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Cúcuta antes del terremoto (3)

Sábado, 23 de Enero de 2021
El presagio de la tragedia corrió por cuenta del obispo Indalecio Barreto, cuarto en la línea de sucesión de la diócesis de Pamplona (ahora Nueva Pamplona).

Uno de los apuntes interesantes del libro “Antes del Terremoto” del ingeniero Virgilio Durán es el correspondiente al capítulo de ‘Personas y Personajes’. Son muchas y muy variadas las citas que a este respecto se propone en este segmento, que bien vale la pena mencionar. Una sola aclaración es necesaria exponer en bien de la rigurosidad de las menciones del citado libro. Se trata de la información concerniente a la población, a su cantidad, toda vez que menciona que “giraba alrededor de 8.000 almas para el año desgraciado del terremoto”; estos datos digamos que son muy aproximados a la realidad, pues los datos oficiales para ese año, consignados en los censos de población registra la cifra de 11.846 habitantes.

Adicionalmente y como nota al margen para exponer la magnitud de la tragedia, se lee en el Boletín Oficial expedido el 3 de junio de 1875 que lleva por título: ¡Colombia está herida! la lista de las víctimas donde se señala que son aproximadamente 460 identificadas, pero que en los registros notariales de defunciones hay muchas más de personas anónimas que no pudieron ser identificadas y que según reza el mismo boletín “… da lugar a sugerir que el cómputo total de las víctimas en la cifra de ochocientos a novecientos y aún a mil, en lo que han apreciado con prudencia testigos de la mayor respetabilidad”.

Sobre este tema de ‘personas y personajes’ que residían o desarrollaban actividades en la ciudad, impresiona verdaderamente su procedencia. Una cantidad sorprendente de extranjeros, y cuando me refiero a extranjeros no podemos considerar a los vecinos que para la época no lo eran como tales, sino aquellos procedentes del antiguo continentes como italianos, irlandeses, ingleses, alemanes, franceses y particularmente, hispánicos catalanes. Veamos pues, algunos de ellos, los más sobresalientes o que se destacaran por sus labores en beneficio de la ciudad. Comprenderán mis lectores que por razón de espacio, muchos se quedarán en el tintero, sin que por ello se demerite su importancia y prestigio.

El presagio de la tragedia corrió por cuenta del obispo Indalecio Barreto, cuarto en la línea de sucesión de la diócesis de Pamplona (ahora Nueva Pamplona). Había muerto el 20 de marzo anterior a la fecha del sismo, en la Hacienda de La Vega. Las autoridades civiles de la ciudad negaron su entierro en las fosas de la iglesia de San José, tal como correspondía a su ilustre investidura, al punto que unos de los funcionarios municipales se expresó irónicamente que “tanto valdría el enterrarlo allí como convertir a Cúcuta en un vasto cementerio”, sin embargo, pocas horas antes del terremoto, una humilde lavandera observó con curiosidad un guando* conducido por cuatro peones que llegaba a la ciudad por el Puente de Cúcuta y al preguntar quién era conducido en dicho trasporte, el celador del puente le informó que era el misterioso viajero era obispo Barreto y de inmediato la conseja popular se regó por el pueblo recordando la premonición del empleado de la alcaldía, que se cumpliría minutos después de convertirla en un vasto cementerio.

Nuestro siguiente personaje, no es ni más ni menos que don Francisco Azuero, hasta ese día Alcalde de la ciudad. No porque haya muerto sino por el pavor causado por la magnitud del temblor. Fue tanto el pánico que sin mediar trámites, encargó de la alcaldía a Leopoldo Ramírez, quien ni siquiera era su amigo y según cuentan no tenían una buena relación, todo por cuenta de diferencias raciales. Tal vez, su intención era más de endosarle los problemas que se generaron con la destrucción de la ciudad que de ofrecerle su contribución desinteresada. De hecho salió corriendo hasta la población de Socorro de donde era oriundo, para nunca más volver.

Andrés Berti Tancredi, ciudadano italiano, vinculado a la ciudad como comerciante y empresario. Se casó con la dama rosarience María Natalia Aranda. Con el tiempo se convirtió en el eje de un poder económico y familiar y posteriormente convertido en un político de la mayor importancia para el progreso de la región.  Tuvo una vasta descendencia de los cuales se destaca el general José Agustín Berti Aranda, uno de los grandes valores cucuteños. Desafortunadamente, Andrés Berti falleció junto con sus hijos José María y tres de sus hermanas, a consecuencia de los destrozos del terremoto.

Jorge Briceño Chauveau, cucuteño de origen venezolano. Era un consumado contratista de caminos. Diez años antes obtuvo el contrato antes llamado “privilegio para hacer carretero el camino de San José hasta el río Táchira, en la vía para la población de San Antonio”. El “privilegio” tenía una duración de 20 años y tenía la exclusividad para su explotación y uso. Este camino se convirtió con el tiempo en la bancada que se utilizaría en la construcción de la ruta a la frontera del Ferrocarril de Cúcuta. De su matrimonio con María del Carmen Ramírez nació Teresa, la futura esposa de Christian Andressen, ambos muy recordados benefactores de la ciudad.

Elías Estrada Plata, miembro de una de las más distinguidas familias de la villa. Era uno de los hijos de Chepita Plata de Estrada, connotada matrona y cabeza de una familia que se distinguió porque sus cuatro hijos, todos varones, obtuvieron sus títulos profesionales y regresaron a prestarle sus servicios a la ciudad. Elías era el propietario de la Botica Estrada, situada sobre la calle de Los Mártires (calle 11).  A la hora del temblor se encontraba con el alcalde Azuero curioseando unos sombreros que acababan de recibir en uno de los almacenes frente al parque. Fueron afortunados en quedar indemnes, pues al salir por la puerta del negocio, se desprendió un alar que lograron esquivar y sólo resultaron con algunos rasguños menores, antes de que el señor alcalde pegara la carrera de su vida tras perderse entre los escombros y desaparecer.  Despejada la atmósfera de la polvareda resultante, el doctor Estrada sólo comentó en voz baja “se acabó la botica”.

Finalizo esta crónica con la reseña luctuosa del padre Domingo Antonio Mateus, párroco y vicario de la iglesia de San José, sucesor del padre Francisco Romero, reconocido por haber introducido el cultivo del café al país. Al padre Mateus le cabe el honor de haber sido el iniciador de la construcción del templo de San José, que se derrumbó al igual que la mayoría de las construcciones. El padre Mateus vivía en una casa cercana a la iglesia, donde cultivaba matas de vid en su soleado patio, que a la postre le impidieron escapar el día del terremoto, quedando aprisionado entre los muros de tapia pisada que se le vinieron encima. Sólo lo encontraron tres meses después.

*Guando: mueble para transportar enfermos, féretros o carga.

Redacción | Gerardo Raynaud D. gerard.raynaud@gmail.com