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Viernes, 6 Enero 2017 - 4:54pm

La primera plaza de toros de Cúcuta

A finales de los 90, se estableció este espacio en la intersección de la calle diez con avenida segunda, donde queda hoy el edificio Ovni.

La fiesta brava o tauromaquia, como es conocida en los medios culturales, es una práctica que se remonta muchos siglos, se dice que se derivó del arte minoico, practicado en la isla de Creta, por sus gimnastas, en una demostración de agilidad que practicaban con toros salvajes, al que esquivaban saltando por encima de sus cuernos, rutina que denominaban “taurocatapsia”.

De allí emigró a la península ibérica y fue acogida por sus habitantes primigenios, quienes hicieron de la plaza, el centro de ceremonias de sacrificio de los toros, dedicados a sus dioses paganos, bien fuera para demandar sus amparos o  para agradecer los favores recibidos. Cientos de años después, las costumbres fueron refinándose, hasta que a mediados del siglo 18 comienza a manifestarse la expresión folclórica que hoy conocemos como las “corridas de toros”.

De la madre patria migraron al nuevo mundo y en los diversos países de la América hispana se fueron perfeccionando modalidades autóctonas de la fiesta toreril, como son los casos de México, Colombia y Perú. Aunque se dice que en todas las festividades celebradas en el país desde su independencia, las corridas de toros, que no tenían el más mínimo parecido con las actuales, se realizaban a manera de conmemoración de la emancipación y liberación de sus antiguos colonizadores.

En Cúcuta, como sucedía con todas las manifestaciones lúdicas y culturales que venían del viejo mundo, el tránsito hacia el interior del subcontinente era de paso obligado por esta ciudad. Desde finales de siglo, por la década de los años de 1890, venían con frecuencia y no sólo de paso sino aprovechando el gran entusiasmo que despertaba el espectáculo de los toros, en donde los valientes y entonces elegantes toreros gozaban de la profunda y fogosa admiración de muchos cucuteños, especialmente del género femenino, tanto por el prestigio de sus trajes de luces como por el coraje y sangre fría con que ejecutaban sus faenas en los pocos circos que ofrecían los poblados donde se presentaban.

Por esa época, famosas cuadrillas de toreros españoles, diestros de gran cartel y holgada posición económica, se paseaban por las principales plazas de las antiguas ciudades coloniales. Se recuerda, por ejemplo, el paso por la ciudad, en 1891, de los renombrados ‘mataores’, los “Silverios”, –Silverio grande y Silverio chico–, una pareja de hermanos que venían precedidos de gran fama por las espectaculares faenas realizadas en las temporadas tanto en La Habana como  en la plaza de toros de Caracas, un hermoso redondel construido por don Antonio Almariza, con todas las de la ley, muy amplia y de sólida construcción, con sus buenos palcos y departamentos de sol y sombra.

Otros toreros, que con sus respectivas cuadrillas estuvieron por esos mismos tiempos, fueron ‘Los Pilareños’ con sus famosos espadas ‘Vañico’ y el ‘Niño’; el torero moreno ‘Facultades’ y también la cuadrilla de don Juan Jiménez ‘el Ecijano’ con su célebre ‘Pollo de Málaga’ y su picador ‘Brazo de Hierro’. “Todos ellos bien plantados y distinguidos, para quienes cambiar el calzón corto y la chaquetilla por la severa y aristocrática casaca o frac. No era cosa extraña ni difícil y que con igual distinción y maestría lidiaban un furioso astado en la arena  que atendían y cortejaban la más exigente dama en el mejor y más señorial salón” eran los comentarios que se leían en los prestigiosos documentos que circulaban en los lugares donde se presentaban.

Pues bien, aprovechando esa lucrativa coyuntura, el empresario Juan Antonio Carvajal, un ciudadano pudiente y generoso, quien a más de su lucrativo negocio de ganadería, pastajes y ordeño era el honroso propietario del lote de terreno ubicado sobre la calle de Nariño que hacía esquina con la carrera Perú y para que se ubiquen mis lectores, corresponde a la intersección de la calle diez con avenida segunda donde queda hoy el edificio OVNI.

Por esos años de finales de los noventa, como veníamos diciendo, el sitio era un extenso solar que abarcaba más o menos una cuadra según el ordenamiento territorial que se había establecido después del terremoto del 75. Era un amplio cuadrilátero cercado con una sólida verja de madera apuntalada con ‘cabillas’ sosteniendo unas seguras y cómodas graderías en los costados norte y sur y una regular hilera de postes de madera en el flanco occidental.

Hacia el oriente sólo había la pared que colindaba con la carrera Perú (avenida segunda) y como sólo se había construido barrera por los otros tres puntos cardinales, algún consumado artista pintó sobre el muro, el tramo de verja correspondiente, con tal perfección, que resultaba fácil equivocarse, como se equivocó, cierta tarde,  un violento novillo, el cual al pretender saltar hacia la libertad, cayó medio desnucado por el formidable topetazo que se dio contra la tapia.

Frente al arco, que quedaba en la esquina, frente a la estación de gasolina Cúcuta, cuya fotografía se incluye en esta crónica, en la esquina noroccidental del cruce mencionado y en un inmenso patio, al cual se entraba por un ancho y firme portón se encontraba la casa de ‘La Garita’ que identificaba el nombre del redondel que constituyó la primera plaza de toros de la ciudad.

En aquella residencia, don Juan Antonio, había montado una especie de posada donde se hospedaban, las compañías de toreros con sus cuadrillas, banderilleros y mozos de servicio. El albergue era manejado por el caballero venezolano Cecilio Baptista, quien ejercía las funciones de gerente y contabilista. Era un personaje cincuentón, puntilloso y retraído, pero de frágil carácter cuando se veía cerca de una mujer, característica que se traduciría, unos días más tarde, en tragedia.

En una ocasión, llegó a la plaza ‘La Garita’ el torero ‘Mellado’, quien como era de suponer se hospedó en el hotel de la plaza. Atendía los trabajos del lugar, la ‘negrita’ Agostina, a quien ‘Mellado’ le ‘echó el ojo’ y el embrujo de su rudo acento hispano y la donosura y arrojo de su personalidad, le granjeaba copiosamente el amor y los suspiros de las ‘evas’ populares. Don Cecilio, a su vez, se hallaba igualmente interesado en la fémina, quien hechizado por los encantos de la joven criada, intentaba seducirla hasta que ésta decidió quejarse ante el propietario del establecimiento en momentos en que estaba en plena conversación con ‘Mellado’  y éste, sin aguantarse las ganas, al ver que peligraba su conquista, se fue lanza en ristre contra el desventurado galán, con el lenguaje propio de los españoles “…el amor no es manjar para los viejos que empiezan a perder los dientes. Mejor póngase a rezar y procure bañarse con agua fría” fueron sus palabras. Baptista se tragó ese sapo, pero al día siguiente a penas despuntaba el día, al encontrarse con su contendor amoroso le increpó, “Sepa usted señor torero, que a los hombres no se les ridiculiza” y le descargó a boca de jarro, dos tiros que le partieron el corazón y luego con la misma arma, se suicidó. Para quienes gustan de la historia, pueden deducir que el nombre de la tienda ‘El Circo’, tomó el nombre del sitio donde se levantó tiempo atrás, el circo o plaza de toros ‘La Garita’.

Gerardo Raynaud D. | gerard.raynaud@gmail.com

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