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Males y remedios de comienzos de siglo

"Para los cucuteños de comienzos del siglo xx, los remedios para la cura de sus males estaban al alcance de sus manos y de sus bolsillos."

Desde inicios del siglo pasado, la medicina fue progresando en la medida que nuevas investigaciones eran publicadas y con ellas aparecían fórmulas y elementos novedosos que procuraban o por lo menos intentaban, la curación de los males hasta entonces conocidos. De las pócimas que los alquimistas del medioevo desarrollaban hasta el desarrollo de las modernas ciencias que siguieron a la primera revolución industrial, muchas cosas cambiaron en bien de la salud de la población, en especial en los países de occidente.

Aunque no podemos asegurar que los países orientales hayan tenido el mismo avance, y a pesar de que su visión de la cultura y de las costumbres sean diferentes, su conocimiento de los métodos y tratamientos de curación, son tanto o más efectivos que los de la medicina occidental, o por lo menos eso parece.

Pero para los cucuteños de comienzos del siglo XX, los remedios para la cura de sus males estaban al alcance de sus manos y de sus bolsillos. Ahora bien, lo que observamos y deducimos del análisis de la información de comienzos del siglo pasado, era que las enfermedades parecían ser generalizadas entre la población, pues la oferta de medicamentos estaba orientada a solucionar las mismas dolencias, como si toda o buena parte de ella sufriera de lo mismo.

Veamos cuáles eran estos preparados, nacionales o en su mayoría importados, que se ofrecían para curar deficiencias de los sistemas respiratorios, nerviosos, musculares, de circulación, pero sobre todo combatir la desnutrición, que era según se conoce hoy, el origen de los síntomas que los pacientes consultaban, no a los médicos sino a los farmaceutas, que eran los verdaderos artífices de los ‘milagros’ de la curación.

Primero diremos que mucha era la diversidad de productos farmacéuticos importados, lo cual pudiera parecer extraño, pero no lo suficiente para saber que eran los comerciantes quienes manejaban el sector y eran ellos quienes tenían los recursos para realizar esas operaciones de adquisición en el exterior, toda vez que el gobierno, fuera este local, regional o nacional no poseía la capacidad suficiente para realizar operaciones de gran magnitud, con decirles que en más de una oportunidad los gobernantes tenían que acudir a los empresarios para que les ‘prestaran dinero’ para el pago de las nóminas. Así pues, no era extraño encontrar, hasta en los pequeños negocios, mercancías traídas de Europa o los Estados Unidos.

Para comenzar, voy a hacer mención del único producto que aún perdura en nuestros días y que tal como hoy, no era mayor la información que necesitaba para venderse, ‘La Emulsión de Scott’, la del hombre del bacalao;  “sólo mencionaban que daba apetito y nutrición a la vez; pruébelo para convencerse”.

Una gran cantidad de presentaciones, muchos productos, casi todos ofreciendo los mismos o parecidos beneficios, se peleaban el favor de los pacientes, sin necesidad de visitadores médicos que convencieran a los galenos a recetarlos, sólo era necesario persuadir a los boticarios que ellos se encargarían del resto. De esta estrategia se amparaban para publicar los anuncios que eran unas verdaderas joyas que convencían hasta los más escépticos, como les mostraré en algunos ejemplos.

Uno de los laboratorios extranjeros más conocidos en la ciudad eran Davis & Lawrence Co. de Nueva York. Ofrecía remedios como los emplastos Hazol-Mentol para aliviar cualquier dolor como lumbagos, reumatismos, ciáticas y otras enfermedades dolorosas, que se vendían por rollos de una yarda a la módica suma de $1 oro; para los casos ‘obstinados’ en hombres enfermos, que suponemos sufrían de la próstata, aunque el aviso no lo decía, vendían las píldoras Uriseptic. Para el paludismo, un remedio que no contenía quinina, ‘La Pam-ala’; era un bebedizo que se vendía en botellas grandes, medianas y pequeñas. Para darle mayor credibilidad a la eficacia del brebaje, incluían en el aviso, el testimonio del señor Dimas Silva, de Mayagüez, quien decía: “…por algunos meses sufrí del paludismo y tomé muchísimas medicinas sin resultado alguno. Por fin tomé la Pam-ala y me curó. Con verdadero placer la recomiendo”. El Bálsamo Allen para catarros crónicos, tos, crup, bronquitis, era otra bebida medicada, que aseguraban no contenía drogas nocivas y para los pálidos, enfermos, decaídos y anémicos, la recomendación eran las ‘Píldoras Irotonic’.

Otro laboratorio, este europeo, era el francés Grimaut & Cie. en todos sus productos marcaba la dirección de su casa matriz en París, en el número 8 de la rue Vivienne. Sus productos incluían, además, famosos perfumes de la época, que eran expendidos en las mismas farmacias, una maniobra característica y complementaria que no ofrecían otros laboratorios. Se destacan entre los medicamentos, el Jarabe de Rábano Iodado, un depurativo para niños y adultos, lo mismo que el ‘Hierro Girard’ unas pastillas de sal de hierro para curar la palidez de color, el empobrecimiento de la sangre y que, además fortificaba los temperamentos débiles y combatía el estreñimiento. Para la tuberculosis y la consunción lo mejor eran las pastillas de ‘Morrhuol Creosato’ y para la anemia, la clorosis, las debilidades y las escrófulas se recomendaba tomar las pastillas y el jarabe ‘Blancard’ en dosis de dos a seis píldoras y entre una y tres cucharadas de jarabe. No sé si a ustedes, amigos lectores, pero a mí me tomó por sorpresa la aparición de algunas de las palabras utilizadas en las propagandas anteriores, así que con ayuda del DRAE, les cuento: la consunción no es otra cosa que el enflaquecimiento o la extenuación que sufrían algunas personas; las escrófulas eran las mismas paperas y la clorosis, la misma anemia, producida por deficiencia de hierro en la dieta. Otros productos ofrecidos por este mismo laboratorio, eran el ‘Vino de Peptona Chapoteaut’, un fortificante, reconstituyente especialmente recomendado para convalecientes anémicos y las ‘Cápsulas de Quinina Pelletier’, contra las fiebres, las jaquecas, las neuralgias, la influenza, los resfriados y la gripa.

Todavía, a comienzos del siglo pasado, no se habían extendido los laboratorios nacionales, sólo incursionaban en el mercado, médicos y farmaceutas que apenas desarrollaban sus propias fórmulas como era el caso de la Botica Santander que había desarrollado sus propios productos como las ‘Gotas Virginales’ que corregían las irregularidades y trastornos de la menstruación o las ‘Píldoras Santander’ para los ‘fríos y la calentura o las ‘Gotas Indias’ contra las inflamaciones y ataques biliosos. El Doctor Villa Mora era el otro exponente que comenzaba a conocerse en el ámbito de los productos farmacéuticos en los primeros años del siglo y que luego tendría gran auge con el pasar de los años.

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