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Cúcuta y su gente en 1947 (1)

Viernes, 13 de Octubre de 2017
Los núcleos humanos más densos estaban concentrados en el valle canicular.

En el año del título, el doctor Alfonso Meisel Ujueta, presentó ante la Sociedad Médico Quirúrgica del Atlántico un extenso documento en el que plasmó una investigación realizada sobre las características psico-somáticas del cucuteño de esa época. Divide el doctor Meisel su escrito en cinco capítulos, en los que muestra las particularidades de los habitantes de la región; son estos, su geografía mínima y ancestros; Cúcuta: centro radial; sinopsis de la patología regional; esquema biopológico y esquema psicológico. Por tratarse de una disertación descriptiva de nuestros habitantes me parece interesante divulgarlo, con el ánimo de establecer la evolución que desde entonces ha sufrido la población local, estudio que podría emprender alguno de nuestros futuros profesionales.

En el primer capítulo se hace una breve referencia cronológica en aspectos geofísicos de la región. De cómo el territorio se divide en dos grandes regiones divididas por la bifurcación de la cordillera Oriental que define la geografía física del departamento, una que se adentra en el vecino país y la otra que muere en la Guajira. La primera, que denomina el pilar de Labateca que comprende las tierras irrigadas por el río Margua o Alto Sarare, tributario de la hoya hidrográfica del Arauca y la otra que abarca las altiplanicies y llanuras que rinden sus aguas a la hoya del Lago de Maracaibo. Solamente una excepción modesta, la constituyen algunos ríos de la región de Cáchira y El Carmen que buscan en reducido caudal, la hidrografía del Magdalena.

Los núcleos aborígenes que poblaban ambas regiones son definidos de igual manera, pero que en nuestro caso sólo mencionaremos los relacionados con el bastión andino, encontrándose allí el país de los Cúcutas y Chitareros, de los Cíneras, Chinácotas y Bochalemas así como,  los Hacaritamas y Teoramas. Eran conglomerados que ocupaban aproximadamente las cuatro quintas partes del departamento en un extenso espacio de forma trapezoidal cuyos puntos podrían ser la Serranía de Motilones y la confluencia de los ríos Zulia y Grita por un lado y el nudo de Santurbán y la meseta de Chinácota por el otro.

Los núcleos humanos más densos estaban concentrados en el valle canicular escondido entre los montes serranos, así pues la personalidad psico-somática del aborigen iba modelándose “en un juego de artesas y con un horizonte roto por el cerro o farallón cordillerano apto para la defensa o la excursión pirática y de cuyas pendientes el agua traía el humus que fertilizaba la tierra del collado.” Es así como concluye el investigador las características de los antiguos pobladores, “laborioso e inconstante, vivaz y confiado el del valle cálido; reflexivo, romántico y algo aventurero el de la fada de la cordillera; tardo, abscóndito y místico el del páramo.

Era la simbiosis bio-telúrica, enmarcada de dardos, de instinto, de astucia, de sufrimientos y goces que generaba el dominio primitivo y total.” El culto primario a la madre tierra y a la libertad, así como la civilización y los cruces raciales han pulido la personalidad del aborigen, pero en unos ha obrado como estímulo de reflejos creadores y en otros los caminos trágicos abiertos por una pasión, un ideal o por cualquier fruslería doméstica.

En su segundo capítulo, describe a Cúcuta como centro de un circuito donde converge un cromatismo de tonalidad monótona y reverberante y las colinas que franquean la entrada a una urbe que ha sido fundida y refundida en un crisol viril con las hormonas del español, del Caribe y del cuarterón de ahora. Concluye que Cúcuta se diferencia de las otras ciudades del país, según dice, la geometría, el paisaje, la selva, la frontera y el elemento humano que la habita le dan una manera de ser y si fuera lícito decirlo, “una personalidad propia e incomparable.”

Parece que el doctor Meisel quedó impactado por las condiciones de la ciudad que según él, se levantaba en una zona ocre, yerma y desolada que sustenta al resignado cují y al nada exigente cactus que parece vengarse de la pobreza del suelo con la excrecencia de su aguijón traumático y a poca distancia, un retazo esmeralda de un valle bi-pátrida recostado a unos cerros siempre azules. En su concepto, la selva y la frontera eran las raíces nutricias,, con las que se hunden en el sur y el occidente, por donde circula la savia genealógica del cucuteño. Por esos caminos vino el indio y tras él llegaron el blanco y el negro, el  mestizo y el mulato.

Por su caracterizada arborización, característica impuesta desde su reconstrucción, pareciera que la selva fuera alejándose de la ciudad, pero el influjo continúa  con la persistencia de del zigzaguear ígneo de su faro, ese mismo que ejerce su poder de hechizo, de atracción que la manigua ejerce sobre los hombres. Hasta la ciudad llega el fluido esotérico que penetra sutilmente en la psiquis de sus moradores y los retiene y atrapa, neutralizando la invitación a la fuga que le hace la frontera; espiritualmente, la frontera es lo inestable, lo huidizo, un punto de escape. Quizás el choque emocional entre esos dos factores disímiles, explique ciertos estados psicológicos del habitante de Cúcuta.

En el capítulo en que expone el esquema psicológico del cucuteño, lo describe según la clasificación de psiquiatra suizo Jung, como del tipo extrovertido y cita el estudio Análisis Espectral del Norte de Santander, realizado por el doctor Pérez Hernández, en el que detalla las características de personalidad que lo definen así, mentalidad extrospectiva, brillo en la imaginación, inestable en sus ideas y en sus efectos, generoso y esquivo a la reflexión y al estudio y con un sentido práctico de la vida.

Finalmente y como consecuencia de las condiciones anteriores se le debe agregar a su personalidad, la facilidad de adaptación. En el tratamiento de la personalidad típica del cucuteño, por añadidura se contempla el llamado “gallo cucuteño”, el genuino que nada tiene que ver con el chiste tosco carente de ingenio o con alusiones innobles.

Se acepta que es una de las tantas modalidades de la ironía, sui géneris y vernácula, resultado de la eclosión entre su temperamento extrovertido, adaptable, amortiguador y plástico y el carácter áspero, egotrópico y de aristas belicosas que deriva de su ancestro Caribe.

Gerardo Raynaud D. | gerard.raynaud@gmail.com