos familiares imborrables, estímulo permanente del entendimiento, cuya influencia no es posible de ignorar por más encono que destilen las diferencias por motivos ideológicos.

La ruptura de las relaciones de Colombia y Venezuela es una carga perturbadora con igual efecto en una y otra nación por la alteración de los trámites inherentes al  tránsito de sus habitantes. No es posible ignorar que lo requieren en los dos destinos. La incomunicación ha acumulado problemas con igual afectación, así el centralismo de los círculos de poder de una y otra nación se aferren a la insensibilidad para desconocerlo.

La decisión de cerrar las fronteras ha llevado a la configuración de factores que generan grave incidencia en la vida de las comunidades. La apertura de trochas o caminos ilegales es el resultado de semejante distorsión. Y allí hay una acumulación de males con alto estrépito. Grupos delincuenciales se han apoderado de los territorios y operan a sus anchas con prácticas criminales bajo la permisividad de las autoridades.

A ese deterioro de la seguridad se suma la pérdida de actividades laborales que son sustento de los habitantes de los territorios fronterizos, para no hablar de la desaparición del intercambio comercial que alcanzó en condiciones de normalidad niveles importantes en rendimiento económico para los sectores productivos, algo que no puede meterse en la bolsa de la subestimación. Así mismo, desapareció la integración binacional, con tan positiva proyección en Colombia y Venezuela, en líneas fundamentales de su desarrollo.

De los males ocasionados por el radical rompimiento de las relaciones de Colombia y Venezuela son conscientes muchos de los dirigentes de los dos países representativos de los empresarios, la academia, el deporte, los gestores de la cultura y hasta voceros de corrientes políticas no gubernamentales. Son los que han manifestado la necesidad de superar los escollos y buscar caminos de entendimiento. Se han reunido, han hecho pronunciamientos y han propuesto fórmulas de reactivación. Inclusive, gobernantes de las regiones fronterizas se han involucrado en la gestión con el evidente interés de restablecer una amistad que nunca debió romperse al calor de las pugnas de los oficialismos.

Hay nuevas señales en favor de la reapertura de la frontera, como resultado de gestiones de los sectores que hemos mencionado. Ya se quitaron los contenedores de los puentes que eran obstáculos prominentes. El Congreso de Colombia y la Asamblea Nacional de Venezuela han expresado su voluntad de contribuir al acercamiento de las dos naciones, lo cual es positivo, aunque en el caso de Colombia se debe contar con la aprobación del presidente, a quien también le corresponde aportar su cuota de comprensión respecto a la importancia de la buena amistad que debieran seguir manteniendo nuestras naciones hermanas.

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