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Las Brisas del Pamplonita

Viernes, 28 de Diciembre de 2018
La alcaldía de San José de Cúcuta, expidió el decreto 306 de ese año.

El 11 de octubre de 1944, día del fallecimiento del más inspirado y distinguido compositor cucuteño, José Elías Mauricio Soto Uribe, la alcaldía de San José de Cúcuta, expidió el decreto 306 de ese año, mediante el cual reconocía sus méritos y virtudes. Se leía en los considerandos que el maestro se había distinguido durante toda su vida, como un ciudadano correcto y fiel cumplidor de sus deberes y obligaciones, que sirvió con lujo de aciertos y competencias en los cargos que le fueron asignados, pero especialmente en el de Director de la Banda del Departamento, y que como exponente valioso de las artes musicales, de su propia inspiración cristalizó el siempre recordado y bello bambuco “Las Brisas del Pamplonita”, en el que se plasma toda el alma y el sentimiento de nuestro   terruño y supo vivir en él cuanto se estima y quiere de este pedazo de tierra cucuteña cuando se está lejos de las suaves y delicadas caricias del majestuoso río. Por tales motivos, la representación oficial de la ciudad, lamentaba profundamente su desaparición e invitaba a la sociedad y al pueblo a hacer acto de presencia en las exequias que se realizarían en la iglesia de San José. También exhortaba su reconocimiento para que la memoria del inspirado artista quedara por siempre grabada con caracteres indelebles, en el corazón de todos los cucuteños y de recomendar como digna de imitarse por las generaciones futuras. Finalmente, una nota de estilo con la copia del citado decreto fue entregada a su familia en manos de su esposa, Elisa Ramírez de Soto.

Pues bien, sea esta la ocasión para narrarles algunos apartes de la vida del maestro y del origen de la bella melodía que identifica el sentir de los cucuteños. Había nacido en el valle de Tonchalá, en una casa que se bañaba de luz por las mañanas, para tornarse opaca en las tardes cuando la fronda húmeda que decora el curso de la quebrada sumía sus ramazones en la penumbra fresca y acogedora. Los registros notariales indican que fue el 22 de septiembre de 1858. Habiendo quedado huérfano a temprana edad, poco tiempo le bastó para que hiciera asombrosos progresos en el estudio de la música, su pasión innata y con su hermano Marcos, otro príncipe de las notas -éste menos conocido-, se fueron a lo más alto de la escala del arte, alcanzando la envidiable corona de los ‘laureados’. Un reconocimiento adicional merecen sus primeros maestros, quienes los orientaron en sus iniciales estudios de las letras y el solfeo, fueron ellos, Julio Rueda y Juan de Dios Bustamante, quienes desempeñaron un importante papel en el desarrollo de sus aptitudes artísticas. 

Era el maestro Soto, un hombre excepcionalmente simpático, de estatura alta en comparación con sus compatriotas, andaba según cuentan las narraciones de entonces, a pasos cortos, rápidos y repicaditos. Cuando lo saludaban, muy frecuentemente, contestaba con una leve inclinación, sin detenerse y sonriendo gentilmente, con media palabra “…dios. .s. .s. .s “ silbando y estirando las ‘eses’ en una especie de trémolo musical sui generis, pleno de jovialidad y franqueza. Era el retrato que tenían a finales de siglo y principios del XX, los cucuteños centenaristas y ‘terremoteados’, de su estampa espiritual, del inapelable atractivo de su charla y de sus modales, definitivamente distinguidos y cultos. Sería interminable hacer constar en esta crónica, cuántas virtudes ciudadanas y méritos personales adornaban y sustentaban la vida del maestro, las manifestaciones de cariño y estimación que el pueblo y sus admiradores le prodigaban, todos los honores que supo conquistar durante su vida y los homenajes que recibió. En 
lo personal, era modelo como jefe de hogar y como artista una auténtica gloria.

Se dedicó don Elías a difundir, entre el copioso y entusiasta grupo de sus discípulos y discípulas, los conocimientos que tan sólidamente poseía, sin olvidarse de sus más bellos y sutiles temas musicales, mientras bordaba sobre el pentagrama dulces y armoniosos compases sentimentales, festivas y melodiosas  fantasías que en forma de pasillos y danzas ofrecía de manera permanentemente fluida y fecunda a su público que la acogía con expectación y saboreaba con deleite. Como fundador y codirector de la ‘Banda Progreso’, su contribución al refinamiento del gusto musical de los cucuteños, fue notoria y de innegable valor. En el ‘coro’ de los templos católicos de la ciudad, bien  como organista y cantor admirable o en los salones como pianista notable, ágil y experto o con la batuta en la mano, frente a la dirección de la Banda del Departamento, dejó una imborrable estela de su excelsa personalidad artística. 

Su producción musical fue numerosa y variada. Valses, bambucos, marchas marciales y fúnebres, himnos para ocasiones especiales fueron de su inspiración, muchas de ellas inéditas, pues solamente quedaron en los registros de propiedad intelectual 59 de ellas, presentadas post mortem por su esposa.

A pesar de su extensa obra artística, fue el bambuco “Las Brisas del Pamplonita” la de mayor repercusión a nivel nacional, canción que desde el mismo momento de su estreno, infundió en el espíritu de los habitantes de esta ciudad, ese sentimiento de identidad y pertenencia que exhiben con orgullo, propios y extraños asentados en esta tierra.

Para el joven Elías Mauricio, una morena encantadora en cuyos ojos el sol tenía dos rivales, la hermosa Elisa Ramírez Matamoros se apoderó de aquella alma noble, sentimental y generosa, haciendo que los amores del genial artista y la primorosa muchacha florecieran en el corazón del primero.

De los fulgores de este amor serenamente impetuoso, nacieron las notas de ese bambuco sin par, ‘Las Brisas del Pamplonita’, escrito por el maestro como un grito de triunfo, como el clamoroso desahogo de una felicidad extraordinaria, como una demostración producto de un corazón súper enamorado. Cuanto se pueda escribir en elogio de esta obra, ya se ha escrito. Su estreno se formalizó en una de las retretas que presentaba la Banda del Departamento en la glorieta del Parque Santander, un día de junio de 1894 y fue tal el delirio que provocó que hasta horas de la madrugada anduvo la Banda de barrio en barrio, seguida de un compacto grupo de vecinos que vivaban al eminente y popular compositor y consagraban como su propia gloria, la música maravillosa del insigne bambuco.

Gerardo Raynaud D. -  gerard.raynaud@gmail.com

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