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Lunes, 24 Diciembre 2018 - 3:25am

David Caña: administrador, para Dios

“La Casa de paso me ha servido para ver la gloria de Dios", dijo.

Ilustración de Alberto Soto
Padre David Caña.
/ Foto: Ilustración de Alberto Soto

El sacerdote José David Caña Pérez siempre anda rápido. Va de un lado a otro, verificando, bendiciendo, organizando la Casa de paso Divina Providencia, antes, durante y después de que se sirvan alimentos a los venezolanos, en el enorme comedor ubicado en el barrio La Parada (Villa del Rosario).

También habla veloz, y lleva a los visitantes a recorrer cada espacio de la casa, con paso firme y el delantal bien amarrado como símbolo del servicio.

Cuando termina una frase, o un movimiento, mira fijamente a los ojos y sonríe como diciendo: estoy listo para más.

Afirma que el ser “acelerado” es su gran defecto, en el que afirma ocultar algo de una timidez incomprensible, sobre todo para un sacerdote capaz de llenar espacios con miles de personas, en misas o en un área de alimentación para los más pobres.

“Tener una eucaristía como la de siembra que se hace en Santa Marta a las 4 de la mañana, el primer viernes del mes, y que vayan 2.500 personas… Eso no se puede explicar; eso solo lo hace Dios, y Dios me da esa gracia”, comenta.

“Donde voy se da esa abundancia y llega la multitud”, cuenta con alegría. “Yo organizo una vigilia y llega la gente, y lo hace el Señor porque yo no tiro pólvora, no toco campanas… Simplemente le clamo a Dios en la madrugada que me dé la conquista de los corazones y me ha dado la gracia”.

Caña nació en Gamarra (Cesar) hace 42 años. Allí viven sus padres que años atrás vivieron en Venezuela sin pensar que, con el tiempo, sería su hijo quien le devolvería la vida a los venezolanos que hoy se nutren en la casa que administra desde la iglesia católica.

Cosechando, tras 11 años de servicio

“Mis papás vivieron mucho tiempo en Venezuela, pero mi papá siempre tuvo la idea de que teníamos que estudiar y vivir en Colombia”.

En ese entonces, era difícil enviar dinero a Gamarra, pues solo se podía a través de la Caja Agraria, así que el padre decidió que lo mejor era que prosiguieran sus estudios en Cúcuta, porque era más fácil retirar los giros en San Antonio del Táchira y vivir en la capital de Norte de Santander.

Estudió en el colegio Canapronor (Casa Nacional de Profesores de Norte de Santander), y allí aprendió las bases de economía solidaria que luego usó en la iglesia.

En el año 1997 entró al seminario, y fue ordenado un 11 de diciembre de 2004, para luego pasar un tiempo en Sardinata, y después en la parroquia de Santa Marta, siempre aportando a la administración.

“El señor me ha permitido desde hace 10 años administrar el seminario mayor San José de Cúcuta y ser el adjunto de la economía de la diócesis”, dice. “Esa experiencia de los movimientos, de las parroquias, del comercio es lo que hoy me ha permitido tener como fruto la Casa de paso, porque todo lo que sembramos durante casi 11 años de servicio, lo estoy cosechando ahorita”.

Desde hace más de un año, sus amigos del comercio, confeccionistas, los integrantes de los movimientos apostólicos, entre otros, son quienes aportan a la Casa, así como los nuevos participantes que hacen del espacio “una especie de retiro espiritual” que el sacerdote también le atribuye a una respuesta de Dios.

“La Casa de paso me ha servido para ver la gloria de Dios. Cuando uno se postra al Señor, cuando le obedece y está atento a las bendiciones, uno lo descubre”.

Afirma que bien podría quedarse con las misas, pero renunció a todo por centrarse en la obra que le ha dado un reconocimiento nacional y mundial atendiendo a los pobres.

Sentir y actuar

Las tres de la mañana es su hora clave para “sentir la presencia de Dios” y resolver sus dudas.

“Le digo todas mis preocupaciones, mis anhelos, mis proyectos… Esta mañana le dije: Señor, quiero ayudar a los hermanos venezolanos, a los servidores, con una ofrenda económica, porque llevan todo el año trabajando y el 23 se devuelven a Venezuela; ellos no tienen sueldo”, relata. “Le pedí tanto eso esta madrugada que ahorita los del Colegio San Viator les acaban de entregar 50 mil pesitos a cada uno”.

“Es cierto que el Señor me escucha que me bendice”, afirma Caña, quien sintió que Dios lo tenía para grandes cosas, y por eso renunció a parte de la capacidad administrativa para ser solidario con un país que en el pasado desechó lo que hoy le falta.

“Cuando estábamos en Gamarra, porque estudiábamos todos los primos donde la abuela, la comida era muy limitada: era simplemente un caldo de costilla, o solo yuca o solo pan, y de pronto la gran delicia por la pobreza en ese momento era la menudencia”, recuerda. “Cuando en vacaciones me llevaban a Caracas el venezolano no comía vísceras, no comía pata, solo pechuga y todo lo botaba, y yo recogía las cosas y decía: ¡No, eso se come!”.

Tal vez, piensa, había mucho derroche y ver que ahora están recogiendo lo que botaban lo hace reflexionar: “uno no puede patear las bendiciones y eso pasó en Venezuela… Hay tanta riqueza y tanta abundancia que se desequilibraron. Hoy ven la escasez y ahora sí están aprendiendo a valorar qué es un plato de comida”.

Venezuela también fue la tierra de las oportunidades para su familia, en especial para su padre, un sastre que lo sacó corriendo de la máquina porque no quería que se desgastara en ese trabajo, y tampoco lo apoyó en el sacerdocio.

“Mi papá se intentó venir para Colombia cuando yo tenía como 10 años, pero no pudo hacer nada entonces” dice. “Volvió a Venezuela sin nada y le dijo a un señor que se devolvió, que no tenía trabajo, y el señor le dio como 5 bolívares, trabajo, y mi papá inmediatamente fue a hacer mercado y ahí se volvió a levantar”.

Él, por su parte, pudo ser lo que es gracias a sus benefactores, a la gente “de buen corazón”, a quienes hoy trata de responder con su buen comportamiento, mientras sigue forjando el rumbo como ejemplo y orgullo de su familia.

Recordar a los suyos, a su sobrino recién nacido este 11 de diciembre de 2018, y que coincide con el día que lo ordenaron, lo conmueve hasta las lágrimas, así como la protección que siempre le ha dado su familia, y piensa que de no haber sido párroco, habría pasado a ser soldado, o policía, pero siempre el servicio y la solidaridad serían sus prioridades de vida.

Tal vez seguiría con la timidez que convirtió en virtud, porque se afirma hecho para abrir trochas, empezar grandes proyectos y ver donde nadie más ve, como en la Casa de paso que transformó en una inmensa experiencia de bienestar que necesita más administradores, por miles, para cuidar de una inclemente frontera.

Helena Sánchez

helena.sanchez@laopinion.com.co

Periodista regional de La Opinión

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