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La Compañía de Atracciones Miss Aida

Sábado, 6 de Marzo de 2021
Artistas o “troupés” aterrizaban en Cúcuta y mientras cumplían sus obligaciones migratorias, aprovechaban para presentarse en cualquiera de los variados escenarios que se disponía en la capital nortesantandereana.

Durante buena parte del siglo pasado, Cúcuta gozaba del privilegio de poder apreciar a los diferentes artistas nacionales, pero especialmente a los extranjeros que transitaban por la América del Sur, toda vez que en sus recorridos, bien fuera que llegaran o salieran del país, la ciudad era paso obligado.

Por aquellos años, las compañías artísticas e incluso los ‘solistas’ se desplazaban por vía terrestre o por los escasos viajes aéreos entre ciudades cercanas y dadas las condiciones impuestas por los distintos países para visitarlos, se requería cumplir con los trámites de inmigración en los puertos de entrada o de salida, según fuera el caso y por ello, artistas o “troupés” aterrizaban en Cúcuta y mientras cumplían sus obligaciones migratorias, aprovechaban para presentarse en cualquiera de los variados escenarios que se disponía en la capital nortesantandereana.

Mucha razón tenía el autor del libro “antes del Terremoto”, Virgilio Durán cuando escribe, “…la ciudad de Cúcuta fue el epicentro de una comunidad culta que lo mismo disfrutaba de una obra de teatro griego que escuchaba un concierto de música regional en coliseos construidos para el deleite de todos…”

Pues bien, en esta ocasión reseñaremos la visita de la Gran Compañía de Atracciones Miss Aida que anunciaban como un espectáculo de absoluta moralidad y lujosa presentación. Se presentó durante tres días seguidos en el teatro Santander, estrenándose el sábado 21 de junio de 1941, luego de una exitosa gira que empezó en la costa Atlántica, en Cartagena y Barranquilla, luego en Bogotá y de paso para Venezuela venía de presentarse en la ciudad de Bucaramanga, donde realizó sus presentaciones en el teatro Garnica uno de los más suntuosos de esa ciudad.

El show central fue programado para el domingo 22, día en el que se presentaron tres grande funciones, matinal a las 10:30 a.m. con un programa especial para niños, vespertina social a las cuatro de la tarde y nocturna, a las nueve de la noche.

Según versiones de prensa, lo que más apreciaba la distinguida clientela del teatro Santander, era la oportunidad de “apartarse del espectáculo cinematográfico y aseguraban que ya era tiempo que los empresarios locales les dieran algo diferente al cine”.

La Compañía venía precedida de un largo historial de éxitos por los países del Caribe. En San Juan de Puerto Rico, el diario ‘El Imparcial’ afirmaba que “desde hacía mucho tiempo la ciudad no se daba el lujo de con deleite inolvidable, de admirar en sus teatros, el arte escénico puro e indefinible de artistas afamados como los que integran la Compañía de Atracciones Miss Aida”, después de su presentación en el Teatro Broadway. La gira por la isla de Puerto Rico, tuvo tal éxito que recorrió  esas tierras durante casi todo el año 40, presentándose en las principales ciudades y exhibiendo los más elogiosos comentarios como los que mostraba con orgullo a los periodistas que la entrevistaban. 

“…La artista ha triunfado en todos los escenarios de América que ha visitado con su pequeña compañía, incluyendo temporadas en las principales capitales de Sur América, Centro América y finalmente en las islas del Caribe, Cuba y la República Dominicana. En La Habana, debutó en el Teatro Nacional, donde fue acogida con gran fervor por el público habanero y otro tanto durante su temporada en México”.

La verdad es que la Compañía de Atracciones Miss Aida, tenía un particular encanto a pesar de sus pocos integrantes. Eran tres artistas y cinco ayudantes que mantenían con esmero los materiales que se utilizaba durante las presentaciones. Pero se preguntarán ustedes, en qué consistía el atractivo de esta compañía? 

Los artistas eran: Miss Aida ilusionista y prestidigitadora, una ocupación bastante inusual aún hoy, pues son escasas las mujeres que se dedican a esta clase de espectáculos y más en una época donde el género femenino tenía menos oportunidades y menos campo de acción. Una hermosa y sugestiva mujer que subyugaba y atraía al público magnetizado por el influjo de su arte.

Su principal acto se llamaba “la hermana del diablo”, una obra de su entera creación, que se salía por completo de los números de ilusionismo que se acostumbraba entonces. Una verdadera novedad según la artista, pues se trataba de una especie de magia cómica algo totalmente diferente a los espectáculos de magia que comúnmente se presentaban, además del remate que imponía en sus actos cuando culminaba la función con la lectura del pensamiento de algún integrante del público mediante telepatía, actuación que en esos años de intolerancia religiosa asociaban con el demonio y que en oportunidades resultaba inconveniente, razón por la cual sólo se presentaba en las funciones para adultos.

El acto central, no menos espectacular, estaba en manos del Caballero Albert. Era el genio del grupo y triunfaba en todas sus presentaciones, conquistando como siempre delirantes aplausos del público asistente. El Caballero Albert era un formidable ventrílocuo que manejaba cuarenta muñecos parlantes que hacían las delicias de grandes y chicos. 

El acto de mayor complicación y que reflejaba su gran maestría, era presentar a uno de sus muñecos  cantando mientras él permanecía con los labios cerrados y todo a la vista del público.

La última pero no menos importante, decían que era la joya de la corona, el alma de la compañía, por el gran atractivo que irradiaba, en especial entre los caballeros. Era Amparito Latorre y la describían como una artista con rostro de expresión dulce que cuando actúa en conjunto, su rostro revela una sed inextinguible de superación, lo que es natural en una artista como ella, llena de los más dulces y ardientes ensueños. 

Los periodistas se encantaban con ella a pesar de las dificultades que le imponían sus protectores para evitar sus agresivos “zarpazos”, así que para terminar las entrevistas sólo atinaban a rematar la nota escribiendo desilusionados, que en Amparito en fin, existe esa magnífica trinidad: juventud, belleza y alegría. 

Por esos días, tenía apenas diecisiete años y presentaba algunos actos de danza y canto, pero su principal labor consistía en servir de auxiliar en los actos de Miss Aida. 

Terminadas sus actuaciones en el teatro Santander, continuaron su gira por el vecino país con el mismo éxito que los precedía.
 

Redacción Gerardo Raynaud D. | gerard.raynaud@gmail.com