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Sábado, 29 Abril 2017 - 12:17am

El puente Ureña- Escobal

Aún recuerdo las peripecias que había que hacer para atravesar el Táchira.

Desde que comenzaron a florecer las relaciones entre los pueblos hermanos de Cúcuta y del Táchira, a principios del siglo XX, y los lazos culturales, comerciales y de parentesco se fueron extendiendo a lo largo y ancho de la línea limítrofe que los divide, las dependencias se fueron consolidando día a día, hasta el punto de la inevitable coexistencia permanente. Con la construcción del ferrocarril a la frontera, se hizo necesaria la construcción de un puente que uniera la entonces Villa de San José con la floreciente población de San Antonio, en la vecina Venezuela, la cual había adquirido inusitada importancia por ser la cuna del presidente Juan Vicente Gómez, quien por obvias razones, la privilegiaba con toda clase de obras para el bienestar de sus habitantes. En 1919 dio la orden de construir el primer puente sobre el río Táchira, el cual fue inaugurado el 24 de julio de 1927, –fecha importante para los venezolanos y que aprovechan para celebrar cualquier actividad que recuerde la partida del Libertador- y que en ese día, en presencia del presidente colombiano, Abadía Méndez, asistente a la magna apertura, pronunciaría las palabras que aún retumban en el ambiente, pero que hoy se dan por olvidadas: “Uniría los países como un gaje de cordialidad que realiza con la nación hermana. Uno de los ideales de nuestro Libertador y que sería el férreo eslabón que conservará unido para siempre los dos pueblos de aquel genio y la misma lucha gloriosa de la independencia”. En 1962, este puente fue sustituido por uno más amplio y moderno.

Al abrirse el paso por el nuevo puente, habitantes de Ureña, la otra población vecina del estado Táchira, esta sí de más reciente fundación, manifestó su interés por tener una comunicación más expedita con su vecina Cúcuta y por ello inició una cruzada con miras a llamar la atención de los gobernantes de ambos países para lograr tal fin. A mediados del decenio de los años treinta, aprovechando el encuentro que habían programado en el puente internacional, los presidentes Eduardo Santos y Eleazar López Contreras, se conformó una Junta Promotora, integrada con elementos prestantes de las dos ciudades, para entrevistarse con los mandatarios y plantearles “el deseo que anima a los pueblos fronterizos de ver cristalizada en hechos cumplidos, la construcción de un puente que los una.” Dicen las crónicas del momento que fue bien recibida la insinuación y que se hicieron “promesas alentadoras” alrededor del tema.

Aún recuerdo las peripecias que había que hacer para atravesar el Táchira, que sólo se podía en épocas de verano. Para los automotores, prácticamente podían hacerlo los grandes vehículos como camiones y buses, y ocasionalmente los carros grandes que circulaban en aquel tiempo, pero sólo cuando el caudal del rio era mínimo. Para los transeúntes había una canoa que los trasportaba de una orilla a la otra, aprovechando un canal que surtía del líquido las haciendas del lado venezolano. Anecdóticamente, debido a las características mecánicas de los automotores, que entonces tenían frenos de tambor, era frecuente que no pudieran frenar al llegar a los retenes de entrada de cualquiera de los dos países, pues el tambor se llenaba de agua, impidiendo el accionar de las bandas de frenado. Afortunadamente, las autoridades conocían el problema y pocas veces reconvenían a los conductores.

Tuvo que producirse un nuevo encuentro presidencial, esta vez, la visita del presidente López Pumarejo a la capital venezolana para reactivar el tan anhelado proyecto. En la reunión anterior, tanto el general López Contreras como el presidente Santos, prometieron dedicar su atención en forma práctica hasta poner en el terreno de las cosas hacederas la construcción de ese puente. No se sabe cuáles fueron las causas para incumplir con ese compromiso y el hecho es que fue una de las tantas promesas lanzadas al viento y nunca formalizadas. Aunque hubieran transcurrido algunos años después de la primera entrevista, en la que se presentó la solicitud seria del proyecto del puente internacional de Ureña, con renovados ímpetus enfilaron sus banderas para presionar a los nuevos mandatarios y recordarles lo que sus antecesores habían prometido  en actos de imponderable exaltación patriótica. El comité que antes había sido nombrado, ahora con nuevos y renovados miembros, reafirmaron sus intenciones de mantenerse en pie de lucha para conseguir el ansiado paso vehicular y por ello redactaron un documento motivador que tenía como fin convencer a las máximas autoridades de ambos países, de su realización. Apartes del manuscrito rezaba entre otras que, “puestos hoy los gobiernos de Colombia y Venezuela en manos de otros  hombres patriotas y bolivarianos como aquellos a que nos referimos, es preciso hacerles saber que los pueblos vecinales a la diamantina serpiente que sirve de límite en las naciones de su administración, insisten en solicitar la concesión de ese beneficio comunicativo, informarlos de cómo puede ser posible que exista una sección de esta frontera en condiciones tan deslustradas de la presentación que se requiere para inmortalizar la verdadera lealtad en los principios y fines de la solidaridad de los dos pueblos hermanos; recordarles el hecho indiscutido de que si bien está en esas externaciones se elastilicen en actos sociales de más o menos fastuosidad, también lo es la necesidad de que a esos pueblos se les retribuya su conformidad, aceptación, apoyo irrestricto, con obras que les haga fácil su movimiento comercial, su intercambio familiar y sus aspiraciones de progreso. Pero en estos pueblos que viven la vida de las insuficiencias económicas, industriales, comerciales, sociales y de raigambres sanguíneas, no se palpa con hechos prácticos… y esto no puede continuar así, es por eso que hoy venimos a reclamar de los señores presidentes, que movidos por la realidad de este reclamo respetuoso, tomen en cuenta aquello que nos ofrecieron sus antecesores y en un acto de patriotismo brinden a estos pueblos que también lo son suyos, esa obra a manera de ofrenda gratificadora… que hará perdurable el recuerdo hacia los presidentes que los han regido”.Aún con las buenas intenciones manifestadas por estos presidentes, pasaron casi 20 años antes de ver materializado el proyecto. 

Efectivamente, ya en los gobiernos de Betancourt y Lleras Camargo se inauguraron, no solamente el magnífico puente viga de 315 metros, que bautizaron con el nombre del prócer Francisco de Paula Santander, sino el nuevo puente internacional Simón Bolívar.

Gerardo Raynaud D. | gerard.raynaud@gmail.com

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