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Sábado, 12 Mayo 2018 - 1:00am

El adiós de un emblemático billete

Fueron  22 años, desde 1961, que mantuvo su tasa de cambio inamovible del orden de los Bs.4.30 por dólar.

Escribo esta crónica el 15 de diciembre de 2016, día oficial de salida de circulación del billete, que tradicionalmente fue famoso en la Venezuela del siglo XX, al que cariñosamente llamaban “marrón”, antes del desastroso manejo económico de la autodenominada “revolución bolivariana” o “socialismo del siglo XXI”, invento del gobierno venezolano, que creyó haber descubierto la fórmula mágica para solucionar sus problemas y los de sus seguidores, apoyados en la palanca financiera de su poderoso petróleo, hasta que por fuerza de las circunstancias, éste fue perdiendo influencia, trayendo desgracias nunca antes pensadas y que dejaron a sus incondicionales, como se dice popularmente “colgados de la brocha” en un característico contagio de la hoy conocida, como la “enfermedad holandesa”.

Aunque la industria petrolera venezolana se inició a sólo unos pocos kilómetros de Cúcuta, en Rubio, estado Táchira, alrededor de 1880, fue durante el gobierno de Juan Vicente Gómez cuando se otorgó la mayor cantidad de concesiones y con el descubrimiento del pozo Mene Grande, en la cuenca del Lago de Maracaibo, es cuando se produce el auge de las perforaciones en esa región.

A pesar de los problemas surgidos por la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918 y sus consiguientes consecuencias, la industria petrolera venezolana creció exponencialmente, pues apenas veinte años después de la primera perforación, ya era el segundo productor mundial –después de Estados Unidos- y el primer exportador mundial del crudo.

Se sabe que la primera ley petrolera aprobada, fue redactada por los gringos a petición de Gómez y solamente después de su muerte, su sucesor Isaías Medina expidió una nueva ley, en la cual se repartían los beneficios por mitad, entre el gobierno y la industria petrolera.

Finalmente, en los años setenta se nacionalizó íntegramente el petróleo venezolano, bajo el mandato del presidente Carlos Andrés Pérez. Durante mucho tiempo, la estabilidad económica y cambiaria del país no tuvo mayores tropiezos, pero no tuvieron la precaución de protegerse contra las contingencias del futuro, pensando que siempre estarían al abrigo de las eventualidades y que ello les duraría ‘per sécula’. Tal vez, ese fue el fundamento para optar por un régimen cambiario fijo, a diferencia de la mayoría de los países occidentales, que seguían los lineamientos económicos del libre mercado, en aquellos tiempos, aún no tan arraigado.

Fueron  22 años, desde 1961, que mantuvo su tasa de cambio inamovible del orden de los Bs.4.30 por dólar y con las restricciones que se tenían en nuestro país, por el control de cambios imperante, se hizo tradicional que industriales y comerciantes nacionales se dirigieran a las casas de cambio de la ciudad para la consecución de sus dólares en los bancos de la vecina población de San Antonio, situación que se tornó a la inversa cuando Venezuela decretó el férreo control a las divisas en su país.

La incompetencia y los malos manejos financieros y económicos actuales no son recientes y podríamos argumentar que se hicieron manifiestos desde 1983, con la devaluación masiva ordenada por el gobierno venezolano, cuando su economía se hizo insostenible.

Recordemos que en aquella ocasión, el llamado viernes negro”, 18 de febrero, la cotización de la moneda venezolana, en la calle, es decir en las casas de cambio de Cúcuta,  pasó de $16.30 a $8.00, lo que generó un caos en el comercio local y un favorecimiento sin límites entre los comerciantes e industriales venezolanos, que se vieron inundados de compradores, que por los bajos precios comparativos, adquirían toda clase de productos.

En ese momento, el presidente Herrera Campins, también impuso un control de cambios, situación que se mantuvo por unos seis años y que debido a los continuos actos de corrupción, se fue perdiendo la confianza, haciendo que desapareciera la estabilidad cambiaria, realidad que aún hoy persiste y cada día con mayor afectación.

El hecho es que con las caóticas maniobras cambiarias, hechas sin fundamentos técnicos, la moneda venezolana ha venido perdiendo valor y por efecto de los factores inflacionarios, cada día se va acentuando. Desde 2007, cuando el bolívar llegó a más de 4.250, en su cotización respecto del dólar, se tomó la determinación de reconvertir la moneda en el llamado bolívar fuerte, hecho que hizo desaparecer las altas denominaciones de 50 mil, 20 mil, 10 mil, 5 mil y 1mil, acuñados en billetes, así como las monedas fraccionarias a partir del 31 de diciembre de 2011.

Estas medidas poco le duraron al gobierno, y menos una vez desaparecido, “el comandante Chávez”, ahora en manos de otro inexperto que nuevamente hizo ascender a valores estratosféricos, la devaluación que con la galopante inflación, borró de tajo, la poca riqueza que le quedaba al pueblo venezolano.

Ahora, en el momento de escribir esta crónica, el gobierno del vecino país, toma la medida descabellada de retirar de circulación los billetes de cien bolívares (el de más alta denominación), con el argumento de que las mafias de las casas de cambio de la ciudad, están acumulando esa moneda con el fin de desestabilizar la economía nacional de Venezuela.

No se sabe a cuál de los “genios” que manejan la economía del vecino país se le pudo haber ocurrido semejante despropósito, como si el volumen económico y financiero de ese sector tuviera esa capacidad; ni siquiera los banqueros de Wall Street hubieran podido hacerlo con todo su poderío económico. A última hora se supo que el gobierno venezolano tuvo que reversar el ultimátum del retiro de los billetes y prolongarlo hasta el 2 de enero de 2017, ante el descalabro que generó la medida.

En conclusión y para el recuerdo de las futuras generaciones, incluyo en este escrito los facsímiles del emblemático “marrón” y sus sucesores, que fueron el símbolo de la riqueza del venezolano, que antes lo repartía a manos llenas, sobre todo, en esta ciudad cuando venía en sus lujosos vehículos, de compras, en las épocas del “tá barato, dame dos” y que por lo general, culminaba en alguno de los amplios negocios del barrio de las “chicas malas”, en el norte de ciudad.

Nuevamente bienvenidos los desaparecidos billetes de alta denominación que sólo estuvieron “durmiendo” menos de cinco añitos y esperemos que los vecinos banqueros centrales no piensen que será más fácil guardar sus billeticos, ahora que se necesitarán menos para acumular las mismas cantidades. ¿cuánto les durará en esta ocasión?

Gerardo Raynaud D.gerard.raynaud@gmail.com

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